Opinión / 18 de enero de 2015

El volcán europeo

El atentado terrorista contra la revista Charlie Hebdo inaugura una nueva época en Europa.

A los dibujantes de Charlie Hebdo les hubiera parecido maravillosamente grotesca la idea de que, post mortem, serían celebrados como símbolos máximos de la cultura occidental. Contestatarios natos, en vida no tomaban nada en serio. Antes bien, se divertían mofándose de todo cuanto respetaban los demás. De haber sido otras las circunstancias, hoy en día estarían cubriendo de insultos a los políticos, funcionarios, diplomáticos, clérigos, empresarios y periodistas burgueses que, desde aquel fatídico miércoles, andan asegurándonos que “je suis Charlie”.
No les faltarían motivos. ¿Son Charlie los representantes de los regímenes de países como Rusia, Turquía, Argelia y Gabón, o la Autoridad Palestina que, muy sueltos de cuerpo, participaron la semana pasada de la cumbre callejera de París? Claro que no. ¿Son defensores férreos de la libertad de expresión sin límite alguno los millones de franceses y otros que llenaron las plazas de centenares de ciudades luego del asesinato de los humoristas de Charlie Hebdo? Tampoco. Acaso lo único que todos tenían en común era el temor a que Europa esté en vísperas de una confusa guerra civil religiosa como las que están ensangrentando Siria, Irak, Libia, Somalia, Nigeria, Afganistán y Pakistán.

Tienen miedo los judíos, blancos predilectos ellos de la furia islamista, los cristianos, agnósticos, ateos y, desde luego, musulmanes, de ahí la voluntad de tantos de afirmarse “Charlie”, aunque sólo fuera por unas horas. Sienten que Europa está deslizándose hacia una nueva época de guerras sin cuartel, matanzas, odio y traición en la que hasta los más conformistas correrán peligro. Parecería que el generoso “modelo” europeo está cayendo en pedazos bajo el peso de una combinación de cambios económicos, demográficos, tecnológicos, políticos y culturales cuyas consecuencias deberían haberse previsto a tiempo pero que la mayoría prefirió pasar por alto hasta que ya fuera demasiado tarde.
¿De dónde vienen las peores amenazas? Algunos dicen que de la “ultraderecha”, otros del islam militante, o tal vez de los dos que se alimentan mutuamente. Sea como fuere, el asesinato de los dibujantes, acompañados por una nueva atrocidad antisemita, la más reciente de muchas perpetradas últimamente por islamistas, ha asestado un golpe a la autoestima de aquellos europeos que imaginaban que su parte del mundo podría mantenerse a salvo de la violencia que tantas muertes provocaba en el Oriente Medio y el Norte de África.
Ni la gente de Charlie Hebdo ni el gobierno francés creían que los islamistas serían capaces de matar a blasfemos. Sabían que según su propio código de conducta se sentirían constreñidos a hacerlo, pero suponían que, por estar en Europa, se limitarían a formular algunas protestas verbales o, a lo sumo, atentar contra las oficinas del semanario. Acostumbrados como estaban a tomar la violencia sectaria por algo exótico que, si bien estallaba esporádicamente en Europa, no planteaba una amenaza muy grave, no querían adoptar medidas que podrían ocasionar alarma. Así, pues, los periodistas de Charlie siguieron mofándose de Mahoma sin que la policía francesa les brindara la protección que necesitaban, mientras que los políticos y referentes intelectuales galos, lo mismo que sus homólogos en el resto de Europa y Estados Unidos, continuaban procurando congraciarse con las crecientes minorías musulmanas afirmando que la suya es una “religión de la paz” y que no hay vínculo alguno entre el islamismo y el islam.

Por desgracia, las cosas nunca han sido tan sencillas. Lo entiende muy bien el presidente egipcio Abdul Fatah al-Sisi que, días antes de los atentados en París, pronunció en la universidad cairota de Al Azhar, una suerte de Vaticano sunnita, un discurso realmente extraordinario en el que advirtió a los clérigos y estudiosos reunidos que, al entregarse el islam a una orgía autodestructiva, se ha convertido en “una fuente de ansiedad, peligro, muerte y destrucción para el resto del mundo”. Sisi se preguntó si es posible que “1600 millones de personas quieran matar al resto de los habitantes del mundo, es decir 7000 millones, para que ellos mismos puedan vivir”.
Para los guerreros santos del Estado Islámico, de Boko Haram, Al-Qaeda, Hamas, ciertos teócratas iraníes y una miríada de otras agrupaciones igualmente feroces, la respuesta a la pregunta del mandamás egipcio es sí; en las semanas últimas, han asesinado con crueldad aleccionadora a miles de cristianos o musulmanes de la secta equivocada. Tiene razón Cristina: para los medios occidentales, la muerte de mil nigerianos, quizás dos, a manos de “fundamentalistas” decididos a fundar su propio Estado Islámico, ya es algo tan rutinario que apenas merece una mención en los diarios más leídos.
Hasta hace relativamente poco, era habitual oír decir que sólo se trataba del accionar de un puñado de extremistas que fueron “radicalizados” por al imperialismo yanqui, los drones de Obama, las penurias de los palestinos, los errores cometidos por cartógrafos británicos y franceses después de la Primera Guerra Mundial, la pobreza, el capitalismo liberal, la islamofobia, el racismo y así largamente por el estilo. O sea, que en el fondo sólo es cuestión de la reacción comprensible, si bien un tanto excesiva, de una minoría reducidísima de las víctimas de la agresión imperialista, no de la reanudación de una lucha –la yihad– implacable, que se inició hace 1400 años, atribuible a la sensación de que, por fin, la supremacía occidental tiene los días contados.
Sería reconfortante si sólo fuera cuestión de una minoría pequeña, pero sucede que, a juzgar por los resultados de las encuestas que se han realizado en regiones dominadas por el islam, una proporción sustancial de los musulmanes que viven en Europa, y ni hablar de los demás, comparte los valores de los “extremistas”. Lo mismo que los cristianos de antaño, dan por descontado que la blasfemia y la apostasía son crímenes capitales.
Además de librar una batalla cultural en el seno de las ya grandes comunidades islámicas de Europa –aunque el resueltamente laico gobierno francés es reacio a difundir estadísticas que a su juicio serían discriminatorias, se estima que en su país hay más de seis millones de musulmanes–, los interesados en mantener a raya el fanatismo tendrían que impedir que Arabia Saudita y emiratos afines sigan aprovechando sus petrodólares para financiar a la rama intelectual, por calificarla de algún modo, del movimiento yihadista. Los sauditas no son “Charlie”: sin que hayan movido un dedo los aguerridos defensores de la libertad de opinión que hicieron acto de presencia en París, siguen castigando a un bloguero con mil latigazos, cincuenta por semana, por “ridiculizar al islam”.

La pasividad de los políticos occidentales frente a tales manifestaciones de desprecio por los valores que supuestamente son inherentes a su civilización puede entenderse: felicitarse a sí mismos por tener la valentía necesaria para reivindicar un principio juzgado noble es muy agradable, pero enojar a sujetos riquísimos que a través de los años han gastado mucho dinero para comprar voluntades en instituciones occidentales prestigiosas sería ir demasiado lejos. También sería “islamófobico” prohibirles a los sauditas financiar mezquitas que sirven de centros de reclutamiento yihadistas.
Aunque los dirigentes europeos y norteamericanos discrepan sobre los detalles, con escasas excepciones se han esforzado por convencerse de que el Islam “auténtico” es un credo pacífico que, por fortuna, no tiene nada que ver con la versión “secuestrada” por los yihadistas. El debate en torno al se asemeja a aquel que se celebraba entre los que afirmaban que la cultura alemana era intrínsecamente militarista y quienes insistían en que la Alemania “auténtica” era el país de Kant, Goethe y Thomas Mann, una “tierra de poetas y pensadores”, mientras que el de Hitler era una aberración. Andando el tiempo, resultaría que los optimistas tenían razón, pero antes de confirmarlo hubo una guerra atroz en la que, por motivos prácticos, no era factible distinguir entre los alemanes buenos –los que, en casi todos los casos, por motivos nacionalistas habían festejado los triunfos espectaculares de los ejércitos del Reich–, por un lado y los nazis por el otro.
Pues bien: para que el mundo musulmán no sufra una tragedia parecida, los buenos o “moderados” tendrían que movilizarse en contra de los fanáticos y colaborar activamente con la policía, las fuerzas armadas y los servicios de inteligencia de los infieles. Asustados por lo que acaba de ocurrir en Francia, muchos líderes occidentales están acercándose a la conclusión de que, sin el apoyo resuelto de los dispuestos a integrarse a las sociedades pluralistas, democráticas y “multiculturales” que se han formado en Europa, les espera un futuro terrorífico de atentados devastadores y conflictos comunales sanguinarios que culminen con expulsiones masivas, es decir, de un regreso al mundo de apenas medio siglo atrás en que millones de personas se vieron obligadas a trasladarse, con sus correligionarios, de un país a otro. Como dijo el alcalde de la ciudad holandesa de Rotterdam, un musulmán que es hijo de un imán, a los reacios a asimilarse: si no les gustan las libertades que son propias de Europa, “hagan sus maletas y váyanse”.