Mundo / 9 de Mayo de 2015

Nepal, mito y tragedia

Guerra civil, matanzas shakespeareanas en la corte y un terremoto catastrófico en un país pequeño que susbsiste rodeado de gigantes.

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RUINAS. Katmandú, la capital de Nepal, es conocida como la ciudad de los dos mil templos. Muchos se derrumbaron. La ayuda humanitaria llega desde el exterior, mientras el ejército local remueve escombros.

Las tragedias suelen colocar a Nepal en la portada de los diarios. Hace catorce años fue la furia de un príncipe enamorado. Ahora fue la furia de la naturaleza. Pero siempre es la tragedia lo que hace que el mundo se asome al país remoto y misterioso que se esconde en el Himalaya.
En junio del 2001, el príncipe heredero masacró a sus padres y hermanos durante una cena de la familia real. Dipendra entró al comedor del palacio con un fusil M-16 en una mano y una subametralladora Uzi en la otra. Vació los cargadores disparando a mansalva sobre los comensales y luego se disparó la última bala.
Aunque agonizaba, lo coronaron. Durante tres días, el rey de Nepal fue un hombre en estado de coma. Cuando murió, la corona quedó en manos de su maquiavélico tío Gyanendra.
El pueblo nepalí miraba estupefacto la desopilante escena. Había perdido un monarca muy querido, el rey Birendra, masacrado por su propio hijo junto a la reina Aishwarya y los príncipes y princesas de la dinastía Shah.
Durante tres días los había regido un monarca magnicida que no podía abrir los ojos ni balbucear una palabra, porque estaba en coma profundo. Finalmente, el trono quedó en manos del más oscuro y despótico miembro de la familia real: Gyanendra Bir Bikram Shah Dev.
¿Por qué Dipendra había provocado semejante tragedia? Porque estaba enamorado de la joven y bella Devyani, perteneciente a la dinastía Rana, y su familia le había prohibido casarse con ella.
A la enemistad entre las dinastías Shah y Rana, se sumó el vaticinio de los astrólogos de la corte, según el cual, si el príncipe se casaba antes de cumplir los treinta y cinco años, una maldición haría morir al rey Birendra.
El sortilegio, finalmente, se cumplió de la manera más funesta: en la cena en la que el príncipe informó a sus padres que se había casado en secreto con Devyani, los reyes le anunciaron que lo quitarían del primer lugar en la línea sucesoria, colocando a su hermano Nirajan. Fue entonces cuando Dipendra corrió a buscar las armas con las que masacró a sus padres y hermanos.
Por cierto, hay otra versión: lo que realmente ocurrió, dice, es que el siniestro Gyanendra hizo que un sicario provocara la masacre para quedarse con el trono de su hermano, culpando a su sobrino.
Pero la verdad nunca se sabrá. Será un misterio más del enigmático país del Himalaya. Lo único que rápidamente quedó a la vista fue el oscuro despotismo del nuevo monarca.
Gyanendra se sentó en el trono y lo primero que ordenó fue el encarcelamiento del director del diario Kantipur Daily, por haber publicado una nota en su contra firmada por un líder de la insurgencia maoísta.
No solo los días del rey estaban contados. También los de la corona, porque desde hacía cinco años Nepal vivía otra tragedia: la guerra civil.

Cada vez que una catástrofe coloca su nombre en los diarios y noticieros de todo el mundo, la palabra suena a lugar remoto y desconocido. Sin embargo, por muchas razones Nepal debería ser familiar en todos los rincones del planeta, y no solo porque en su territorio está el Everest.
Es la tierra donde nació el buda Siddartha Gautama, cuyas enseñanzas se esparcieron por gran parte de Asia y se conocieron el todo el mundo.
Su capital es Katmandú, la célebre ciudad de los dos mil templos, que en abrumadora mayoría están dedicados a Shiva y a Vishnú, porque a pesar de ser la cuna del budismo, en Nepal predomina el hinduismo.
Es también la tierra donde se originaron los gurkhas, estirpe de feroces guerreros que los soldados argentinos conocieron en la guerra de Malvinas. En el origen de ese pueblo, fundador de Nepal, está Guru Gorkhanath, un santón del siglo VIII cuya vida transitaba entre la meditación y el arte de la guerra, por eso sus enseñanzas dejaron una casta que se volvió legendaria.
Como país y como Estado, Nepal nació en el siglo XVIII, pero en Occidente se puso de moda en la década del ’60, cuando los jóvenes inconformes con la sociedad de consumo y el materialismo capitalista idealizaron ese rincón del Asia meridional como un lugar de paz, amor y espiritualidad. Miles de miembros del movimiento hippie y la cultura psicodélica peregrinaron al Himalaya, a morir de sobredosis de alucinógenos en las mismísimas puertas del cielo.
Muchos otros viajaron buscando la paz interior y la libertad total respecto del poder y del dinero. Lo retrataron decenas de libros, como “Los caminos de Katmandú”, la novela en la que René Barjavel cuenta la aventura de Jane y Olivier en la marcha hacia la mística ciudad que hacían miles de europeos, después del Mayo Francés y el sueño de la “imaginación al poder”.

La realidad era mucho menos idílica. Una monarquía absolutista reinaba sobre un pueblo tironeado por los dos gigantes que la flanquean por el norte y por el sur: China y Rusia.
En rigor, en la ladera norte del Himalaya lo que está es el Tíbet, pero lo ocupó y anexó China hace más de medio siglo. El hecho es que, políticamente, Beijing y Nueva Delhi actúan como imanes que tiran de Nepal en sus respectivas direcciones.
Por eso las dos principales fuerzas se inclinan hacia una y la otra potencia. El partido pro indio se llama Partido del Congreso, como el de la familia Gandhi en el gigante hinduista. El otro es el Partido Comunista, obviamente maoísta y pro chino, aunque desde hace muchas décadas lo de “maoísmo” es simbólico, tanto en Nepal como en la mismísima China.
La guerra civil que comenzó en 1996 concluyó diez años más tarde gracias a un acuerdo que tomó como modelo el que pacificó El Salvador. En efecto, la larga guerra entre la guerrilla del FMLN y el ejército y los sanguinarios grupos paramilitares que desangró en la década del ochenta al país centroamericano, concluyó durante el gobierno del conservador Alfredo Cristiani con un acuerdo que integró a los insurgentes en las fuerzas policiales y militares.
En ese éxito pacificador se inspiró Nepal y también tuvo como resultado la paz. Pero las buenas noticias no venden tantos diarios como las tragedias. Por eso la furia del Himalaya que mató a casi diez mil personas sembró la prensa mundial de postales dantescas.
El temblor de la inmensa cordillera asiática dejó también retratos de milagros en pleno infierno: un anciano de 101 años emergiendo intacto entre los escombros; niños y bebés rescatados con vida tras largos días sepultados. Y también cientos de postales de la solidaridad de quienes luchan contra la destrucción para salvar todas las vidas que puedan.
Imágenes que redimen a Nepal de las masacres ocurridas en la cruenta guerra civil y en la noche fatídica en la que un príncipe enamorado vació dos cargadores sobre sus padres, el rey Birendra y la reina Aishwarya, aniquilando además a toda la familia real.

 

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