Cultura, Sitios Externos / 2 de abril de 2015

ANNEMARIE HEINRICH

El ojo de una artista

Dos excelentes muestras descubren inéditas y audaces fotografías de una vanguardista que sigue asombrando. Los grandes retratos de la Argentina.

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Annemarie Heinrich es reconocida por haber creado entre los años ’30 y ‘40 un nuevo género en la Argentina: la fotografía del mundo del espectáculo, recreando atmósferas inexistentes y cultivando un costado emparentado con la escenografía, que tanto le gustaba. Sus imágenes de las estrellas pertenecientes a la industria de la radio y del cine, la danza y el teatro fueron tapa de revistas como “El Hogar”, “Radiolandia”, “Antena”; con las últimas dos publicaciones colaboró durante 40 años.
Posaron para ella las grandes figuras del Teatro Colón, la jovencita aspirante a actriz Eva Perón, Dolores del Río y Armando Bó, Mirtha Legrand y Amelia Bence, la de “los ojos más lindos del mundo”, llamada así en la película de 1943 y en la realidad. También retrató a protagonistas del mundo de las letras como Borges y Neruda. Pero, tal como se aprecia en las exposiciones simultáneas: “Estrategias de la Mirada: Annemarie Heinrich, inédita” (Muntrref) y “Annemarie Heinrich. Intenciones secretas” (Malba), la notable artista también capturó otros inesperados universos.
Apuntes de una biografía. El trabajo de Annemarie Heinrich (Darmstadt (Alemania), 1912-Buenos Aires, 2005) constituye un aporte fundamental a la memoria cultural de la Argentina. Una de sus últimas obras, “Autorretrato”, es un extraordinario y revelador collage. La composición sintetiza la historia de esta fotógrafa que perteneció a dos mundos. Gira en torno a una rasgada fotografía de Annemarie, de cuando tenía seis años y aún vivía en Europa. El espacio entre las dos mitades de la foto se halla habitado por las imágenes de dos delgadas varillas que se yerguen sobre unas piedras hacia retazos de cielo. En la parte superior, la vista central señala fragmentos de tierra y detalles de mar. En las otras fotografías recortadas, a la derecha, se asoman momentos de su joven vida en Alemania, junto a sus seres queridos, y a la izquierda, se hallan retratos de su adultez. Heinrich transmite íntimas emociones antes que pinceladas de su trayectoria, repleta de aristas e intereses, de brillos y batallas.
La artista llegó a la Argentina a los 14 años con su familia, luego de que su padre socialista -que perdió un brazo en la Gran Guerra-, intuyera que lo que se avecinaba en su desmoralizado país no era nada bueno, con el nazismo en imparable ascenso; se afincaron en Larroque, Entre Ríos.
Ella hubiera deseado ser bailarina o dedicarse a la escenografía, pero no pudo ser. Autodidacta, se consagró a la fotografía. Tempranas imágenes confirman su talento, su pasión por la armonía y su magistral uso de la luz. Con igual entusiasmo y pericia se dedicó a fotografiar a los personajes de los mundos que amaba; incluso, se destacó en la fotografía de moda. Comenzó su camino en 1930 cuando abrió su primer estudio en Buenos Aires.
En 1933 comenzó a colaborar con revistas sociales, como “Alta Sociedad”, “Sintonía”, y en paralelo inició su carrera como retratista. Aprendió mirando y trabajando, con tesón y disciplina. Su primera individual fue en Chile en 1938 y de allí en más realizó numerosas muestras aquí y en el extranjero. En los años ‘50 viajó a Alemania para perfeccionarse.
Annemarie perteneció a una familia de artistas: su padre era violinista, su hermana escultora, su marido escritor. Sus hijos fotógrafos -Alicia y Ricardo Sanguinetti- custodian su legado artístico y colaboraron con las exhibiciones.
Los trabajos y los días. En feliz coincidencia, las ricas y complementarias exposiciones exploran trabajos del mismo período; son ensayos realizados entre 1930 y 1950. Mientras que la exhibición de Muntref (sede Caseros I) curada por Diana Weschler, “Estrategias de la Mirada: Annemarie Heinrich, inédita”, revela abstracciones, territorios americanos y sociales con “reconocimiento del otro cultural”, la exhibida en Malba, “Annemarie Heinrich. Intenciones secretas”, aventura una interesante hipótesis feminista promovida por los curadores Victoria Giraudo y Agustín Pérez Rubio.
En ambas exhibiciones se presentan cuadernos privados; las investigaciones son formidables. En las dos, se verifica cómo la impecable iluminación y el equilibro formal de sus composiciones se integran con su convicción de que todas las personas y las cosas, en algún lugar, tienen algo bello. “La belleza se aprende mirando. Trabajé toda mi vida mirando un cuerpo, una luz, un reflejo” dijo.
Precisamente, “Estrategias de la Mirada” (Muntref) recorre un itinerario que suma vanguardistas autorretratos, reflejos y paisajes marinos y urbanos que comunican quietud y silencio, disimulando su origen para revivir en misteriosas vistas y espléndidas abstracciones. Manifiestan una mirada ávida, discerniente; el ojo de una artista. Aquí también asombran las “escenas de taller”, con sus secretos escenográficos, con los óleos y pinceles con los que retocaba los negativos hasta generar siluetas impecablemente seductoras y cutis de porcelana en rostros igualmente perfectos.
En Malba, “Intenciones secretas” encuentra una “génesis de la liberación femenina en sus fotografías vintage (copias hechas por la propia artista)”, como en las fotos de hombres pequeñitos situados en la palma de una mano femenina. Los espléndidos trabajos son ejemplos sobresalientes de su “otra fotografía”, las que se guardaba para sí. Inquieta, a lo largo de su trayectoria estableció un punto de reflexión que no precisaba interlocutor. Luces y sombras fueron los instrumentos con los que mejor captó la delicada sensualidad y transparente expresividad de los cuerpos desnudos, como los que aquí maravillan.

 

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