Mundo / 10 de Diciembre de 2014

Entre cielo e infierno

Golpeadísimo en México y tensionado en Brasil, el triunfo del Frente Amplio uruguayo es la única postal apacible de la centro-izquierda.

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Tres postales que van desde lo más oscuro hasta lo más claro, en curioso degradé, en el álbum de fin de año de la centro-izquierda latinoamericana. Desde la crisis más horrible hasta el festejo más alegre, pasando por una zona de turbulencia y tensión.

La más oscura de las postales viene de México y la más clara de Uruguay. En el medio está Brasil, donde a la vida interna del PT la empaña el escándalo de corrupción en Petrobras y la indignación del ala izquierda con el giro económico implementado por Dilma Rousseff.

A pesar de la complejidad del trance que atraviesa la centro-izquierda brasileña, está infinitamente mejor que la de México, donde al Partido de la Revolución Democrática (PRD) lo sacudió el portazo de su fundador.

Por cierto, la imagen mexicana que tapó todo fue la inmensa despedida a Enrique Gómez Bolaños. Hubo exageración en ese adiós. Pasear el féretro por el mapa del país y exponerlo en canales de televisión, fue una desmesura. Pero México necesitaba ese baño de ternura. Necesitaba mostrarse a sí mismo y al mundo que en esa tierra no todo es masacre y corrupción. También está “el Chavo del Ocho”. Desde allí irradió su inocencia a todo el planeta.

México necesitaba llorar al Chapulín Colorado. Los personajes de Gómez Bolaño redimen a los mexicanos de la guerra narco y de la corrupción. Los dos males que golpearon al partido de la centro-izquierda.

Cuauhtémoc Cárdenas renunció a la fuerza política que él mismo había creado. El hijo del general que nacionalizó el petróleo y encaminó la revolución agrarista por la vía institucional había provocado una escisión en el PRI sobre finales de los ’80, por disentir del rumbo liberal que le había dado el presidente Miguel de la Madrid. Acompañado por priístas de izquierda como Muñoz Ledo, Cárdenas terminó fundando el partido izquierdista más importante de la historia de México.

Salinas de Gortari le arrebató la presidencia mediante el fraude electoral, pero el PRD siguió creciendo y ganando gobernaciones y alcaldías en el corazón del país. Después vino la deriva que lo convirtió en tercera fuerza, por detrás del PAN y del PRI. Luego, la separación de López Obrador y, finalmente, la conducción que desplazó del liderazgo a Cárdenas, reemplazándolo por Carlos Navarrete Ruiz y su política de alianzas pragmáticas para conquistar poder.

Esa política les abrió las puertas del PRD a las mafias. La desaparición de los 43 estudiantes del Estado de Guerrero dejó a la vista el envilecimiento del partido de la izquierda mexicana. El alcalde de Iguala y su mujer, autores de la entrega de los jóvenes a los sicarios del narcotráfico, eran del PRD, igual que el gobernador de Guerrero.

Fue la gota que colmó el vaso para Cuauhtémoc Cárdenas. Ya no tenía poder dentro del partido, pero era su fundador y también el hijo de un prócer nacionalista. Por eso su portazo resquebrajó la estructura de la centro-izquierda mexicana.

Junto a esa postal de crisis está la tensa situación del Partido de los Trabajadores del Brasil. La corrupción es uno de los epicentros, porque algunos dirigentes demandan a la presidenta –sin éxito– que haga algo para frenar las investigaciones del Poder Judicial contra la densa trama de sobornos que entrelaza la cúpula directiva de Petrobras con funcionarios y legisladores del PT.

La imagen de Dilma está inmunizada a la corrupción, porque ningún presidente de Latinoamérica echó a tantos funcionarios por estar sospechados de actividades turbias, y porque no intenta frenar las investigaciones judiciales.

De todos modos, el escándalo de Petrobras impacta contra la imagen de su gobierno y tensiona su relación con sectores de la dirigencia partidaria.

Sin embargo, lo que más tensión causó dentro del PT fue el nuevo equipo económico. Que lo encabece Joaquim Levy certifica el abrupto giro que decidió dar Dilma Rousseff y el reconocimiento de que la política intervencionista y estatista que ensayó en los últimos dos años no dio buenos resultados sino que, por el contrario, acentuó el estancamiento, la inflación y la falta de inversión.

Levy, doctorado en la Universidad de Chicago y fogueado como funcionario del Fondo Monetario Internacional (FMI), es un economista obsesionado hasta tal punto con los equilibrios en las cuentas públicas, que sus pasos por los gobiernos de Fernando Henrique Cardoso y de Lula da Silva le valieron el seudónimo “Manos de tijera”.

El hombre que Dilma pone al frente de la economía en reemplazo de Guido Mántega fue su archirrival dentro del gobierno de Lula y es un exponente del pragmatismo libremercadista que se opone a los modelos populistas de la región.

Fue miembro del equipo de Antonio Palocci, el ministro liberal que tuvo Lula, y comparte la mirada económica con Arminio Fraga, el economista que habría sido ministro si hubiera ganado Aecio Neves.

Sin pensar que fue el intervencionismo estatista de los últimos dos años lo que puso a Brasil en recesión, en lugar de reactivar la economía debilitada por la caída de los commodities en los mercados internacionales, la izquierda del PT puso el grito en el cielo, denunciando el “giro neoliberal” de la presidenta.

Pero no todo es crisis y tensión en la centro-izquierda. Junto a la postal mexicana y brasileña, está la postal uruguaya, con el Frente Amplio festejando su tercera victoria consecutiva en elecciones presidenciales.

Un hombre flanqueado por dos mujeres al borde de un ataque de nervios (Dilma por Petrobras y por las críticas de la izquierda partidaria; y Cristina, disparando a mansalva contra quienes se asoman al nebuloso origen de su fortuna), sonreía y agradecía la ola de votos que lo deposita nuevamente en la presidencia del Uruguay.

Tabaré Vázquez llegó sereno al ballottage. La buena gestión presidencial que hizo entre el 2005 y el 2009 garantizaba una victoria que solo habrían puesto en riesgo dos factores: que el gobierno de su mismo partido que lo sucedió hubiera sido pésimo, o que el candidato de la oposición hubiese sido un fenómeno político. Pero ni el gobierno de Mujica fue malo (al contrario), ni Luis Lacalle Pou fue el fenómeno que se necesitaba para vencer al apreciado oncólogo social-demócrata.

Al error no lo cometió el Partido Nacional al postular a Lacalle Pou. La carta de la juventud era lo mejor que tenía para contraponer a una figura exitosa. Con solo 41 años, el hijo del ex presidente Luis Lacalle hizo una campaña decorosa. Pero para la respetable centro-derecha uruguaya esta era una batalla perdida, no por culpa propia sino por méritos del oficialismo, que aún no se ha desgastado en el poder y tiene fuertes figuras de recambio.

El festejo frenteamplista aportó, al álbum de fin de año, la postal más apacible de la centro-izquierda.

 

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