Sociedad / 3 de mayo de 2015

RUGBY EN LAS CÁRCELES

Jugar para sentirse libre

El equipo de los presos, contra policías y fiscales. El deporte como sinónimo de cambio. Por Marcos Pereyra.

TACKLE. Entrenamiento en la cancha de la Unidad 48 entre presos y jugadores de rugby. Se enfrentaron con Agustín Pichot.

Cada puerta tiene su cadena, y cada cadena, su candado. Para llegar al pabellón 8 de la Unidad 48 del Servicio Penitenciario Bonaerense, casualmente, hay que cruzar ocho de esas puertas, y todos los candados se cierran a mis espaldas.

Estoy acompañando a un grupo de ex jugadores de rugby que viene a este penal un mínimo de dos veces por semana, hace más de seis años. El objetivo es enseñar a los presos a jugar al rugby y la constancia es lo primero que asombra.

El creador de esta iniciativa es Eduardo “Coco” Oderigo (44), un abogado penalista ya retirado del rugby competitivo, tras haber llegado a jugar en la primera división del San Isidro Club.

Oderigo dice no haber pensado mucho: “Me encontré con esta realidad y dije enseguida, lo que te saca del lugar donde estás, si estás mal, es el deporte”. Y si hay algo que todo preso quiere y necesita, es salir.

Uno de los primeros voluntarios era también un fanático de la película 300, donde igual número de espartanos es masacrado por un ejército infinitamente superior, y ese fue el nombre que propuso para el equipo, Los Espartanos. Y quedó.

Han pasado más de 400 presos por Los Espartanos, y en la actualidad, el equipo cuenta con treinta jugadores, un diez por ciento de la población carcelaria de la Unidad 48, y todos alojados en un mismo pabellón, el del rugby. Esto no siempre fue así. “Cuando empezamos venían uno de cada pabellón, pero después volvían a su realidad, y dijimos que podríamos tener un pabellón para todos los que juegan al rugby –cuenta Oderigo–. El director que estaba antes me dijo: ‘Olvidate, no podés meter en un pabellón al evangelista, con el del arte de vivir, con el de máxima seguridad, se matan. Olvidate. No se puede’. Y yo jodía, jodía, jodía”. Aprovechando el cambio de director del penal, se creó el pabellón del rugby, que hoy es un pabellón para los presos que tienen buena conducta.

Las tasas de reincidencia que acusan Los Espartanos son menores al 1%, cifra irrisoria comparada con la media del sistema penitenciario argentino, y la duda es inmediata: qué y cómo cambia en los presos, para que esto sea así. “Cuando ellos se dan cuenta de que pueden cambiar en el juego, pueden cambiar en otras cosas”, explica Oderigo. A diferencia del rugby tradicional, esto no ocurre sobre una alfombra de pasto, sino sobre una mezcla de tierra y piedras, a la cual ellos llaman El Coliseo, y queda, naturalmente, en Esparta, que no es otra cosa que la cárcel.

El entrenador creyó que Los Espartanos necesitaban competencia externa, y aprovechando una relación con el ministro de Seguridad porteño, Guillermo Montenegro, lo sondeó para hacer un partido con oficiales de la Policía Metropolitana. “No, policías y presos se van a matar”, le advirtieron, pero Oderigo hace lo que a él le parece. Se hicieron tres partidos con la Policía Metropolitana, dos de los cuales ganaron Los Espartanos. Y él dobló la apuesta: “Después me puse a pensar qué otra barrera podríamos romper. Jugar contra jueces y fiscales de San Isidro, que fueron los que los metieron en cana a ellos”.

Sin fronteras. Emiliano lleva un año y ocho meses con Los Espartanos, y habla de ese partido. “La primera salida a la calle fue a Virreyes, y jugamos contra el club de abogados de San Isidro y San Martín. Me acuerdo que jugaba contra el fiscal de mi causa. El fiscal que me estaba pidiendo 14 años de prisión, viste, y jugar contra el chabón fue como… el chabón digo… vio que era una persona igual que él. Yo tampoco antes los entendía… decía por qué no se mueren todos. Pero ellos están para dictar sentencia”.

Las raspaduras y el tackle parecen ser las banderas de Los Espartanos, y nadie mejor para graficarlo que su abanderado, Jesús, “el hombre tackle”. Jesús mide un metro y medio, pesa sesenta kilos y tiene una sola misión: parar al que venga enfrente. Lo han sufrido emblemáticos jugadores de Los Pumas, como Diego Cuesta Silva, o hasta su capitán en el Mundial de Francia, Agustín Pichot. “Me firmó una remera con la frase ‘Me mataste’. Y sí, lo maté”, cuenta orgulloso.

Jesús jugó en el estadio único de La Plata, frente a una agrupación de jueces y fiscales, en la que también estuvieron Pichot y el fiscal Campagnoli. “A ese también lo agarré, pero fue rápido y me pegó una patada en el ojo. Es humano el chabón, no le gusta que lo tumben”, dice Jesús con una sonrisa, pero se adivina que le gustaría otra chance con el fiscal.

Son varias las veces por año que Los Espartanos salen a jugar, casi siempre al club Virreyes, que tiene la generosidad de ofrecer la cancha para cuando los astros se pongan en fila y los presos obtengan la decenas de autorizaciones necesarias. El último partido del 2014 es contra la primera del club, y tuve el privilegio de verlo entero.

El procedimiento es impresionante. Alrededor de cuarenta miembros del servicio penitenciario bonaerense rodean la cancha, en dos anillos, uno con palos y el segundo con armas largas. Hasta allí llegan las traffic

con los presos esposados, que bajan ya cambiados para jugar. En la cancha también los esperan sus familias, y hasta hay un tiempo para que se abracen.

Haría falta una cámara exclusiva para Oderigo, que en las dos horas que dura el evento, conseguirá un médico para la madre de un preso, coordinará el calentamiento precompetitivo, parará al equipo en la cancha, lidiará con el conflicto entre la murga de La Cava y la policía (dado que los tambores no dejan escuchar los handies) jugará dos tiempos –haciendo un try– y encabezará los discursos de agradecimiento. Todo ello antes de tener que interrumpir los abrazos de los presos para volver a prisión. Ganan el partido, pero casi no hay tiempo para festejar. Hay que concentrarse en el martes siguiente, que en Esparta, habrá un partido entre aquellos reclusos que no pudieron salir (por alguna razón siempre hay de esos) y el club San Fernando. También se organizó un asado y música en vivo del grupo Rimas de Alto Calibre con su hit “Se romperán las cadenas”. Una cuestión que solo logra el deporte.

 

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