Sociedad / 22 de diciembre de 2014

Inseguridad: los justicieros de la calle

Linchamientos a ladrones y violencia en la web. Claves de la crispación ante el delito.

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“Justicia ciudadana”, dijo el zócalo de Canal 26 que trató la noticia. Quizás, fue el límite donde una pretendida justicia y la locura se encontraron. En Mar del Plata, el viernes 12 sobre un colectivo, a metros de la peatonal San Martín, los pasajeros golpearon con furia a un ratero de no más de quince años que le había robado a un vendedor ambulante. “¡Pegale!” “¡Dásela a ese negro de mierda!”, se animaban a gritos entre ellos. El término “linchamiento” se impuso este último tiempo en la agenda. El fenómeno ya no existe solo en la clase humilde, con la clásica imagen de las turbas en villas que incendian casillas de sospechosos de homicidio o violación. En abril último, el actor Gerardo Romano evitó una agresión en masa en pleno Palermo: un grupo de gente quería golpear a un hombre que le había robado un reloj a un turista. En septiembre, en Rosario, una marcha masiva pidió por la libertad de dos jóvenes acusados de linchar a un delincuente. El mes pasado en Ramos Mejía, un motochorro que falló en su asalto fue molido a patadas por una turba con un policía que no hizo nada para evitarlo. En Rosario, otro ladrón prefirió refugiarse en una comisaría antes que caer en manos de vecinos enfurecidos.

El clima de época, desquiciado por una cantidad de delitos que no cesan, también tiene gente que hace justicia por mano propia. Mientras conducía su Peugeot 307 por Villa Luro, el martes 2, Patricio Roitman mató a tiros con su Glock calibre 40 a un colombiano en moto que presuntamente intentó robarle. Roitman, de 36 años, padre de familia, es un as con las armas de fuego: forma parte del equipo nacional de Arma Corta de la Federación de Tiro Práctico, una subcultura de 500 tiradores federados que se reparten en treinta clubes a lo largo del país.

Los videos de Roitman en la web practicando tiro comenzaron a multiplicarse tras la noticia. Eran casi como un videojuego; en ellos, Roitman corre y dispara controlado por un cronómetro, recarga su arma en tiempo récord mientras derriba maniquíes en una galería estrecha. Cuando se conoció su liberación tras ser indagado por el hecho, los usuarios de los portales de noticias de la web lo llenaron de elogios extraños. “¡Bien hecho Patricio, uno menos!”, dijo uno. “¡Que les enseñe a bajar motochorros a esos gordos cerdos que tenemos de policías!”, dijo otro. Roitman encontró para este problema un abogado experimentado: Juan Carlos Salerni, quien ya había logrado el sobreseimiento del empresario José Minardi, que había matado a dos ladrones que intentaron robarle. Por lo pronto, la Justicia benefició a Roitman con la falta de mérito.

Un poco enloquecidos. ¿Cómo se explica esta rabia social? Eugenio Burzaco –ex jefe de la Metropolitana, politólogo y especialista en seguridad– analiza: “El pacto social delega el monopolio de la violencia legitima en el Estado. La gente termina haciendo justicia por mano propia si el Estado no lo ejerce. Esto es incorrecto, no se justifica. Tiene que regresar la presencia del Estado”. Los discursos exacerbados en la web también tienen una explicación. Martín Becerra, creador de la Maestría en Industrias Culturales de la UNQ e investigador del Conicet, asegura: “La virtualidad se invoca como refugio de energúmenos que, escudados en la no presencia y en la pretensión de anonimato, inyectan en los comentarios de lectores de sitios sentencias descalificadoras al por mayor”. Becerra también se pregunta por un posible hilo conductor “entre lo que reproducen los sitios on line que permiten comentarios de sus lectores y el discurso instituido por el Estado y por las prácticas sociales en la misma calle”.

Luis García Fanlo, sociólogo, profesor en la UBA y autor de libros como “Genealogía de la Argentinidad”, sostiene que alguien controla el vacío: “Como la Justicia no funciona y por eso mismo hay mucha inseguridad, entonces hay que hacer justicia por mano propia; esa sería la fórmula que hace que estalle la ira popular contra quien se supone ha cometido algún delito que también se supone quedará impune. No es cierto que vivimos en un estado de inseguridad, que sería de naturaleza caótica sencillamente porque no actúa la Justicia. Por el contrario, la seguridad está basada en la inseguridad: implica grados diferenciales de desorden social consentidos, provocados y alentados, precisamente por quienes están a cargo de mantener esa seguridad”.

El diablo anda en dos ruedas. El motochorro se convirtió en el mayor demonio social del 2014. Las idas y venidas de prisión de Gastón Aguirre –que se hizo famoso por robarle a un turista en La Boca– con los fallos judiciales que lo beneficiaban enojaron al público, sumado a los robos a famosos como Marcelo Longobardi, Diego Peretti o Viviana Canosa. Un informe de este año de la Procuración bonaerense marcó cerca de 60 casos diarios. Pero hay reveses peculiares. Este mes en Quilmes, una mujer denunció que su marido había sido muerto por motochorros. Las pruebas luego indicaron que había sido asesinado en su casa. Julián Axat –funcionario judicial hoy a cargo del programa Atajo, que acerca a la Justicia a vecinos en barrios carenciados– fue defensor de menores durante años en La Plata. Axat, que conoce la problemática de los motochorros por dentro, explica: “La gente cree que el problema no se ataca y no es así. Los adolescentes que cometen delitos en moto terminan detenidos con condenas largas o muertos en casos de gatillo fácil. Son toscos al robar, amateurs, los apresan fácilmente. Los institutos de menores provinciales multiplicaron sus números. La tasa de adolescentes en prisión es altísima. La Justicia no ha sido garantista, sino todo lo contrario”.

Seguí a Federico en Twitter: @fahsbender125

 

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