Deportes / 20 de Junio de 2015

LIDERAZGO

Los cinco secretos del Jefe

La biografía de Javier Mascherano cuenta momentos desopilantes del jugador que se convirtió en héroe. Su obsesión con el fútbol.

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Mascherano
DISCIPLINA. El capitán de la selección dedicó su vida a triunfar en la cancha.

Infancia. Una escena escolar de primer grado define el deseo perpetuo de uno de los nenes más bajitos de la clase. Es el acto por el día del trabajador y la consigna de la maestra, imaginar el futuro: que cada uno vaya vestido de lo que quiere ser en la vida. Hay un bombero, un médico, una cantante. Y pegado a Estela, la maestra, hay un jugador de River, camiseta, pantaloncito y botines bien puestos. La foto, de paso, certifica la filiación definitiva de Javier con el club que lo recibirá como jugador nueve años más tarde; fue el punto final a los típicos bamboleos sentimentales de los nenes, en su caso tironeado por las influencias de la casa familiar y de los abuelos. Le ofrecían de todo: ser de Independiente, de Boca, de Central, de Newell’s. Y también de River, lo que terminó eligiendo para siempre.
Seleccion juvenil. El papá convenció a Javier de que era mejor subirse de nuevo al auto y volver a casa; el acuerdo de fecha, hora y lugar –vaya a saber por qué– no había funcionado, a pesar de que habían seguido al pie de la letra la indicación: miércoles, 3 de la tarde, ruta 9, cruce de Roldán.
Cuando llegaron a San Lorenzo, Oscar llamó a Jorgito Solari –el hijo del Indio era el coordinador de Renato Cesarini– para que averiguara por qué el colectivo de la Selección no había pasado. Al rato, Jorgito devolvió la llamada: había pasado, sí, pero mucho después de lo previsto, por un problema mecánico.
Para conocer a sus nuevos compañeros, le mandaron a decir, Javier iba a tener que presentarse a las nueve de la mañana del día siguiente en el hotel de Sunchales donde los chicos de la sub 15 ya descansaban, esperando el partido del sábado.
Con su papá y su mamá llegaron al horario indicado a Sunchales, pero en lugar de un grupo de adolescentes lo esperaba un señor: Omar Souto, el empleado de la Asociación del Fútbol Argentino que le tenía preparado el bolso con su ropa. Sus nuevos compañeros, a los que nunca les había visto las caras, ya estaban haciendo un entrenamiento liviano en la cancha del Club Atlético Unión, donde jugarían a la noche. En medio del público que espiaba el entrenamiento –atraído por la noticia de que una selección argentina estaba en la ciudad–, el nuevo se cambió rápido y entró al trote. “Ellos se conocían porque jugaban unos en contra de otros, eran chicos de River, Boca, Independiente. Yo jugaba en Renato, en la liga rosarina. No sabían quién era, no nos cruzábamos nunca. Y encima estaba llegando un día tarde a mi primera convocatoria, sentía una vergüenza terrible. Así empieza mi historia con la Selección”.
River. Donde más había notado que su debut oficial en River se demoraba era en la Selección sub 20. Ahí solía ser capitán de jugadores con muchas horas de vuelo en sus clubes: “Mi situación era bastante incómoda. Pero no porque me lo hicieran sentir, sino porque yo me sentía raro de ver que todos jugaban en Primera y eran jugadores importantes en sus clubes y yo todavía nada”.
Llevaba dos años entrenando con la Reserva, y cada semana había creído que su estreno en las grandes ligas estaba cerca. En febrero de 2002 –el 02/02/02–, el entonces técnico Ramón Díaz lo había incluido en los 15 minutos finales en un amistoso contra Belgrano de Córdoba, en el Chateau Carreras. Pero por compromisos con la Selección, lesiones y turbulencias propias de River, no volvió a tenerlo en cuenta.
—Usted —le reprochó una vez Díaz— parece más un jugador de la Selección que de River. Va a tener que venir más a entrenarse porque si no, le va a ser muy difícil jugar.
El contexto también había alimentado su ansiedad: un mes antes, por ejemplo, Kun Agüero había jugado su primer partido en la Primera de Independiente con 15 años recién cumplidos.
Estaba claro que lo suyo era cuestión de tiempo. Pero él caminaba por las paredes. Había llegado a pensar en irse a préstamo a otro club. A Lanús, por ejemplo, porque sabía que el técnico Miguel Ángel Russo lo quería. Incluso le hablaron del interés del Tenerife español.
—¿Usted no sabe que está jugando en River que se quiere ir a cualquier club? —lo retó Pellegrini.
Barcelona. El pase de Javier llegó como un anuncio bastante aséptico. Los hinchas catalanes celebraron el arribo del refuerzo, pero no se enteraron de las idas y vueltas que había tenido la transferencia. El detalle que trascendió, sin embargo, sirvió para que el jugador se metiera en el bolsillo a los aficionados: el capitán de la Selección argentina había puesto de su plata para que se concretara su venta a un club en el que muy probablemente iría al banco.
Barcelona había ofrecido 20 millones de euros, pero Liverpool quería al menos 24. Y para llegar a esa suma, Javier había aceptado una rebaja del 20% de su salario. Renunció a 4 millones de euros —«4 kilos», como les gusta decir a los españoles— para poder mudarse con su mujer y sus dos hijas a la costa mediterránea, junto a sus amigos Leo Messi y Gaby Milito.
Brasil 2014. El fixture dejó entrever de pronto algo que los 23 jugadores y todo el país soñaban desde hacía 24 años: la semi. Faltaba. Pero se veía. O al menos no aparecía en el medio un tanque alemán, como en los últimos dos mundiales. Aparecía Bélgica.
La cita era en Brasilia, y Javier puso de nuevo a trabajar el disco rígido: sabía que Marouane Fellaini era bastante más que un lungo con peinado afro. Recordaba que lo había enfrentado varias veces desde que el belga era jugador del Everton, el otro equipo fuerte de Liverpool. Con la libreta de apuntes al día también, Sabella movió algunas perillas. Puso a Demichelis en lugar de Fernández, y puso a Biglia en lugar de Gago. Lo que no estaba en los planes era que ese día se lesionara Di María.
Así llegó la frontera psicológica de los cuartos de final en el Arena Fonte Nova. El partido arrancó a la una en punto. Y condensaba la carga de frustraciones de un cuarto de siglo. El cielo estaba despejado, y la luz se colaba en el vestuario. Y el jugador que siempre hablaba antes de cada partido, el hombre arenga, dijo lo que mil veces había dicho:
—No podemos dejar pasar esta oportunidad.
Esta vez sonaba más fuerte. Y como para que quedara claro cómo venía la mano, con la voz ya quebrada, el Jefe rompió con estilo el protocolo en una ronda improvisada a un minuto de saltar a la cancha:
—¡Estoy cansado de comer mierda!

 

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