Cultura, Sitios Externos / 1 de febrero de 2015

AVENTURAS DE UN CLÁSICO

La liberación del Principito

El libro de Saint-Exupéry entró al dominio público y ya tiene una primera edición en nuestro país. Historia del título y la traducción. Cifras de un éxito.

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Está parado arriba de un planeta redondo y pequeño, con algunas flores y un volcán. Tiene una melena dorada, crecida y despeinada. Lleva las manos en los bolsillos del pantalón. En el fondo hay estrellas y satélites. ¿Quién es? ¿“El principito”? No. Se trata de “El Principito by Gaturro”, una versión de Nik en la que el protagonista de la historia que conquistó el mundo luce en la tapa de este nuevo libro con la misma sonrisa partida en dos y llena de dientes que ya le conocemos al gato. Éste mira hacia delante con los ojos enormes del personaje de la historieta y sin el misterio de los trazos que el mismo
Antoine de Saint-Exupéry hiciera a principios de los ’40. El Principito agaturrado apareció en los kioscos de Argentina el 2 de enero y fue la primera materialización de una nueva etapa en la vida de ese clásico. En Argentina, setentas años después de la muerte de un creador, su obra pasa al dominio público. Por eso, y dado que Saint-Exupéry falleció en 1944, el 1° de enero de 2015 venció el “copyright” de este libro y se liberaron sus derechos. De todos modos, para preservar su herencia, los sobrinos del autor lograron convertir en marca registrada los dibujos hechos por él y sus personajes.
Los Del Carril. La primera vez que se pudo leer “El principito” en castellano fue en 1951, gracias a la traducción del argentino Bonifacio Del Carril, quien también dirigió por medio siglo Emecé Editores. Por eso, hasta el 31 de diciembre último los derechos en Argentina eran exclusivos de Emecé. A pesar de la liberación, la traducción de Del Carril le sigue perteneciendo a este sello, hoy parte del Grupo Planeta. La característica central de esa traducción es el título: “El principito” fue una creación de Del Carril, ya que en todos los idiomas excepto en la versión en castellano, “Le petit prince” (su título original) se tradujo como “El pequeño príncipe”. Quien lo edite ahora con ese título tendrá que pagar derechos porque sigue siendo una marca registrada a favor del Grupo Planeta.
Ahora llega a las librerías argentinas la primera edición local, post liberación de los derechos, realizada de Editorial Salamandra, que tiene una fuerte vinculación histórica con “El principito” y con Saint-Exupéry. Ese sello nació en 1989 en Barcelona cuando empezó a funcionar como Emecé Editores España, filial de la Emecé Editores argentina. A partir de 1992, fue dirigida por Pedro Del Carril (hijo de Bonifacio) y Sigrid Kraus, quienes finalmente en el año 2000 compraron la totalidad de Emecé España, cuando el Grupo Planeta se quedó con Emecé Editores de Argentina. Así, se inició Salamandra. Ahora, al abrirse los derechos que hasta el 31 de diciembre pasado eran exclusivos de Emecé/Planeta, Pedro Del Carril se da el gusto de editar en este país un título verdaderamente emblemático para su familia. “La edición que ahora sale en Argentina se debe a que allí la obra ha pasado a dominio público. Por otro lado, Salamandra posee los derechos exclusivos de edición para la Unión Europea hasta el 2025”, le explicó vía mail a NOTICIAS (ver recuadro). Pedro Del Carril asegura que en su desprendimiento de pieles de Emecé, no hubo conflicto de identidad alguno y describe ese proceso con una metáfora que bien podría haber usado “El Principito”: “Para entrar en órbita, en algún momento la nave espacial tiene que desprenderse del cohete nodriza”.
La poción. Por qué ese niño de rizos dorados lleva vendidos unos 145 millones de ejemplares en todo el mundo y fue traducido a 265 idiomas y dialectos, incluido el sistema Braille. Puede que Saint-Exupéry haya revelado parte del misterio en la misma dedicatoria que hizo de su libro. Allí, él dice que se lo dedica a su amigo León Werth y, en ese mismo acto, corrige sus dichos: “A León Werth cuando era niño”, aclara luego. Esa es la puerta de ingreso a una novela corta con una potencia extendida en el tiempo, que no dejó ningún rincón del planeta sin conmover. Allí radica su secreto: Saint-Exupéry no escribió su libro más famoso para lectores infantiles. Tampoco para los adultos. Saint-Exupéry escribió tratando de que el eco de su relato despertara a los niños que aún pudieran estar habitando a los adultos. Su narración interpela y dispara otras preguntas filosóficas: ¿Qué planeta te gustaría crear? ¿De qué planeta venís? ¿De qué está hecho tu hogar? ¿Cuál es tu plan en esta vida? ¿Qué es lo esencial? ¿Cómo ver lo invisible? ¿Cuál es la proporción de perfume y de espinas que tiene una rosa? ¿El amor se trata de domesticación? ¿Cómo transcurrir la soledad de la incomprensión? ¿Dónde estás parado? ¿Sos el que contabiliza? ¿Sos el tirano? ¿Quién sos? ¿Quién era tu niño? ¿En qué planeta le perdiste el rastro?
La huella en Argentina. La relación de Saint-Exupéry con el país es directa: llegó a bordo de un transatlántico el 12 de octubre de 1929 para convertirse en director de la compañía Aeroposta Argentina, que fusionada con otras daría lugar a Aerolíneas Argentinas veinte años después. En su faceta de piloto, su trabajo fue encontrar nuevas rutas aéreas a través de América del Sur y negociar tratados comerciales. También formaba parte de misiones de rescate de pilotos caídos y estuvo al frente de la ruta Buenos Aires-Bahía Blanca-Comodoro Rivadavia. En Argentina, Saint-Exupéry fue un pionero: los registros indican que se trató del primer piloto que aterrizó en Río Gallegos, Santa Cruz, allá por 1930. Luego transformaría aquella experiencia suya en la Patagonia en la novela “Vuelo Nocturno” (1930), con la que ganó el premio Fémina, de la Academia Francesa. En 1931 partió nuevamente a Francia y en 1943, residiendo en Nueva York, entregó a la imprenta su novela “Le petit prince”, que se publicó en inglés y en francés. Ese mismo año también consiguió ser readmitido en el ejército y se incorporó a las tropas de la Francia Libre. El 31 de julio de 1944 el comandante Saint-Exupéry, antes de despegar desde Córcega en una misión de reconocimiento, dejó escrito en su mesa de trabajo: “Si me derriban no extrañaré nada. El hormiguero del futuro me asusta y odio su virtud robótica. Yo nací para jardinero. Me despido, Antoine de Saint-Exupéry”. Allá fue, en busca de su amada rosa.

 

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