Showbiz / 17 de diciembre de 2014

STAND UP

Del escenario al libro

Comediantes que escriben y publican. De la industria editorial convencional a la autogestión. Cómo un rubro sinergiza al otro.

Por

NEURÓTICO. José Luis Alfonso, del Bululú a las librerías.

Que el “stand up comedy” llegó para quedarse ya no es tema de discusión. Tras varias “modas” y un puñado de “booms”, el género de humor cultivado por monstruos sagrados como Jerry Seinfeld, Chris Rock o Robin Williams se ha convertido en una parte integral de la oferta teatral porteña, con aspiraciones de migrar lentamente hacia todo el país.
Los primeros comediantes “profesionales” –esos que pagan el alquiler y la tarjeta de crédito con sus monólogos– ya son una realidad; y hasta han aparecido los primeros cómicos con fans. El stand up, sin prisa pero sin pausa, se ha instalado en la calle Corrientes, pero también en nuevos espacios “off”; se ha vuelto partícipe necesario de eventos privados (desde humildes fiestas de quince hasta megaeventos corporativos); ha logrado infiltrarse en la radio y la televisión de aire, en el cable y hasta en festivales como Ciudad Emergente.
¿Y ahora, qué? ¿Cuál es el próximo territorio a ser “invadido” por los cómicos? Parecería ser que es el de la industria editorial, aunque con resultados desparejos e inusuales en un mercado en el cual el libro “de humor” –que era más que común en la década del ‘90– parece haber sido erradicado de los calendarios de publicación.
“La sección de humor en las librerías sigue estando alejada del lector común, en el piso de arriba o en el subsuelo”, explica la comediante Claudia Panno, autora de varios títulos de “falsa autoayuda”, donde se toma los problema de la modernidad, la crianza de los hijos y la vida del adulto promedio con humor, “Sigue habiendo mucho humor gráfico e historietas, pero poco humor narrativo o reflexivo, que invite a divertirse y al cambio de pensamiento al mismo tiempo”.
¿Pero por qué alguien compraría un libro humorístico? ¿Existe un mercado para el género? “Sí, hay un mercado, pero aún necesita desarrollarse”, explica José Luis Alfonso, comediante de vasta trayectoria y propietario de El Bululú, uno de los pocos clubes de comedia hechos y derechos de la ciudad, que acaba de publicar su primer libro, “Si nos reímos, alargamos la vida, dicen”.
A la visión optimista-terapéutica sobre la risa, se suma Panno: “Creo que la gente necesita reírse para soportar la rutina, el trabajo, los vaivenes económicos, el estrés y a la pareja si tiene. Hay una tendencia a consumir libros de famosos que hablan sobre su vida privada o libros que auguran la fórmula del éxito espontáneo o de la felicidad eterna. Sin embargo, si de felicidad se trata, nada mejor que comprarse un muy buen libro de humor, un ensayo, una novela, por ejemplo. Eso sí que es disfrute garantizado y duradero. No sé si existe un lector ávido de textos humorísticos o de otra clase, pero sería bueno empezar a conseguirlo, sobre todo porque el humor tiene ventajas y buenos efectos sobre el ánimo de las personas. Además, es más fácil transmitir valores o mensajes a la gente y que les lleguen si se realiza a través del humor”.
Llegar al libro. Así y todo, no es fácil para el comediante lograr la publicación. De hecho, no es sencillo para ningún autor de ningún género; mucho más cuando se trate de vertientes que no están del todo en la agenda de la industria editorial. A la opinión de Claudia Panno sobre cuáles son los géneros más consumidos, Alejandro Angelini –uno de los primeros en ejercer la docencia en el país, que acaba de publicar su propio manual de comedia stand up– se suma con un diagnóstico feroz: “Las editoriales son enormes kioscos que publican solo lo que consideran ‘dulces’ para el lector: libros de famosos, escándalos, autoayuda y boludeces de pseudo-denuncia política”. En ese contexto, el humor tiene poco y nada de lugar.
Que una editorial de las tradicionales acepte un texto de humor es algo fortuito, que en los últimos tiempos solo sucede gracias a la audacia de algún editor o a la relevancia del comediante como figura pública. Y, a decir verdad, no son muchos los cómicos de stand up que sean razonablemente famosos.
“Desde ya que la editorial seguramente me contactó por haberme visto en tele”, confiesa Dalia Gutmann, que –además de ser la esposa de Sebastián Wainraich, cuando publicó su primera y hasta ahora única obra literaria, trabajaba en AM, por Telefe–, “De todas formas, mis ganas de escribir un libro estuvieron siempre. Tenía y tengo cientos de cuadernos escritos con ideas, archivos en computadoras sin publicarse en ningún lado, así que la idea de poder encausar todo eso en un libro me cerraba y me cierra absolutamente”. Claro que, para Gutmann, siendo “una cara de la tele”, las cosas fueron más sencillas, algo que no deja de ser una práctica habitual de las editoriales. Otros tuvieron que remarla un poco más.
“Yo creo que sí hay un público para el libro de humor”, agrega Dalia Gutmann, en defensa del género perdido, “Me siento parte de ese público. Me gusta la lectura que no es pretenciosa ni compleja, aunque es importante que tenga cierto nivel de elaboración”.
De manual. “Conseguir un contrato editorial fue una de las partes más complicadas del proceso”, explica Guillermo Selci, el hombre que se ganó un poco a la fuerza el título honorario de “Actor Cómico de la Nación” cuando no solo hizo stand up frente a Cristina Kirchner en el escenario de Tecnópolis, sino que hasta se atrevió a hacerle un chiste a La Cámpora, que le costó un “che gorila” cantado por la tribuna.
“A las editoriales en general les interesaba el libro pero lo desechaban porque no lo veían potencial comercial. Lamentablemente, muchas grandes editoriales, hoy día se manejan de una manera muy cholula y con poco criterio cultural o educativo. En vez de mirar contenido miran la tele”, afirma.
El primer libro de Selci no sería, sin embargo, un texto humorístico, sino el primer manual de comedia stand up en ser publicado en el país y en español. Finalmente, la editorial Galerna confiaría en el proyecto, que ya va por su cuarta edición.
Alejandro Angelini también se inclinó por el libro “de texto”, por el manual de comedia que tituló “Comedia Zen”. “Este libro es el resumen de quince años de trabajar en escenarios de stand up en Argentina, Estados Unidos, España y Latinoamérica; y diez años de dar clases de stand up aquí y en Uruguay”, explica, “Es un curso en forma de libro que, a través del stand up, enseña los mecanismos básicos que mueven a la comedia en general”. Sin embargo, pese al prestigio del autor, le costó conseguir quien lo publicara: “Las editoriales me querían pagar un 3.5% de regalías [NdR: lo usual es el 10%]. Trabajé tres años para escribir este libro y la industria pretendía quedarse con el 96,5% de las ganancias”, agrega Angelini, “No, gracias. Me pareció una grosería. Decidí publicarlo por mi cuenta”.
Solos contra el mundo. El escaso interés de las editoriales por los textos humorísticos –y la reticencia aún mayor a los “manuales”– hizo que muchos comediantes emprendieran el camino de la autogestión, un territorio que no les es para nada extraño. A fin de cuentas, criados en el teatro “off”, todos tienen más o menos algo de entrenamiento en el sutil arte de arreglárselas solitos. “Empecé publicando en forma independiente con Editorial Del Dragón”, relata Claudia Panno, “Después de eso, afortunadamente, fui contratada por Ediciones B y Lea, ambas editoriales compraron los derechos de mis libros”.
Al igual que en el caso de Panno, la primera experiencia de Alfonso fue autofinanciar su publicación. “La experiencia fue muy buena, porque al evitar el intermediario resolvés mejor la idea artística y no se filtran malos entendidos”, le ve el lado amable.
Angelini fue un paso más allá y optó por el “crowdfunding” a través del sitio Idea.me: propuso su proyecto y los interesados en el producto terminado hacían aportes para que pudiera publicarse. Los aportes más generosos contaban –esto es usual en el crowdfunding– con “premios” adicionales, incluyendo clases y “coaching” con el docente y autor. “Fue una gran experiencia, no solo me sirvió para publicar el libro, sino también para promocionarlo”, afirma.
Por supuesto que la autogestión tiene sus dificultades. Porque, más allá de que es el comediante el que termina aportando los fondos para el proyecto, la distribución es limitada y la difusión acaba haciéndose a pulmón. “Muchas de las editoriales chicas ni siquiera tienen un departamento de prensa, por problemas de presupuesto”, dice Claudia Panno, “Entonces, el escritor debe promoverse su obra y eso es un trabajo solitario y complejo. Además debe competir con otros libros del mercado, que aún cuando no son de humor, tienen mucha más presencia en las librerías”.
Sinergizando recursos. José Luis Alfonso ha convertido su propio teatro, El Bululú, en una boca de expendio de su libro. Por su vidriera han pasado también los títulos de Panno. Así y todo, hay dudas entre los escritores-comediantes sobre si publicar un libro sirve para vender más entradas al teatro, o si cortar más tickets suma a la hora de vender ejemplares. “No sé qué está primero, si la gallina o el huevo”, duda Guillermo Selci, “Puede que el fenómeno del stand up ayude a vender; pero también el libro como formato te permite llegar a lugares donde no hay movida de comedia o cursos; esto genera nuevas camadas de cómicos que retroalimentan el panorama nacional”. Menos optimista, Panno no cree que la presencia en el escenario “ayude a que se vendan más libros. El stand up acercó el teatro a la gente, no la gente a las librerías”.
Por lo pronto, “creo que a los que hacemos stand up todavía nos queda mucho camino por recorrer”, concluye Dalia Gutmann, “Somos todos muy autogestivos. Falta un circuito concreto, un programa de tele, un montón de cosas que el día que sucedan probablemente nos va a ayudar a todos a llenar las salas, y a los que se pongan a escribir un libro, venderlos mejor”.

 

Comentarios de “Del escenario al libro”

  1. Está impecable la nota a pesar de que la revista es de lo más degradante que leí en años, pero no sé cómo metieron al cararota anti K de Alfonso ahí. Todos en el medio sabemos que el libro no lo escribió él, le garpó a otro flaco para que lo escriba. Indignante. Y super esperable de alguien que no puede escribir con punto y aparte, y que escribe estados en minúscula y llenos de errores ortográficos

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