Mundo, Sitios Externos / 21 de febrero de 2015

El viejo truco del golpe

Para justificar el colapso económico de Venezuela, Nicolás Maduro parece abusar del recurso de denunciar conspiraciones. No es el único.

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La bandera venezolana es bellísima, pero convertida en campera de gobernante se vuelve estridente. Como fajina revolucionaria, son más respetables los monocromáticos uniformes que usaban Mao, Ho Chi Ming y Fidel Castro.
Ataviado con la campera-bandera, el presidente venezolano recorrió actos oficialistas diciendo haber desmantelado un plan golpista en marcha. Otras tantas veces, por cadena nacional, vestido más sobriamente, explicó en detalle la conspiración en la que participaban oficiales de la Fuerza Aérea con el plan de atacar con aviones el Palacio de Miraflores.
El gobierno de Barak Obama “está detrás de este golpe contra la revolución bolivariana”, que será el acto final de la “guerra económica” que declaró el empresariado venezolano, provocando hiperinflación y desabastecimiento.
El problema de Nicolás Maduro es que ha denunciado tantos complots golpistas que, para muchos, se parece al pastorcito mentiroso de la fábula de Esopo.
De hecho, el plan que acaba de desbaratar es muy parecido al “Golpe Azul”, que el gobierno chavista dijo haber evitado el año pasado.
Pero no es el único problema que tiene el heredero de Hugo Chávez. Lo que también afecta la credibilidad de sus denuncias es que, torciendo una larga tradición de injerencias y confabulaciones golpistas, Estados Unidos parece estar ensayando la indiferencia, para desazón de los pocos conservadores latinoamericanos aún dispuestos a golpear las puertas de cuarteles y embajadas norteamericanas.
Muchos opositores podrán estar ansiosos por la caída de Maduro, pero en general no parecen tan estúpidos como lo fueron las oligarquías de las décadas pasadas. Al contrario, la “conspiración antichavista” más eficaz de este tiempo es dejar a Maduro seguir gobernando como lo hace, aunque la economía que dejará a su sucesor será como un cráter, la postal desoladora de una devastación.
La oposición se equivocó, tras la muerte de Chávez, al vaticinar fracturas y pujas internas entre los pro-Cuba de Maduro y los pro-Ejército, de Diosdado Cabello. Pero las conspiraciones empresarias y los planes golpistas que denuncia permanentemente el chavismo parecen coartadas para explicar la debacle económica, puesta en evidencia por las largas colas que se forman para adquirir incluso productos de primera necesidad.

Venezuela está empantanada en un “empate entre el fracaso económico del chavismo y el fracaso político de la oposición”, plantea Joaquín Villalobos.
Este lúcido analista salvadoreño, antes de ser un experto en mediación de conflictos armados, fue un guerrillero del frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN). Combatió en la selva y la montaña a la recalcitrante oligarquía y sus gobiernos, que imponían miseria y represión a las mayorías indígenas y campesinas de El Salvador.
Alguien que combatió, desde la insurgencia izquierdista, al ejército genocida del general Ríos Montt y los “escuadrones de la muerte” del mayor Roberto D’Aubisson (que entre sus millares de crímenes cuentan con el magnicidio de monseñor Romero), debe ser tenido en cuenta no sólo por su lucidez, sino también por su historia y su experiencia, en la dura crítica que hace a las izquierdas totalitarias y a ciertos gobiernos populistas.
En este terreno, su análisis establece una diferenciación interesante. Habla de los populismos que “se pelearon con el mercado” y los que “no se pelearon con el mercado”.
Entre los primeros señala al chavismo y en la segunda categoría coloca a Bolivia, Ecuador y Nicaragua. En esta columna se ha elogiado la inteligencia con que manejan la economía Evo Morales y Rafael Correa.
Al presidente ecuatoriano se le puede cuestionar autoritarismo, pero no un estatismo negligente, mientras que su par de Bolivia ha mantenido como ministro de Economía, desde el primer día de su primera gestión, a un avezado y sumamente preparado economista: Luis Alberto Arce.
Villalobos explica que el éxito económico de Bolivia y Ecuador se debe a que sus gobiernos no prescindieron del mercado, ni trataron de sofocarlo y reemplazarlo por el Estado. También le reconoce a Daniel Ortega una gestión de esas características, mostrando haber aprendido del rotundo fracaso del experimento socialista que impulsó en la década del ochenta, cuando presidió el régimen revolucionario tras derribar por las armas a Somoza.

El escritor Sergio Ramírez fue vicepresidente del joven comandante del Frente Sandinista que gobernó durante la década de régimen revolucionario, finalmente derrotado en las urnas por Violeta Chamorro.
Ramírez no era corrupto ni autoritario, como el grueso de los funcionarios de aquel gobierno de Ortega. Pero compartía la expectativa de un sistema económico sin capitalismo ni mercado.
Desde hace muchos años, además de seguir siendo un gran escritor, es un lúcido crítico de todos los autoritarismos y también de Daniel Ortega y el FSLN. Junto al culto personalista, la propaganda, la exclusión del que piensa diferente y la falta de libertades públicas e individuales, el autor de “Mil y Una Muertes” y “Tiempo de Fulgor” critica a ciertos populismos extremos la negligencia de asfixiar, desde el Estado, a la empresa privada y al mercado.
Es lo que hizo el castrismo en Cuba y el chavismo en Venezuela. En ambos casos, el liderazgo afrontó la debilidad económica denunciando conspiraciones de la derecha y el imperialismo. Por cierto, muchas veces esas conspiraciones existieron y existen, pero cuando no existen las inventan, porque es la esencia misma de la propaganda.
Lo explicó Joseph Goebbels, sosteniendo la conveniencia de individualizar a los adversarios en “un único enemigo”, y cargar sobre él la totalidad de “los propios errores y defectos”.
Todos los totalitarismos y populismos fuertemente ideologizados, adoptaron la dicotomía planteada por Carl Schmitt en “El concepto de lo político”: hay un “nosotros” en permanente confrontación contra un “ellos”. El “nosotros” es la “patria”, la “revolución”, el “pueblo”, mientras que el “ellos” es la “anti-patria”, la “contrarrevolución” y el “anti-pueblo”.
Ese planteo está claramente presente en Venezuela (también en la Argentina). Chávez lo utilizó para concentrar poder, en detrimento de la oposición. Y Nicolás Maduro lo utiliza en sobredosis para explicar el desabastecimiento y el desolador paisaje de las colas interminables para adquirir lo poco que hay en las tiendas.
El gobierno chavista parece azuzar el fantasma del golpismo para tapar el colapso de un modelo que no puede sostenerse sin altísimos precios internacionales del crudo, porque no logró diversificar la producción y tiene que importar prácticamente todo lo que consume.
En definitiva, Venezuela es la postal que Sergio Ramírez describió, diciendo que todos los procesos mesiánicos comienzan con grandes entusiasmos y terminan con grandes colas.

 

Comentarios de “El viejo truco del golpe”

  1. Es el populismo, que cuando se agota la caja construída con la venta de su producción primaria favorecida por buenos precios internacionales, por no saber gobernar de verdad, sus problemas se acrecientan y las soluciones que se aplican lo empeoran aún mas. Se instala la mentira, desaparece el Sistema Republicano, y comienza la represión y las muertes. Su salida es SIEMPRE muy traumática.

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