Mundo, Sitios Externos / 28 de marzo de 2015

Jaque a Netanyahu

La dualidad del líder, el futuro de un Estado palestino y el riesgo de quedar aislados. La maniobra de Obama contra el expansionismo.

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A veces parece el Dr. Jekyll y otras veces Mr. Hyde. Como el abogado Utterson en la novela de Stevenson, el mundo trata de entender la relación entre el gobernante duro pero racional y el implacable negador de derechos palestinos.
¿Quién es Benjamín Netanyahu? ¿El que en la antesala de las urnas bramó que jamás existirá un Estado palestino? ¿O el que, presionado por Obama, se desdijo sin ruborizarse?
Uno de los dos miente. ¿Pero cuál? El robusto líder del Likud es un enigma. Aún así, lo que parece evidente es la vocación demagógica que lo lleva siempre hacia donde están los votos. En las campañas electorales no explica planes concretos, ruge con su voz de trueno frases destinadas a activar el miedo de unos y el fanatismo de otros.
Los últimos comicios los ganó diciendo lo que querían escuchar miles de colonos: “No existirá un Estado palestino mientras yo gobierne”. Con esa promesa logró atraer votos que siempre se dispersan en un puñado de partidos extremistas, al precio de arrancar otro girón a la desgarrada imagen internacional de Israel.
Más honesta fue la campaña de Unión Sionista, coalición de centro izquierda que alió al Partido Laborista, liderado por Isaac Herzog, y Kadima, la fuerza centrista que creó Ariel Sharon y hoy conduce la activa Tzipi Livni.
Al mundo, que exige a los israelíes aplicar de una vez por todas la solución de los dos estados, le resultó mucho más lógica la idea de reavivar la negociación con los palestinos en los siguientes términos: el nacimiento de un Estado árabe que acepte dejar a Israel las tierras cisjordanas ocupadas con asentamientos en los que viven miles de colonos, a cambio de reequilibrar las porciones territoriales de ambas partes con la concesión de tierras israelíes en la misma proporción.
Tarde o temprano, esa será la mejor opción que tendrá Israel. La otra opción será el regreso a las fronteras previas a 1967. Económica y militarmente, la parte palestina es infinitamente más débil que Israel, pero a escala global, Israel se debilita ante un mundo que ya ha decidido la existencia de un estado árabe.

La conquista judía de Cisjordania se parece a la conquista del Oeste norteamericano. Washington entregaba a colonos la propiedad de haciendas en territorios de apaches, pieles rojas y comanches; les daba rifles Winchester, pistolas Colt y, cada tanto, enviaba el ejército a defenderlos de los despojados dueños ancestrales de esas tierras.
Los Winchester de los colonos judíos son las subametralladoras Uzi, pero Netanyahu debe tener en claro que hoy ese modo de conquista se paga con aislamiento internacional.
Estados Unidos y Europa saben que la autoridad palestina que preside el moderado Mahmud Abas, no tiene peso suficiente para garantizar seguridad al Estado judío. También saben que con Hamas controlando Gaza, no solo la derecha israelí sabotea la fórmula de los dos estados.
Pero norteamericanos y europeos no dudan que esta situación solo favorece la continuidad de un conflicto devenido en foco infeccioso, con capacidad de enfermar la situación del judaísmo en la diáspora.
El líder del Likud vigorizó el salto económico de Israel, pero lo pagó con una involución social: en la sociedad que nació igualitarista, durante la última década creció la desigualdad y apareció la pobreza.
Liderado por Herzog, el Partido Laborista volvió a levantar la bandera social que heredó de Ben Gurión. El pequeño país, que se destacaba en la región por sus niveles de equidad social, ganó todas las guerras con que sus vecinos intentaron eliminarlo. Y despertaba respeto y admiración en buena parte del planeta.
Aquel consenso, total entre las potencias de Occidente, era una de las armas de mayor peso para la defensa de Israel. Ahora que posee armamentos sofisticados y arsenales nucleares, no ha podido erradicar a las dos fuerzas que aún la desafían militarmente: Hizbolá desde el Líbano y Hamas desde la Franja de Gaza.
De cada duelo mantenido con esas milicias, Israel ha salido derrotada en la dimensión de la opinión pública mundial. Tanto el jeque libanés Hasan Nasrala como la organización integrista que controla Gaza apuestan en cada confrontación a que sobrevivan sus líderes y estructuras, y a que sus pueblos sufran la peor devastación para causar el mayor daño posible a la imagen de Israel.
Netanyahu restauraría en algo esos daños si negociara con Mahmud Abas la creación del Estado palestino en un territorio viable. En lugar de eso, sigue avanzando sobre Cisjordania para que su mapa asemeje la piel de un leopardo: con tanta discontinuidad que resulte inviable para un país.

El pueblo judío no quiere un apartheid, quiere seguridad. Pero al rechazar el plan de los dos estados sin proponer una alternativa (que difícilmente exista) es el gobierno derechista el que “sudafricaniza” la imagen de Israel.
Netanyahu y sus socios más extremistas, como Avigdor Lieberman, se convencieron de que los palestinos están demasiado divididos y enfrentados como para gobernar un país. También la mayoría negra de Sudáfrica estaba dividida entre xoxas y zulúes, con enfrentamientos cruzados entre el CNA de Mandela y el partido Inkatha de Mangosuthu Buthelezi. Sin embargo, pudieron gobernar el Estado que incluye a la minoría blanca.
La derecha dura de Israel también está convencida que el país es lo suficientemente fuerte como para que lo sometan al aislamiento mundial. También lo creía Pieter Botha y los demás jefes Boers que imponían el apartheid, apostando a que los minerales estratégicos que vendía a las potencias de Occidente, así como el aporte boer en las guerras contra los gobiernos marxistas de Angola y Mozambique, protegerían al régimen racista. Pero hasta los ingleses terminaron imponiendo sanciones y el más duro de los aislamientos, y obligaron a liberar a Nelson Mandela y democratizar el poder.
Ese ejemplo histórico hizo flotar Barack Obama cuando “Bibi” Netanyahu dijo que jamás habrá Estado palestino. El presidente norteamericano no amenazó al primer ministro por su horrible gesto de aliarse a los republicanos y atacar al gobierno demócrata en el mismísimo Capitolio (además, una traición, teniendo en cuenta que Obama fue quien más armas envió a Israel); lo hizo cuando Netanyahu descartó la solución de los dos estados.
Fue respondiendo a esa jugada electoral que Obama atacó, al advertir que Estados Unidos dejará de socorrer a Israel en las votaciones del Consejo de Seguridad; así, permitirá que se hunda en el aislamiento internacional en el que lleva tiempo aventurándose.
Entonces el mundo vio lo que pocas veces había visto: Netanyahu retrocediendo.
Pero ya no son sus desprestigiadas palabras, sino sus acciones, las que dirán si finalmente acepta la fórmula de los dos estados, o está haciendo otra vez de Dr. Jeckill para, cuando crea conveniente, volver a convertirse en Mr. Hyde.

 

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