Mundo / 13 de Diciembre de 2014

Los socios del silencio

Leopoldo López sigue preso. Acusan a una opositora de complot magnicida. Unasur no dice nada al respecto.

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Mezclando la mística de Nicolás Maduro y la fría realidad de la economía, el problema del gobierno venezolano es que Chávez subió al cielo y el petróleo bajó del cielo.
Mientras el precio internacional del crudo danzaba en alturas, el comandante de la revolución bolivariana podía reinar cómodamente en Venezuela y financiar la construcción de su liderazgo a escala latinoamericana. Pero con el petróleo en descenso, subvencionar al régimen de Cuba y fortalecer a otro aliado de estética revolucionaria, el nicaragüense Daniel Ortega, es un sobrepeso que ha empezado a agobiar las finanzas de PDVSA, lo que desde hace algún tiempo se traduce en decadencia infraestructural.
En rigor, la fatiga de PDVSA empezó en vida del comandante. No obstante, a la debilidad económica que produce el agobio de la gallina de los huevos de oro negro, el chavismo la compensaba con el intenso y vibrante carisma de su líder, Hugo Rafael Chávez Frías.
La desbordante energía política que lo movilizaba hacía del exuberante líder caribeño una tromba que sus detractores y opositores no podían contener. Esa inmensa capacidad de liderazgo era la espada Excálibur que dotaba a Chávez de una autoridad incuestionable.
Casi la mitad del país disentía, pero tanto en Venezuela como en el exterior, el vigor de su jefatura no estaba en duda. Dentro y fuera de la patria chica de Bolívar, el chavismo tenía un líder. Pero cuando ese líder ya no estuvo, su representante en el mundo de los mortales empezó a mostrar que no tiene la capacidad ni la energía de quien lo ungió.
Lo que sí tuvo Nicolás Maduro es firmeza para atrincherarse cuando estallaron las protestas estudiantiles que pronto devinieron en convulsión social por el estado calamitoso de la economía y los estragos que estaba provocando en el abastecimiento de la población.
La prensa disidente creía que Diosdado Cabello intentaría pasar de “número dos” a “número uno”, provocando una división en el poder, mientras el liderazgo opositor apostaba a mantener las multitudes en las calles hasta que Maduro cayera o convocara a un referéndum revocatorio anticipado. Pero no pasó nada de eso, sino que una persistente represión terminó reconquistando las calles.
Lo que no pudo recuperar el presidente fue el flujo de petrodólares que hizo fuerte al chavismo.
Maduro sospecha que con Chávez en el cielo y el precio del crudo muy cerca de la tierra, queda a la vista que el modelo asistencial chavista solo es posible con la cotización internacional del petróleo que acompañó al chavismo desde que llegó al poder.
También sospecha que, sin el carisma de Chávez, las masas populares no le tolerarán los ajustes que ya ha comenzado a ejecutar. Además, le irán perdiendo la paciencia los presidentes de la región que están pagando el costo de mirar para otro lado mientras él reprime protestas, mantiene como preso político a Leopoldo López y persigue a otra dirigente opositora: María Corina Machado.
Vecinos silenciosos. ¿Podrá Unasur seguir eludiendo en sus reuniones hablar de la represión y los encarcelamientos en Venezuela, si ahora apresan a la mujer que, por recolectar en el 2004 tres millones de firmas pidiendo un referéndum revocatorio, fue acusada de traición a la patria y condenada a tres años sin poder salir del país?
Los mandatarios latinoamericanos que tampoco dijeron ni “mu” cuando le quitaron su banca de diputada ¿permanecerán callados si el gobierno la encarcela por acusarla nada menos que de “planificar el asesinato del presidente de Venezuela”?
Tanto Machado como Leopoldo López estaban en un ala dura de la oposición. El moderado fue y es Enrique Capriles, pero también a él se lo acusa de tramar conspiraciones desestabilizadoras y de ser marioneta de la CIA. Está claro que, para el chavismo, disentir equivale a conspirar; por lo tanto, cuestionar a Maduro es una actividad criminal.
Es cierto que López y Machado exhortaban a continuar la protesta hasta que caiga el presidente, mientras que Capriles fue extremadamente cauto durante los días de las barricadas ardientes y la represión. La moderación del gobernador de Miranda fue criticada por la dirigencia del partido Voluntad Popular y por los sectores más radicales de la Mesa Unidad Democrática.
Leopoldo López es, sin dudas, un dirigente de posiciones radicalizadas. Pero que esté encarcelado por, entre otras cosas, “homicidio y terrorismo”, parece desproporcionado. Por lo tanto, merecería de Unasur y de las entidades de Derechos Humanos de la región al menos que se exija al tribunal militar que lo mantiene en un penal castrense, mostrar las pruebas que dice tener.
Enemiga del pueblo. También parece una enormidad acusar a María Corina Machado de conspirar para cometer un magnicidio. Así lo considera Human Rights Watch, mientras guardan silencio las entidades de la región.
Machado ha cometido errores y negligencias. Por caso, reunirse con George W. Bush en el Despacho Oval, encuentro que solo aportaba argumentos al aparato de propaganda chavista para seguir difundiendo la idea de que la disidencia rinde cuentas al presidente más imperialista y ultraconservador de Estados Unidos.
También pudo ser un error hablar en la OEA como “embajadora alterna” de Panamá, dando al chavismo una razón para quitarle su banca. Es cierto que, si no era de ese modo, no podía hacer escuchar en la OEA otra voz que no sea la del gobierno. Pero también es cierto que la Constitución de 1999 establece en los artículos 149 y 191 algo tan elemental como que un legislador no puede ocupar cargos en otro Estado.
De todos modos, sus errores y negligencias no justifican una persecución como para condenarla a dieciséis años de cárcel. Sencillamente, la idea de asesinar a Maduro es demasiado criminal y demasiado estúpida. Criminal, por razones obvias. Estúpida, porque eliminando al presidente se libera al chavismo de un incompetente; se regala todo el poder al duro Diosdado Cabello y se le entrega en manos la justificación para una cacería de brujas y un salto al totalitarismo.
Además de que las dos son ingenieras, María Corina Machado tiene posiciones económicas semejantes a las que representaba María Julia Alsogaray: la idea thatcheriana de “capitalismo popular”, basada en pensamientos de Von Hayek y Von Mises simplificadaos en el slogan “un país de propietarios y no de proletarios”.
La diferencia de María Corina con María Julia es que la venezolana nunca defendió la vía de la dictadura para imponer y sostener ese modelo económico. Que por ser neoliberal se permita la persecución política y el acoso judicial, como parece hacerlo el silencio de Unasur y de la mayoría de las organizaciones latinoamericanas de Derechos Humanos, en algún momento se volverá contra esas entidades y sus responsables.

 

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