Opinión, Sitios Externos / 16 de marzo de 2015

Frankenstein bonaerense

Desde Caseros a nuestros días, se desarrolló un monstruo que incide en el armado de un poder central que lo toma de rehén.

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SCIOLI-MASSA. Hay quienes aún sueñan con un reencuentro. Macri también pesca en esas aguas.

En la política argentina, la provincia de Buenos Aires viene a ser como el Santo Grial del que busca el poder. Elusiva e indescifrable, emerge como un arma de votos masiva que aletea como un dragón en los márgenes del sistema. Paradójicamente, la provincia más poderosa por su peso electoral no goza del ejercicio de su propio poder: es el gran coto de caza para llegar a o mantener el sillón de Rivadavia. Es ese lugar inasible donde fallaron doce proyectos presidenciales personales en un siglo y medio. Ese lugar donde el poder emana pero donde el poder no radica.
Tal desmesura puede graficarse en su peso electoral. “La provincia es el 38% del padrón nacional, pero en voto efectivo –por mayor concurrencia– se acerca al 40% del voto total”, según estima Nueva Mayoría. La puja por atenuar el poder de la provincia puede bien sintetizar la historia argentina desde la derrota en Caseros, en 1852. “La Constitución se armó en torno a la distribución de la renta bonaerense”, apunta el politólogo Luis Tonelli. “Primero a través de sus exportaciones, y luego mediante el impuesto más ‘redistributivo’ de todos que es el IVA”. En ese período también existieron hitos normativos para cauterizar aún más su gravitación, como lo fueron el colegio electoral y la evolución de la autonomía porteña.

Con la reforma constitucional de 1994 se produce una situación paradójica. La provincia recupera el poder para elegir presidente mediante el voto directo, pero la caja de sustentación financiera depende del poder central. En ese espacio imaginario del tablero donde se sigue peleando Caseros, dirimen sus posiciones de fuerza nación y provincia en una ecuación determinante para el destino del inquilino de la Casa Rosada. Como sintetiza el analista Rosendo Fraga, la historia prueba que “se puede ganar la presidencia y perder la provincia, pero lo que resulta más difícil es poder gobernar sin tenerla”.
¿Fue Eduardo Duhalde el último gran caudillo bonaerense? De su acuerdo político con Carlos Menem surgió el Fondo de Reparación del Conurbano que nutrió con cash el poder provincial en la década del 90′ pero que no alcanzó para convertir a Duhalde en presidente: sólo accedió a la Rosada luego de la caída de Fernando de la Rúa, una de cuyas máximas debilidades era precisamente, no controlar la provincia. El kirchnerismo aprobaría con creces las lecciones de aquella encrucijada. Tuvo a Duhalde de gran padrino, pero luego estranguló la circulación de fondos a la gobernación eliminándola como intermediario y sustentando en forma directa a los barones del conurbano. No habría otro “padrino”, juraron. Así las cosas, con el Fondo de Reparación desactualizado, el gobernador Scioli apenas maneja entre 3 y 7% de su propio presupuesto. El resto se consume en salarios estatales. “Sólo tiene para gastar en la publicidad de la ola naranja a pesar del récord de presión tributaria que no le quedó otra que aplicar”, dice un operador.
Sin embargo, el “Frankenstein” de los intendentes delivery mostró que al poder, “si le cierran una puerta, se mete por la ventana”. Fue un intendente de los propios y más que eso, un ex jefe de Gabinete de la Presidenta, quien pateó el tablero. Sergio Massa no sólo explicitó la contienda de facciones que hoy se disputa en territorio bonaerense y se erigió como contendiente por la presidencia. El modelo “Frankenstein” de los intendentes se había convertido en un boomerang. Se había pasado del gran elector a una atomización de electores (los intendentes). En las últimas elecciones legislativas, el peronismo en sus distintas vertientes (Massa, Insaurralde, De Narváez) concentró el 84% de los votos.

Bajo esta lógica, cualquier gobernador es un rival del presidente aunque simule no serlo. Casi como si fuera un destino trágico. Daniel Scioli, que vivió en carne propia el esmerilamiento por parte de la Casa Rosada, hizo de su debilidad un instrumento de fuerza y se mantiene con chances de lograr la Presidencia bajo el influjo de su propia capacidad de flotación. Pero deberá sortear la embestida final del kirchnerismo. Massa también llega a la recta final aunque debilitado por las sangrías de su espacio. Algunos operadores aún tantean la posibilidad de reavivar el acuerdo Scioli-Massa.
Va quedando claro por qué es menos supersticiosa de lo que parece la llamada “maldición de la provincia” según la cual ningún gobernador llega a la Presidencia. En un siglo y medio, los bonaerenses que sortearon el sino parecen haber sido sólo dos: Juan Manuel de Rosas antes de Caseros, y Cristina en los últimos ocho años. En ambos casos controlaron el poder en la provincia y no tuvieron un presidente que los acorralara. Las próximas presidenciales pueden no depender de cómo se dirima la lucha facciosa del PJ provincial. Pero una vez más será decisivo el papel de quien se convierta en el nuevo padre del dragón bonaerense. Si el próximo presidente es un peronista, la ecuación es obvia: el PJ se restaurará a sí mismo convocando a la unidad.
Al PRO –en franco crecimiento a nivel nacional pero cuya elección de María Eugenia Vidal como candidata en la insondable Buenos Aires parece cándida frente a la hegemonía del PJ–, en caso de ser gobierno, le quedan dos recetas “made in peronismo” para el día después: hacerse amigo de los intendentes o hacerle respiración boca a boca al Fondo de Reparación a cambio de lealtad. ¿Será a esto a lo que se refiere Mauricio Macri cuando habla de defender 100% las banderas del peronismo?

*PERIODISTA. Conductora de Telefe Noticias.