Opinión, Política / 28 de abril de 2015

La ilusión de las PASO

Nuevos interrogantes sobre el rol de los partidos y el debate electoral en Argentina. Por Silvio Santamarina.

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¿Cuál es el balance de las Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias en lo que va de la carrera electoral 2015? En la mayoría de los casos, el nuevo sistema no ha cumplido siquiera las expectativas formales para el que fue creado, ya que muchos partidos han presentado candidatos únicos al electorado, bloqueando así la chance de que se le metan los votantes en la interna, que de eso se tratan básicamente las PASO. Y en los casos en que sí se ha ofrecido un menú de precandidatos por cada agrupación -como sucedió en la Capital-, no queda claro que este mecanismo haya democratizado más la vida de los partidos, que al menos legalmente siguen siendo el corazón del sistema político argentino.

La actuación a dos puntas de Elisa Carrió en la noche del escrutinio porteño demuestra que la tan mentada voluntad popular no logra regir por sí sola la dinámica interna de los espacios electorales, tal como presuntamente propiciaría una herramienta como la PASO. Y no se trata de señalar el siempre gaseoso rol de Lilita en esta confusión entre acceso a las urnas y soberanía popular, porque la laberíntica oferta electoral es responsabilidad de todos los protagonistas, desde Macri hasta Sanz, pasando por Michetti y Lousteau.

Incluso hubo actores -como el aspirante massista Guillermo Nielsen-, que durante la campaña se quejaron de que la supuesta “interna” PRO no había sido tal, donde los debates entre Michetti y Larreta no fueron tan duros y profundos como sonaron, y que en definitiva todo pareció un genial montaje de Durán Barba y compañía para tapar con la telenovela de Gaby vs. Horacio el debate sobre la gestión macrista en la Ciudad que intentaron instalar los otros “partidos”. ¿Qué pretendía Nielsen? ¿Qué se mataran entre compañeros de partido, sacando todos sus trapitos al sol de la puja diaria por el poder partidario? ¿O que, al revés, obviaran la pulseada por la sucesión de Macri y se volcaran a discutir con los competidores de las agrupaciones adversarias temas de la Ciudad, de cara a la elección general porteña? No hay respuesta, porque precisamente esa es la zona de indefinición del sistema PASO, donde no quedan claros los términos del debate de campaña, ya que por un lado -siguiendo el reglamento electoral- se debería concentrar la discusión entre precandidatos de cada partido (si es que éstos se ha dignado a presentar más de uno) para captar el voto masivo del padrón, pero por otro lado hay consenso entre políticos y ciudadanos comunes de que las PASO funcionan como una gran encuesta previa a la fecha de la elección “verdadera”, para ir viendo qué partidos tienen mejores o peores chances a futuro. Encuesta cara, por cierto. Y que no deja de ser distorsiva, porque es perfectamente posible que un votante de un partido que le es ajeno vote en esa interna solo para opinar sobre tal o cual personaje mediático, o incluso para embarrar la cancha del partido que no le gusta. Con lo cual, incluso el presunto carácter predictivo de la “encuesta PASO” no está garantizado.

Se trata, una vez más en la democracia que hoy transitamos, de relatos y ficción institucional, todo a un altísimo costo para las finanzas públicas. Votar más seguido no necesariamente es elegir mejor a nuestros representantes. Es cierto que, según explican muchos politólogos honestos, el espíritu de las PASO es transparentar la dinámica interna de los partidos, para salvarlos de la decadencia y la indiferencia ciudadana. Pero creer que la manera de acercar de nuevo a las personas a los partidos es convertir los tradicionales procesos de selección interna (muy viciados, desde ya) en un show mediático con valor de ensayo general y excusa para alargar los plazos permitidos para la propaganda electoral, es riesgoso para la supervivencia de las instituciones que se quiere preservar. Nos guste o no, mal que nos pese, los partidos existían realmente cuando las personas iban a sus sedes, se involucraban, donaban voluntariamente tiempo y recursos, discutían ideas específicas de cómo luchar por el poder y cambiar (o conservar) la sociedad y sus reglas. Cada partido era un mundo. Tal como enseñó Charles Darwin, el aislamiento entre especies es lo que precisamente propicia y asegura que existan especies muy diversas, que si estuvieran todas juntas, tenderían a una indiferenciación por contigüidad. Si cualquiera puede ser de un partido u otro sin ningún compromiso mínimamente durable, si cualquiera puede votar en la interna de un partido, entonces es discutible que se trate de una interna, y es discutible que realmente estemos hablando de partidos. Y tal vez eso signifiquen -para bien o para mal- las PASO: no un último intento de salvar la democracia de partidos, sino un primer mecanismo de transición hacia un sistema de representación donde la unidad de poder sea la figura convocante, el líder, y el espacio de discusión pública sea la arena de los medios digitales interactivos.

Seguí a Silvio en Twitter: @santamarinasilv

 

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