Mundo / 27 de diciembre de 2014

Con bendiciones

La reapertura de la relación diplomática entre Estados Unidos y Cuba: paso oportuno y señal de una multitud de fracasos.

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Menos odio y menos amor. Dos factores clave que confluyeron para crear el nuevo marco que hizo posible el histórico acercamiento entre Estados Unidos y Cuba.
Las nuevas generaciones de cubanos nacidos en el exilio tienen menos odio que sus padres y abuelos contra los hermanos Castro, mientras que los jóvenes de la isla tienen menos amor por el castrismo que sus padres y abuelos, nacidos antes de la revolución.
Las primeras olas de exiliados que cruzaron el Estrecho de Florida vivieron en Estados Unidos con un aborrecimiento visceral hacia quienes los habían expulsado, quedándose con sus propiedades. Esa gente nunca desistió del objetivo de tumbar a Fidel y su gobierno.
Para eso engendraron liderazgos radicales, como el de Jorge Más Canosa, y crearon grupos de presión como la Fundación Cubano-Americana, además de organizar y financiar los poderosos y eficaces lobbies que consiguieron mantener el embargo y las sanciones hasta que caiga el sistema de partido único al servicio de los Castro.
Las décadas pasaron y el régimen no cayó, a pesar de que se sumaron otras medidas para endurecer el cerco, como la Ley Helms-Burton. En ese tiempo nacieron y crecieron los hijos y los nietos del exilio. Y en esas nuevas generaciones fue decreciendo el odio a Fidel. No lo reemplazó nada parecido a la simpatía, sino una mirada menos emocional sobre Cuba y su jefe todopoderoso.
Paralelamente, en la isla envejecía la generación nacida antes de la revolución, mientras irrumpían nuevas generaciones. En ellas, hay menos amor por la gesta de “los barbudos” y más hastío frente a las carencias y convalecencias de una economía anquilosada.
Un ejemplo de lo que implica el recambio generacional se ve claramente en Silvio Rodríguez padre y Silvio Rodríguez hijo. El talentoso autor de “Sueño con serpientes” adhiere fervientemente al régimen castrista; mientras que su hijo, el rapero conocido como “Silvito el Libre”, es un duro cuestionador del sistema cubano y denuncia públicamente sufrir las consecuencias de protestar.
En muchas familias pasa lo que pasa entre Silvio Rodríguez y su hijo. En las generaciones jóvenes, a las apetencias no saciadas por una economía languideciente no las compensa la sobrecarga de ideología, simbología y discursos. Esas nuevas camadas de cubanos no se conforman, como sus progenitores, con las compensaciones “morales” y el fervor patriótico. Donde sus padres y abuelos ven austeridad revolucionaria y digna, la mayoría de los jóvenes ven pobreza y fracaso.

El Papa sabe del desapasionado pragmatismo que crece en las dos costas del Estrecho de Florida. Esa certeza se impuso a las dudas por los riesgos que implica asumir un rol protagónico en el histórico acercamiento. Aunque posiblemente el rol de Francisco fue mucho menos determinante que lo que el mundo imagina.
El factor clave fue un doble fracaso. El fracaso del modelo económico castrista y el fracaso del embargo norteamericano contra Cuba.
Más allá de lo que digan las páginas del Granma y que haya presidentes que, como Cristina Kirchner, consideren el acuerdo como un “triunfo de Cuba”, lo evidente es que el colectivismo de planificación centralizada que impuso Fidel desde la sovietización de la isla no funcionó ni funciona sin un pulmotor externo.
Primero fue la Unión Soviética la que subsidió al castrismo. Cuando colapsó súbitamente, vino el derrumbe y el llamado “Período Especial”, que implicó abrirse a las inversiones capitalistas de Canadá, México y Europa.
Al proceso de apertura al capital privado lo detuvo Fidel ni bien apareció un nuevo pulmotor: la Venezuela de Chávez. Pero ahora que declina PDVSA, se debilita Petrocaribe y desfallecen las arcas venezolanas, Raúl Castro retoma su vieja convicción de que no es posible sostener un modelo económico que jamás tuvo vuelo propio ni generó desarrollo y bienestar a la sociedad.
El modelo de la “Doi moi” (“renovación”, en lengua viet) que hizo despegar la economía de Vietnam a fuerza de inversiones capitalistas extranjeras, es lo que hace tiempo busca el presidente cubano.
Indudablemente, que el socialismo cubano necesite las inversiones y los dólares del “imperialismo capitalista” que lleva más de medio siglo despreciando y del que se proclama como alternativa superadora, no puede ser un “triunfo” del castrismo.
En todo caso, es un éxito de los hermanos Castro haberse mantenido en el poder a pesar de semejante enemigo, pero un socialismo que solo puede existir si lo subsidian desde afuera o si recibe inversiones y remesas desde el imperio capitalista enemigo, no es precisamente un éxito.
El fracaso de la economía castrista es un factor más determinante que el Papa argentino a la hora de explicar el acercamiento entre Washington y La Habana. El otro fracaso que influyó fue el del embargo a la isla. Más de medio siglo sin tener la consecuencia para la que fue implementado, certifica su inutilidad.
Más aun, el embargo ha sido contraproducente en la medida en que solo fue útil para que Fidel Castro lo esgrimiera como causa y justificación de su ruinosa economía. Y de la vergonzosa postal de los que huyen en balsa hacia el capitalismo.

En todo caso, el gran aporte de Francisco es el aval que otorga al osado y difícil paso que se atrevió a dar Barak Obama. Al jefe de la Casa Blanca no le servía argumentar que es un pedido de la mayoría de los presidentes latinoamericanos. En cambio que haya sido un Papa quien pide cambiar el statu quo imperante en la relación Estados Unidos-Cuba es un respaldo fuerte a la decisión que adoptó la administración demócrata.
El conservadurismo y el ala más recalcitrante del exilio, así como las derechas duras de Latinoamérica, empezaron a mascullar acusaciones de izquierdismo contra el Papa argentino, por haber sido facilitador de un acuerdo que no incluyó el tema derechos humanos, censura, persecución ideológica, presos políticos y ausencia de pluralismo, libertades públicas y derechos individuales.
Lo que no tiene en cuenta esta acusación es que al primer deshielo en la relación Iglesia-Cuba lo hizo Juan Pablo II, con su histórica visita a la isla en 1998. En el acuerdo que la hizo posible, Karol Wojtila aceptó no impulsar en Cuba lo que había impulsado en Polonia, conformándose con recibir a cambio un poco más de libertad religiosa, en particular para el catolicismo.
El Papa polaco favoreció políticamente al régimen de Fidel Castro con aquella visita que no ayudó a la asediada disidencia interna.
Está claro que el statu quo del embargo no llevó a la isla libertades, derechos y garantías. En ese marco, la apertura democrática ya probó ser imposible.
En el nuevo marco quizá sea posible lo que antes no lo era. Por eso el paso dado con el aval del Papa, no solo coloca a Obama en otra página grande de la historia. También crea un escenario en el que podría cambiar la historia.

 

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