Mundo, Sitios Externos / 2 de Mayo de 2015

Increíble pero cierto

Desde Evo Morales hasta Barack Obama, pasando por Bachelet y Roussef, actos y decisiones que merecen ser destacados. Por Claudio Fantini.

Para Jenofonte, el filósofo ateniense que escribió “Los memorables”, la más remota inspiración de los autócratas fascistas, el mejor gobierno es el que se concentra en un “jefe” que “sabe mandar”.

En las antípodas está la cultura liberal, que entre sus mejores definidores del buen gobierno tiene al escritor norteamericano Erskine Caldwell. Para el autor de “La parcela de Dios”, la mejor gestión gubernamental es igual a la mejor digestión: “Mientras se produce, no la percibimos”.

Los periodismos militantes siempre terminan siendo periodismos orgánicos, instrumentos de la propaganda, porque tienden a relatar acríticamente a los gobiernos que defienden; mientras que el periodismo crítico tiende a centrarse exclusivamente en el rol cuestionador, obviando señalar los buenos actos del gobernante.

En lo que va del 2015 hay varios ejemplos que, o bien pasaron desapercibidos, o bien fueron acontecimientos evaluados desde el lado negativo.

Hay muchas razones para afirmar que Evo Morales es uno de los mejores presidentes que ha tenido Bolivia y a veces lo prueban gestos y decisiones que pasan inadvertidos. Por caso, haber echado a su ministro de Defensa y haber pedido públicamente perdón a Chile por una mala actitud de ese funcionario.

Jorge Ledesma había recibido del Palacio del Quemado la orden de organizar la ayuda humanitaria a los pueblos chilenos arrasados por los últimos temporales en Atacama. El ministro organizó con prontitud y eficiencia el envío de gran cantidad de agua a los damnificados. Ledesma viajó personalmente a llevar la ayuda solidaria, pero efectuó la donación vistiendo una campera en la que se leía la leyenda “El mar es de Bolivia”.

De inmediato, Evo Morales exigió la renuncia a su ministro, le ordenó pedir disculpas al país ofendido y, a renglón seguido, él mismo pidió perdón al vecino con el que tiene la principal disputa territorial.

“Quiero pedir disculpas al gobierno de Chile y pedir perdón al pueblo de Atacama y a todo el pueblo chileno”, dijo el presidente boliviano al explicar que fue desubicado y ofensivo lo que hizo su ministro al entregar la ayuda humanitaria portando un lema soberanista.

Siendo jefe del gobierno que más ha presionado a Chile por la salida al mar que perdió en el siglo XIX por la dictadura delirante de Mariano Melgarejo y por la Guerra del Pacífico, Evo ha mostrado su calidad humana y política echando a un ministro desubicado y pidiendo perdón.

En la Argentina es impensable que la Presidenta eche a un ministro y pida perdón como hizo Evo Morales. También es impensable verla haciendo lo que hizo la presidenta de Chile.

El hijo de Michelle Bachelet había movido influencias para que la empresa de su esposa obtuviera un crédito millonario y, cuando la prensa descubrió y publicó sobre ese préstamo, la presidenta lo echó de su gobierno y lo hizo expulsar del Partido Socialista.

Hubo más. Por orden de su madre, Sebastián Dávalos dio una conferencia de prensa para asumir su error y pedir perdón a la sociedad chilena. Y a renglón seguido, la propia Bachelet apareció ante las cámaras lamentando públicamente el hecho: “Para mí, como madre y como presidenta, han sido momentos dolorosos. Llevar adelante esta tarea implica muchas veces tener que tomar decisiones que son dolorosas”.

Sencillamente inimaginable en este lado de la Cordillera. También es inimaginable que la sociedad argentina muestre el nivel de exigencia que exhibe la sociedad chilena, que a pesar de la expulsión y los pedidos de perdón, castigó a la jefa del gobierno provocando en las encuestas un derrumbe de sus índices de aprobación y popularidad.

También la sociedad brasileña es exigente. Por eso, en su momento de mayor popularidad, el gobierno de Lula vio pasar del poder a la cárcel a muchos hombres fuertes del PT por el escándalo del “mensalao”, entre ellos nada menos que al todo poderoso José Dirceu.

Ahora, a solo meses de haber sido reelecta, Dilma Rousseff ve derrumbarse su popularidad por la megacorrupción en Petrobrás y por el ajuste económico. En rigor, más que reprocharle el ajuste en sí mismo, le reprocha haber mentido durante la campaña electoral sobre la verdadera situación de la economía brasileña, y estar haciendo ahora lo que, en la carrera por el Planalto, proponía su adversario Aecio Neves.

Habría sido mejor que Dilma pidiera perdón por haber ocultado la verdad en sus discursos de campaña, pero peor sería que esté endeudando a Brasil para atravesar su actual gestión sin hacer los ajustes que ella considera que hay que hacer.

Además, una forma de disculparse fue aceptar calladamente la dura crítica que le hizo su propio ministro de Economía, Joaquim Levy. Algo también difícil de imaginar que ocurra en la Argentina.

Otra señal de buen gobierno se vio en Estados Unidos. Desde hace décadas, uno de los pilares demócratas de la cámara alta es el senador Roberto “Bob” Menéndez. El legislador por New Jersey controla el estratégico Comité de Relaciones Exteriores del Senado y ha sido clave en las pulseadas con los republicanos defendiendo la política exterior de Barak Obama.

Poderoso en el partido oficialista; poderoso en un área clave de ese gran poder que representa el Capitolio, y además una pieza vital en el tablero político del presidente. Sin embargo, fue acusado por la propia administración demócrata de “corrupción y tráfico de influencias”. Un Jurado de Instrucción elevó a una fiscalía federal catorce cargos contra Menéndez. Se lo acusa, fundamentalmente, de haber favorecido negocios del oftalmólogo Salomon Melgen en la República Dominicana. Amigo personal del legislador, Melgen es también uno de sus aportantes en las campañas electorales.

Lo interesante no es que un antiguo y poderoso senador norteamericano quede envuelto en un escándalo, sino que haya sido el gobierno de su propio partido el que lo investigó y denunció.

Al Departamento de Justicia (un ministerio de la administración federal) no le importó el peso de Bob Menéndez en el oficialismo ni los roles claves que ha desempeñado y desempeña para políticas mundiales de la Casa Blanca. Ante un puñado de indicios pidió la colaboración del FBI, iniciando la investigación que desembocó en la acusación formal presentada por el gobierno contra su hombre fuerte en New Jersey y en el Senado.

En Estados Unidos nadie aplaudió a Obama ni al Departamento de Justicia. Sin embargo, visto desde estas latitudes merecerían una ovación. Quizá por eso es importante, cada tanto, hacer un recorrido por los actos presidenciales que merecen ser destacados. Pero no solo las grandes decisiones que cambian la historia, sino aquellos pequeños gestos que muestran al gobernante que, como proponía Confucio, conduce el Estado “como se conduce a la familia: con autoridad, competencia y buen ejemplo”.

 

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