Mundo / 22 de noviembre de 2014

¿Obama es como Illia?

Debilitado por la intolerancia de una sociedad dividida, el presidente norteamericano, atado de pies y manos, ante el fantasma argentino.

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Durante los próximos dos años, la Casa Blanca será un punto de la periferia del poder. Como un “okupa” en la mansión de la Avenida Pensilvania, Barack Obama mirará desde sus ventanales el Capitolio, donde los conservadores decidirán qué se hace y qué no en los Estados Unidos.

Con tantos escaños y gobernaciones en sus manos, el Partido Republicano puede convertir al “pato rengo”, como llaman los norteamericanos al debilitado presidente que termina su último mandato, en un pato parapléjico, imposibilitado de moverse en el escenario político.

¿Merecía Obama un castigo tan duro? ¿Merecían los republicanos tanto poder? ¿Fue justo que los estadounidenses dieran a los conservadores la soga para atar de pies y manos al gobierno demócrata?

La realidad que dibujó el voto en las urnas parece, a todas luces, desproporcionada. Ni el presidente merecería tanta derrota ni la oposición tanto triunfo. Por eso es posible que en Estados Unidos esté ocurriendo lo que ocurrió en la Argentina de mediados del ‘60, cuando el grueso de la sociedad posibilitó la caída de Arturo Illia.

Izquierda, centro y derecha atacaron a mansalva al viejo presidente radical desde los partidos, los sindicatos, las corporaciones y la prensa. Un país en catatónico estado de ansiedad consideraba pésimo y pasmosamente lento al gobierno radical. La izquierda marxista, el peronismo, las fuerzas conservadoras y los diarios de todas las posiciones se ensañaron con la imagen de aquel presidente solitario. Por eso aplaudieron el golpe de Estado y entregaron el país a un militar mesiánico.

Pasaron décadas de horrores hasta que los argentinos percibieron que, con aquel médico humilde y moderado, la economía había funcionado bien y las posiciones asumidas por su débil gobierno eran acertadas. Y en la actualidad, el país enrojece de vergüenza al recordar la humillante caída de Illia, entendiéndola como una de las causas de la deriva calamitosa que ocasionó tantos naufragios.

Posiblemente, dentro de un tiempo sean los norteamericanos los que recuerden avergonzados la perturbación con que juzgaron a un presidente cuyo mayor error fue la moderación y la prudencia, en un tiempo exacerbado y radical.

El de Barack Obama no es un gran gobierno, pero está lejos de ser tan malo como sugiere la dimensión del voto-castigo que lo condena a vegetar el tiempo que le queda en el Despacho Oval.

Muchas de sus promesas fueron cumplidas a medias y hubo otras directamente incumplidas. Pero la llegada del primer afroamericano a la presidencia reformuló, en buena medida, el panorama atroz que había encontrado. Tanto en la economía como en los dos conflictos en los que la administración Bush empantanó el ejército norteamericano, la situación mejoró notablemente bajo la dirección de Obama.

Bush hijo había recibido de Clinton una economía con crecimiento y superávit fiscal, pero dejó déficit, recesión y bancarrota, tras la explosión de la burbuja inmobiliaria.

Posicionado en un punto intermedio entre la ortodoxia que impuso Angela Merkel y el intervencionismo duro que propone Paul Krugman, el presidente que asumió con la quiebra de Lehman Brothers sacó la economía de la recesión empezando a reducir el desempleo.

Incluso siendo módico, basta comparar el crecimiento de la economía norteamericana con el estancamiento en el que sigue Europa, para ver que Obama no es lo que percibe la ansiedad histérica que gravita sobre la sociedad norteamericana impidiéndole ver la importancia, por ejemplo, de la reforma que terminó con la desregulación total que producía burbujas financieras.

Con sus incumplimientos y medianías, la administración demócrata ha sido mejor que su antecesora también en el campo internacional. Bush había dejado en Irak el gobierno sectario del chiíta Nuri al-Maliki, que excluyendo a los sunitas de la administración y de las decisiones, agravó la violencia étnica que engendró alimañas en el agujero negro creado por los ex popes del Pentágono, Donald Rumsfeld y Paul Wolfowitz, cuando desmantelaron el ejército iraquí.

Hoy, parte del territorio de Irak integra el sanguinario “califato” surgido, entre otras cosas, de los errores y negligencias de la ocupación de Bush, pero en Bagdad hay un gobierno que incluye a los sunitas y que intenta impedir más crímenes y arbitrariedades del ejército contra las etnias que apoyaron a Saddam Hussein.

En Afganistán sigue la amenaza talibán, pero al gobierno ineficaz y corrupto de Hamid Karzai lo reemplazó el presidente Ashraf Ghani, imponiéndose en las elecciones más plurales y limpias de ese país.

Hay otros ejemplos de que la política internacional de Obama fue más eficaz y menos nociva que la anterior. Su mayor prudencia no debe confundirse con pusilanimidad. Al respecto, como caso revelador alcanza con señalar que fue este gobierno el que acabó con Osama Bin Laden en su escondite paquistaní.

Los premiados por el voto que castigó a Obama, fueron los candidatos del partido que se radicalizó por la influencia del Tea Party. Así, la sociedad premió con más poder a la desviación extremista y el discurso intolerante.

Al revés de la Argentina, donde desde el Gobierno bajó el discurso tendiente a dividir la sociedad en bloques enfrentados que se repelen mutuamente, en Estados Unidos a esa instrumentación política de la intolerancia la impulsó la oposición ultraconservadora. El extremismo del Tea Party empujó al Partido Republicano hacia un “oposicionismo” salvaje y un discurso excluyente que estigmatiza al que piensa diferente. Con esa histeria, los republicanos utilizaron sus bancas para obstruir todas las iniciativas demócratas. Mal o bien, la actitud más favorable al diálogo y al consenso estuvo en el oficialismo, no en la oposición.

Sin embargo los votos premiaron la ferocidad opositora, sumándole el control del poderoso Senado al que ya tenía en la Cámara de Representantes. Un poder tan grande que hay quienes murmuran, en las cercanías del Tea Party, que el Congreso debería acosar a Obama hasta obligarlo a renunciar sin concluir su mandato, vileza que también parece un reflejo de la política argentina.

Si con mayoría en el Senado al gobierno demócrata le paralizaron la administración un par de veces, además de demorarle reformas clave como la del sistema de salud, ahora que tiene minoría en ambas cámaras ya no podrá tener la iniciativa en la política interna. Pero el mundo puede ser el ámbito adecuado para seguir actuando. De hecho, los acuerdos con China sobre calentamiento global y el resultado que tenga la negociación sobre el plan nuclear iraní, además del aislamiento de Rusia por su expansionismo en Ucrania, podrían darle a Obama un exitoso final de ciclo, a pesar del asfixiante cerco opositor.

 

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