Sitios Externos, Teatro / 31 de Marzo de 2015

TEATRO

Vigente texto de Cossa

“La nona” de Roberto Cossa. Con Pepe Soriano, Hugo Arana, Mónica Villa y elenco. Dirección: Jorge Graciosi. Multiteatro, Av. Corrientes 1283.

Por

★★★ “Heredero de un teatro de inquietud social y crítica, muy arraigado en lo real, Cossa ha sabido quitarle el polvo a ese legado, dando a sus obras la dimensión de la fábula”, afirmó el director escénico Jorge Lavelli, quien condujo el estreno parisino de “La nona”, la vigente pieza de Roberto Cossa (1934).
Estrenada en plena dictadura militar (1977), el argumento expone una típica familia argentina de origen italiano, en que la voracidad desmesurada de la abuela provoca que todos sus integrantes, en el afán de alimentarla, caigan en la ruina económica y moral. La longeva anciana (Pepe Soriano) comparte una existencia hacinada y llena de privaciones con sus nietos, el trabajador Carmelo (Gino Renni) que regentea un puesto de verduras y el haragán Chicho (Hugo Arana) que dice ser “artista” mientras pasa el día en la cama; y su hija Anyula (Mónica Villa). Ante el apetito implacable, el clan recurre a los más sombríos caminos para sobrevivir, ya sea prostitución, mendicidad o engaños, hasta hundirse en la más completa desolación.
La cuerda del larvado costumbrismo se tensa para construir un crescendo en el cual los contrastes y claroscuros se exacerban. Como en aquellos legendarios espejos de los parques de diversiones que deforman la realidad, aquí la crueldad, disfrazada de humor negro, emparenta la historia con el universo discepoliano. Claro que el autor aporta su impronta alegórica y transforma a esta termita centenaria en un símbolo. El de una diosa despiadada, la madre que exige a sus hijos la vida que les dio, pero también el pasado que puede ahogar el presente y comprometer el futuro, la falta de solidaridad imperante y hasta la muerte ridícula. Múltiples lecturas son lícitas a la hora de desentrañar esta gran metáfora de los males nacionales y universales.
El personaje femenino protagonista siempre fue confiado a un actor. Ulises Dumont la representó en las tablas con gran suceso y en su traslación cinematográfica, la ciclópea tarea estuvo a cargo de Soriano, que logró un desempeño admirable y, ahora, treinta y cinco años después, retoma la misma criatura.
Para ese inmenso artista, cualquier adjetivo resulta pequeño, su trabajo es magnífico, al igual que los impecables desempeños de Arana, Villa y Miguel Jordan (como el pretendiente engañado). Cabe el reparo al planteo general de la dirección, demasiado virada a la jocosidad simplona, que desdeña adentrarse en las profundidades de una comedia donde la risa cabalga sobre el escalofrío.

 

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