Opinión, Sitios Externos / 22 de febrero de 2015

Sin rumbo en un mundo a la deriva

La marcha del silencio del 18 F y la reacción del Gobierno.

HUELLAS. La investigación por la muerte de Nisman está viciada por pistas contradictorias.

Decidieron marchar en silencio porque, nos aseguró Cristina, no tenían nada que decir o porque realmente no podían decir lo que pensaban, omisión que, claro está, no se le ocurrió atribuir a la caballerosidad de quienes rezan para que la parte final de la gran epopeya kirchnerista no sea tan catastrófica como muchos temen. Con todo, aunque las palabras burlonas de la señora motivaron mucha indignación y una multitud de réplicas airadas, la verdad es que no se equivocaba por completo. Es que nadie sabe cómo saldrá el país del cenagal al que el Gobierno, con el apoyo más o menos entusiasta de buena parte de la población, lo ha llevado.
Tanto los fiscales y jueces que se sienten horrorizados por la noción de que tratar de aplicar la ley es “golpista”, como los líderes opositores más vehementes, están tan desconcertados por el estado en que se encuentra el país como Cristina y sus acompañantes que a esta altura se limitan a prepararse para sacar el máximo provecho de las desgracias que ellos mismos han provocado. El derrumbe del precio del petróleo privó al país de la única vía de escape, la que pasaría por Vaca Muerta, que hasta hace poco los optimistas creían vislumbrar.

Aunque los problemas siguen multiplicándose, no se celebran debates políticos genuinos en que los partidarios de distintas medidas arguyen en torno a las ventajas y desventajas de propuestas determinadas. Sólo hay un diálogo de sordos, uno muy ruidoso, por cierto, de suerte que el silencio puede resultar más elocuente que docenas de discursos magistrales. Así y todo, si bien la negativa tajante de Cristina y otros kirchneristas a perder el tiempo hablando con sus adversarios es algo excepcional en el mundo democrático en que los debates políticos son inherentes al sistema, parecería que, de resultas del desmoronamiento de los esquemas ideológicos, hasta en los países considerados rectores los dirigentes no hacen mucho más que intercambiar banalidades o insultos. El mundo se ha hecho tan complicado últimamente que pocos problemas se prestan a las soluciones sencillas que políticos en busca de votos suelen proponer. Es por lo tanto lógico que casi todos se concentren en dejar saber que son buenas personas.
El futuro inmediato de la Argentina luce oscuro, para no decir opaco, pero sucede que en otras latitudes las perspectivas parecen aún más lóbregas de lo que es el caso aquí. Gracias a la inoperancia realmente extraordinaria de sus dirigentes y la merma de sus ingresos petroleros, la Venezuela chavista está hundiéndose en el caos y la miseria. Grecia corre peligro de sufrir un destino igualmente trágico. En Brasil, la recién reelegida presidenta Dilma Rousseff está en graves apuros debido al letargo de la economía y el impacto de denuncias de corrupción en escala industrial. Con escasas excepciones los países musulmanes del norte de África y el Oriente Medio se han transformado en manicomios sanguinarios que están exportando sus patologías letales a Europa. Mientras tanto, la guerra entre ucranianos y separatistas prorrusos ya ha causado miles de muertos y podría ocasionar muchísimos más. Para colmo, la locomotora china está frenándose, lo que es una mala noticia para sus aliados estratégicos.
Todavía quedan algunas islas de estabilidad relativa, pero incluso en ellas –Dinamarca, Suecia, Bélgica, Holanda, Francia, el Reino Unido, Alemania, Australia, Estados Unidos–, el clima sociopolítico está haciéndose cada vez más tóxico al difundirse el miedo a que estén en vísperas de una etapa de conflictos inmanejables tanto internos como externos. Ya es penosamente evidente que muchos integrantes de las nutridas minorías musulmanas que se han establecido en Europa no estén por adoptar las costumbres y los valores de sus anfitriones. Por el contrario, para asombro de los convencidos de que todos quieren vivir en democracias pluralistas en que la religión es un asunto privado que no debería incidir en la conducta de nadie, están resueltos a obligarlos, por los medios que fueran, a rendir el homenaje debido a los suyos.
Cada sociedad tiene sus particularidades, sus propias tradiciones, preferencias y necesidades, de suerte que siempre es tentador dar por descontado que los problemas más urgentes se deben a causas exclusivamente internas. Sin embargo, el que en tantas sociedades presuntamente distintas las elites se sientan angustiadas por crisis apenas comprensibles significa que no es así. ¿De qué se trata, pues? De lo terriblemente difícil que es superar los desafíos planteados por la modernidad que se caracteriza por comunicaciones ubicuas e instantáneas, el avance inexorable de la tecnología que está destruyendo decenas de millones de puestos de trabajo y la brecha creciente que se da entre expectativas a primera vista razonables y las posibilidades reales.

El resultado es que la nuestra es una época sumamente propicia para los vendedores de ilusiones, “relatos” facilistas como los confeccionados por los chavistas, sus amigos kirchneristas, los imaginativos griegos de Syriza y los españoles de Podemos, además de las certidumbres contundentes de fanáticos religiosos islámicos que solucionan todo asesinando o esclavizando a quienes se resisten a someterse a su credo despiadado.
El progreso que tantos beneficios ha traído al mundo es fruto del triunfo de la Ilustración que, desde nacer en Inglaterra y Francia hace tres siglos, se propagó por todos los países de cultura occidental y, andando el tiempo, también en las zonas actualmente prósperas o, cuando menos, democráticas, de Asia. Aunque las sociedades basadas en los principios racionalistas impulsados por pensadores como Hume, Locke, Kant, Voltaire y otros son mucho más atractivas que las demás, de ahí la voluntad de un sinnúmero de personas procedentes de África y Asia de arriesgar la vida para trasladarse a ellas, ya es legítimo preguntarse si son viables.
Tal y como están las cosas, parecería que no lo son. Una consecuencia de privilegiar la autonomía del individuo ha sido una caída precipitada de la tasa de natalidad. Por motivos que en todos los casos son comprensibles, los herederos de la Ilustración son reacios a reproducirse. En países como Grecia, Italia, España, Rusia, Alemania y Japón, la población nativa disminuye año tras año. Según los demógrafos, sería un auténtico milagro que lograran revertir la tendencia así supuesta, pero a menos que lo hagan, dentro de dos o tres generaciones no quedará más que un puñado de ancianos despreciados por quienes ocuparán las tierras que una vez fueron suyas.
Si bien los argentinos no han perdido interés en reproducirse, aquí también la esterilidad voluntaria está haciéndose sentir: la tasa de natalidad actual, con 2,29 hijos por mujer, es la más baja de la historia del país. Aunque la tasa registrada es mucho mejor que los aproximadamente 1,5 o menos hijos por mujer que nacen en Italia, Grecia y Alemania o los 1,8 en Brasil, si cae por debajo de 2,1, comenzará el despoblamiento. ¿A qué se debe este fenómeno extraño? Hasta hace apenas un par de décadas, se suponía que sólo una tribu primitiva abrumada por una civilización ajena mucho más avanzada se dejaría morir de tristeza, o, tal vez, un pueblo súbitamente marginado después de sufrir una derrota devastadora perdería la voluntad de perdurar, pero las sociedades europeas actuales empezaron a extinguirse cuando eran las más ricas, y según cualquier criterio objetivo, las mejor gobernadas y más justas de toda la historia del género humano.

Sea como fuere, al envejecer las sociedades modernas, la gente se aferra con mayor tenacidad a derechos que fueron conquistados cuando las circunstancias eran muy distintas. Se hacen más conservadoras, más cautas. He aquí la razón por la que tantas han sido incapaces de adaptarse a tiempo a los desconcertantes cambios económicos que, impulsados por una oleada tras otra de novedades tecnológicas y por la lógica empresarial, están dinamitando los sistemas benefactores que se crearon en los países desarrollados en los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial. Los más perjudicados han sido los muchos jóvenes que se prepararon para un mundo en que la riqueza disponible aumentaría de manera permanente y, con ella, las oportunidades para abrirse camino, sólo para encontrarse en uno en que sus servicios serían prescindibles.
Fue de prever que, al ampliarse la brecha entre las expectativas mayoritarias y una realidad que para muchos es ingrata, proliferarían los movimientos antisistema, por lo común voluntaristas y nacionalistas, de los que el confeccionado por los kirchneristas es un ejemplo bastante típico. Todos son reaccionarios; se alimentan de la nostalgia por “la normalidad” de tiempos ya idos. Sus líderes suelen aludir con frecuencia a la importancia de la esperanza y a sus propios sentimientos solidarios, tan superiores a los de quienes a su juicio están resueltos a defender el statu quo. Las protestas callejeras, las consignas utópicas acuñadas por los rebeldes estudiantiles del ’68 parisino y la afirmación de que sí hay alternativas radicales permiten a muchos desahogarse y, desde luego, ayudan a políticos ambiciosos que son duchos en el arte de aprovechar el rencor colectivo, pero hasta ahora todos los gobiernos formados por populistas han fracasado, dejando a quienes habían confiado en sus promesas en una situación aún peor que la que antes habían encontrado insoportable.

 

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