Política, Sitios Externos / 24 de marzo de 2015

24M: vigilancia, secreto y censura

A 39 años del golpe militar más nefasto de la historia, la tentación autoritaria permanece instalada en los modos de ejercer el poder, hacer política, difundir información y debatir ideas.

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26 de junio de 1980. Quema de libros de la editorial del Centro Editor de América Latina.

Hace 39 años se instauraba la dictadura más feroz de la historia nacional, modelo a tener en cuenta por otras de la región. Se trató de un plan de exterminio masivo perfectamente calculado, perverso y orientado no sólo a la eliminación de adversarios reales y potenciales sino que también contemplaba que otra multitud de sobrevivientes propalaran la sensación de derrota. La quema de libros consagró la prohibición de difundir informaciones e ideas “inconvenientes”, se convirtió en un símbolo de la forma de control social que se estaba imponiendo.

La dictadura no fue un fenómeno meteorológico, ni casual. Por el contrario, el siglo XX potenció y legitimó la eliminación física del rival o el diferente como práctica cotidiana en la Argentina contemporánea.

Hoy que la opción militar está ausente de la coyuntura histórica, así como cualquier versión de violencia armada paraestatal, la reflexión sobre la permanencia de la tentación autoritaria en el modo de ejercer el poder, la acción política, la difusión de información y el debate de ideas debería cobrar un sentido estratégico de cara al futuro, sobre todo en un año electoral.

Pero el contexto es difícil. La muerte del fiscal Nisman tiñe la actualidad de “negro mafia”, abre un manto de sospecha sobre una eventual violencia clandestina que, unida a la beligerancia verbal de los discursos dominantes, sobre todo el oficial, huelen a grave retroceso.

Desde hace más de una semana, NOTICIAS enfrenta el acoso judicial de un Gobierno cuyos deseos y prácticas hegemónicos fueron desplegados a la vista de todos (y con consenso) a lo largo de casi 12 años. La prudencia del juez federal Julián Ercolini evitó que volviera a instalarse entre nosotros la censura previa como posibilidad de callar aquello que no les gusta a quienes mandan. Ahora, las autoridades intentarán demostrar que la revista violó secretos que no debía, como quien pone en peligro a la Patria.

Nada de eso sucedió. En pleno ejercicio de la libertad de prensa y expresión, lo que se hizo fue destapar una monumental ola de acomodos políticos simultáneos en marcha. Es decir, a punto de consumarse. El perfil de los candidatos a espías egresados de la Escuela de Inteligencia que pudo conocerse por acción del periodismo, permite alejar dudas sobre lo que tal movida encerraba: la renovación de la vigilancia interna en beneficio del partido oficial. Sería bueno que los intelectuales K, que ahora defienden el secretismo de Estado, volvieran a entusiasmarse leyendo a Foucault.

La legitimidad del secreto, en democracia, depende de la confianza previa en la transparencia, capacidad y eficacia con que se toman las decisiones. Y no de la censura previa a quienes destapan chanchullos y politiquerías baratas.