Mundo / 23 de Mayo de 2015

Liderazgo paranoico

Kim Jong-un, el “amado líder” coreano, y el fusilamiento de familiares, funcionarios díscolos y somnolientos. Los antecedentes.

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Kim Jong Un ejecuta
AL PAREDÓN. Kim Jong-un decretó el fusilamiento de su ministro de defensa. Es probable que las causas de la medida fueran más profundas que una siesta en un acto.

Los párpados se le hicieron pesados y empezó a cabecear en la mitad del desfile presidido por el “amado líder”. Por momentos abría los ojos sobresaltado y se esforzaba en mantenerlos así, pero se le volvían a cerrar.
Varios corrieron a susurrarle al “amado líder” al oído que Hyon Yong-chol se durmió en pleno acto militar, durante un desfile en el que oficiales y soldados lloran de emoción al pasar frente al palco del obeso dictador, elevado a la categoría de deidad por la doctrina Juche y el aparato de propaganda del régimen.
En la siguiente escena, Hyon Yong-chol, desprovisto de sus medallas militares, era fusilado ante los ojos del Kim Yong-un y una pequeña multitud convocada para el brutal espectáculo, porque no lo ejecutaron con fusiles, sino con una ZPU-4.
El proyectil de esa pieza de artillería antiaérea fabricada por la Unión Soviética en 1949 es calibre 50; está hecho para perforar el fuselaje de aviones bombarderos y, por ende, al impactar en el cuerpo de un hombre, no lo perfora, sino que lo desintegra.
A la caída y ejecución del poderoso ministro de Defensa norcoreano la relató el servicio de inteligencia de Corea del Sur; por lo que podría ser una patraña destinada a desprestigiar al hermético Estado que rige al norte del Paralelo 38. Algunas veces mintió y otras veces mordió el anzuelo de la contrainteligencia norcoreana, difundiendo falsa información. Pero la mayoría de las veces la inteligencia surcoreana acierta, sencillamente porque tiene casi el noventa por ciento de sus espías dedicados a auscultar al hermético enemigo del norte.
Además, está el sugestivo silencio de Pyongyang. Cuando el régimen norcoreano quiere desmentir algo, lo hace clara y contundentemente. Y cuando no lo hace de ese modo, crece la sospecha de que lo denunciado por Seúl es cierto.
Ciertamente, no habrá sido solo por dormirse en un desfile, y es probable que la ejecución no haya sido con una pieza de artillería antiaérea. Pero lo significativo es que ese sea el mensaje que quiere dar Kim Jong-un.
Al fin de cuentas, en los últimos meses hizo fusilar a quince miembros de la nomenclatura militar y van más de setenta desde que asumió el poder dinástico que creó su abuelo Kim Il-sung y él heredó de su padre Kim Jong-il. Es más: su primera decisión cuando asumió el mando fue hacer ejecutar a su tío.
Yang Son-taek no solo era el marido de la hermana de su padre; fue también su mentor político y quien actuó de regente hasta que pudo hacerse cargo del liderazgo.

En aquel caso, lo que el mundo pudo ver es cómo dos soldados arrancaron a Yang Son-taek de su banca y lo arrastraron entre los demás miembros de la nomenclatura, mientras un funcionario leía una lista interminable de acusaciones. Los rostros de los camaradas de Yang eran inmensamente reveladores. Miraban para otro lado o bajaban la vista para no mirarlo a los ojos, sin atender las súplicas del hombre que les pedía que hagan algo. Hasta pocos minutos antes, todas esas personas de miradas fugitivas adulaban al jerarca que dos oficiales arrastraban al patíbulo.
Oficialmente, se informó que tras un juicio sumarísimo el tío del Kim Jong-un fue ejecutado con un fusil Kalashnikov. Pero desde el mismo palacio de Pyongyang se hizo correr el rumor que el joven dictador hizo devorar a su tío por 120 perros feroces, ante un centenar de altos funcionarios.
Eso hizo Iván IV Vasílievich con un poderoso noble que cuestionó su autoridad. La leyenda que se tejió en intramuros del Kremlin dice que el “primer zar de todas las Rusias” ofreció a la nobleza una pomposa cena en el palacio. Pero en la mitad del festín, robustos oprichniks (terrorífica guardia creada por el joven monarca) irrumpieron en el salón y arrancaron de su silla al sospechado de complotar. Sereno, Iván se puso de pie e invitó al resto de los estupefactos comensales a presenciar en el patio como una jauría hambrienta destrozaba a dentelladas al supuesto conspirador. A renglón seguido, Iván “el terrible” invitó a degustar los postres a los aterrados invitados. El mensaje era claro: para quienes me apoyen, la confortable sombra del poder, y para quienes me enfrenten, los colmillos de los perros.
Iván IV no fue un débil tirano que asesinaba por temor. Fue quien convirtió el Gran Ducado de Moscovia en Rusia y quien puso al nuevo Estado en expansión por los valles del Volga, conquistando Siberia, avanzando hacia los Urales y anexando los kanatos de Kazán y Aztrakán. Pero imponer la autoridad asesinando es, generalmente, el signo de paranoia criminal que caracteriza a los débiles.

Saddam Hussein acababa de derrocar a su primo hermano, de quien él era el vicepresidente, y la primera escena como jefe fue funesta. Sobre el escenario de un auditorio, fumaba y hablaba con calma sobre la lealtad que esperaba. En las butacas, la nomenclatura del partido Baas escuchó también calmada, hasta que el orador empezó a señalar a presuntos inconformes con su golpe de Estado y su liderazgo. Cada señalado era inmediatamente arrancado de su butaca por la fuerza y arrastrado hasta un patio contiguo, donde lo acribillaban con un par de ráfagas.
De ahí en más, quien tuviera la peregrina idea de criticar a Saddam sabía lo que le esperaba. Lo mismo hacía Idi Amín. El sangriento dictador ugandés le añadía a cada crimen el rito tribal de comerse las vísceras del ejecutado, para que su espíritu no pueda seguir conspirando.
Entre los casos más resonantes de la historia está la muerte de Tomás Moro por el rey de la casa Tudor que tanto tenía para agradecerle. A pesar de lo que hizo el brillante teólogo y escritor como Lord Canciller de la Corte, Enrique VIII no le perdonó la negativa a anular su matrimonio con Catalina de Aragón. Por eso lo encerró en la Torre de Londres y después ordenó su decapitación.
En esa escuela se inscribe Kim Jong-un. Como Iván IV Vascilievich, anunció su poder asesinando con crueldad. El agravante en su caso es que la víctima fue su propio tío y mentor, lo que lo acerca a Enrique VIII haciendo decapitar al hombre al que más le debía su reinado.
La paranoia criminal del joven tirano norcoreano denuncia a sus dos gigantescos vecinos. Rusia y China podrían acorralarlo para que caiga o, al menos, para deje de cometer brutalidades. Pero no lo hacen. Prefieren que ese régimen lunático siga impidiendo que un aliado de Washington que alberga bases norteamericanas, Corea del Sur, llegue a las fronteras chinas.
Es probable que el ministro de Defensa norcoreano haya sido ejecutado con un proyectil antiaéreo o destrozado por una jauría feroz, por criticar al “amado líder” y por dormirse en un desfile.
Pero como si fuera una cuestión menor, o un asunto interno en el que no cabe la interferencia externa, Vladimir Putin le guarda un lugar en el palco del Kremlin para los festejos del triunfo en la Segunda Guerra Mundial.

 

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