Mundo, Sitios Externos / 11 de abril de 2015

Licencia para matar

El nexo entre la masacre de estudiantes cristianos en Kenia, los bombardeos de la coalición árabe en Yemen y el terrorismo de ISIS.

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El gurú Sathya Sai Baba explicó que la hipocresía expone una “debilidad moral”. En gobiernos, sociedades y prensa de Europa esa “debilidad moral” puede medirse en la diferencia entre la indignación por el ataque a Charlie Hebdó y la indiferencia ante la masacre de estudiantes cristianos en Kenia. No hubo una multitudinaria marcha como la de París para repudiar el asalto ultraislamista donde aniquilaron a más de 150 jóvenes.
La distancia entre la indignación mostrada en un caso y la indiferencia que reinó ante el otro señala el nivel de “debilidad moral” –según el gurú hinduista– que hay en las sociedades desarrolladas. Como si doce franceses blancos valieran más que centenares de africanos negros.
Por cierto, es aún más grave que no hubiera marchas multitudinarias en Nairobi, la capital del país atacado por la lunática milicia somalí que en el 2013 había ocupado un shopping y asesinado decenas de kenianos que hacían compras. En rigor, ningún gobierno africano organizó marchas para repudiar a los autores de la masacre en Garissa.
¿Quien son esos yihadistas que matan civiles inermes? Se llaman Al Shabaab (los jóvenes), una milicia surgida como brazo juvenil de las llamadas Cortes Islámicas, que controlaron Mogadiscio y otras ciudades somalíes imponiendo a sangre y fuego la sharía –ley coránica–, hasta el 2007, cuando Etiopía invadió para poner un “gobierno de transición” que aún no ha logrado sostenerse solo ni regir más allá de la capital.
El nombre completo es Harakat al Shabaab al Mujahidin (Movimiento de los Jóvenes Combatientes), pero los llaman simplemente Al Shabaab y son tan fanáticos como los que seguían al monje Savonarola en la Florencia del Renacimiento, aunque mucho más bestiales y criminales. Volvieron a demostrarlo en Kenia, país que ocupa una franja territorial de Somalia junto a su frontera norte para impedir, precisamente, incursiones provenientes de ese gigantesco baldío que es desde hace tres décadas el “Cuerno de África”.
A pesar del ejército keniano, un grupo comando atravesó la frontera y tomó por asalto la universidad de Garissa. Apuntando a los estudiantes con sus AK-47, separaron musulmanes de cristianos. A los musulmanes los dejaron salir y a los cristianos los amontonaron en aulas y patios, para vaciar sus cargadores disparándoles a mansalva.
Cientos de jóvenes fueron acribillados sin poder defenderse, igual que la decena de periodistas de la revista Charlie Hebdo. La diferencia, además de numérica, es que el mundo prestó menos atención a la masacre de estudiantes africanos.

No es la única hipocresía de este tiempo de “debilidad moral”. Los países árabes han conformados la coalición militar más grande desde las guerras contra Israel. Hay que remontarse a los conflictos de 1948, 1967 y 1973, cuando varios ejércitos árabes se coaligaban para combatir al Estado judío, para encontrar una alianza bélica de la envergadura de la actual, que además incluye países musulmanes no árabes, como Paquistán. Semejante coalición militar no se hizo para acabar con el aparato exterminador llamado ISIS, sino con los rebeldes chiítas que luchan en Yemen.
El chiísmo yemení se diferencia del resto en que venera como quinto imán a Sayd Ben Alí, en lugar de Mohamed al Bakr. Por eso se llama chiísmo “saydí”. Están divididos entre los clanes Al Huthi y Al Hashid. En el primero, los hermanos Mohamed y Husein al Huthi fundaron hace más de veinte años en la provincia norteña de Saada la organización “Jóvenes Creyentes”, que luego se convirtió en Ansarullah, que significa seguidores o partidarios de Dios. Ansarullah fue creada a imagen y semejanza de Hizbolá, el partido-milicia del chiísmo libanés, aliado de Irán y del régimen sirio de Bashar al Asad.
Los rebeldes huthis participaron en el derrocamiento, en el 2003, del presidente chiíta pro norteamericano Alí Abdalá Salé, en el marco de la “primavera árabe”. Y ahora estaban venciendo por las armas al presidente sunita Abdrabo Mansur Hadi, cuando un centenar de aviones sauditas comenzaron a bombardearlos.
Paralelamente, Riad armaba la coalición que incluye a las monarquías sunitas del Golfo y también a jordanos, egipcios y paquistaníes, para evitar que Yemen quede en manos de una milicia aliada de Irán.
En síntesis, los saudíes se zambulleron en el conflicto yemení para evitar que crezca la influencia de Teherán en la Península Arábiga. Varios países árabes están atacando a los huthis del Yemen, no porque estén cometiendo masacres de civiles desarmados, sino porque son chiítas apoyados por Irán, Damasco y Hizbolá.

Así es el mundo. La “debilidad moral” de los estados hace, por ejemplo, que una pulseada geopolítica movilice más que una urgencia humanitaria. Sauditas, egipcios, jordanos, qataríes y otros países sunitas lanzan sobre Yemen –para aplastar una rebelión chiíta– las bombas que no se atreven a utilizar contra los yihadistas exterminadores de ISIS en Irak y Siria.
La milicia bombardeada en Yemen no ha cometido las masacres que, en ese mismo país, han perpetrado los brazos yemeníes de ISIS y Al Qaeda, por ejemplo detonando coches bombas en mezquitas chiítas. Tampoco crucifican, ni decapitan, ni queman vivos, ni arrojan desde edificios a quienes consideran impuros. Pero a diferencia de quienes hacen todo eso en nombre de Alá, los rebeldes yemeníes son chiítas, mientras que ISIS y Al Qaeda, igual que Al Shabaab y el sanguinario Boko Haram, son sunitas, como los regímenes que se aliaron para bombardear Yemen.
En el “califato” que proclamó en un territorio que abarca parte de Siria e Irak, ISIS lleva meses imponiendo un Tercer Reich ultra-islamista. Sus propios yihadistas filman y muestran al mundo cómo decapitan, queman en hogueras o crucifican combatientes enemigos. También muestran en videos cómo lapidan mujeres, arrojan homosexuales desde edificios y ejecutan fusilamientos en masa.
Están cometiendo un genocidio contra chiítas, kurdos, yazidis y alauitas. Pero la coalición que armó Obama para bombardearlos tiene más miembros europeos que del Oriente Medio.
Los árabes sunitas no ayudaron a los kurdos de la ciudad de Kobane en su heroica resistencia contra la milicia del “califa” Abú Bakr al Bagdadí. Solo contaron con los bombardeos norteamericanos. Y si el famélico ejército iraquí pudo reconquistar la estratégica Tikrit, no fue con ayuda de Arabia Saudita sino de Irán y de los aviones norteamericanos.
Sauditas, qataríes, jordanos y egipcios, igual que los Emiratos Árabes, están más preocupados por acotar la influencia iraní en la región que por detener el genocidio que está ejecutando ISIS.
Mientras el nazismo ultra-islamista combata al Hizbolá libanés, al régimen alauita sirio y al ejército mayormente chiíta de Irak, todos aliados de Teherán, los gobernantes suníes dirán, parafraseando a Roosevelt, que el califa Al Bagdadí “es un monstruoso genocida, pero es nuestro monstruoso genocida”.
Y desde su tumba, Sathya Sai Baba los acusará de hipócritas.

 

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