Mundo / 20 de Junio de 2015

Papamundi en duda

El accionar de Francisco en la arena internacional tiene claroscuros: aciertos y reclamos. Críticas por sus reuniones con presidentes.

Por

Papa Francisco con Michelle Bachelet
ENCUENTROS. Las visitas de Vladimir Putin y Michelle Bachelet y sus viajes, son sometidos a análisis. (Ver galería)

Sabe que entre los muros vaticanos lo acechan intrigas y conspiraciones. Sabe que el error es un lujo que no puede darse. Debe calcular casi milimétricamente cada paso que da, cada medida que toma y cada palabra que pronuncia, porque el complot lo espera, paciente, para emboscarlo en la primera distracción.
Está el Papa Francisco teniendo todos los cuidados que le imponen las circunstancias. Quizá si, en el plano interno. Por ahora, ha movido las fichas con más velocidad y osadía que esos enemigos que esperan agazapados el momento de atacarlo. Algunos son topos de las organizaciones paraeclesiásticas más poderosas y reaccionarias. Otros son los miembros de una burocracia naturalmente enemiga de toda alteración del statu quo. Pero no han encontrado, hasta ahora, el flanco débil donde apuntar sus intrigas y sabotajes.
Sin embargo, los movimientos del pontífice no parecen tan calculados en el campo internacional. Verlo moverse en ese complejo escenario suele generar desconcierto. Algunos de sus gestos y acciones dejan en muchos la sensación de una imparcialidad poco justificable.
¿Se trata de un habilidoso estadista cuyas jugadas no son fácilmente deducibles ni apuntan al corto plazo? ¿O son muestras de impericias o temores que lo hacen producir actos y decisiones que generan confusión y cuestionamientos?
Cuando los chilenos compararon la cantidad de tiempo que el Papa dedicó a la audiencia con Cristina Kirchner, con el mezquino puñado de minutos que le concedió a Michelle Bachelet, más de uno explicó la diferencia en que la presidenta argentina es católica y antiabortista, mientras que la chilena es agnóstica y promueve el aborto.
En Argentina, en cambio, para muchos opositores fue la gota que rebasó el vaso y quedaron preguntándose por qué el cardenal que tanto criticaba al modelo político kirchnerista, ahora es el Papa que, en la antesala de las urnas, bendice políticamente al liderazgo verticalista, personalista y excluyente que antes cuestionaba.
¿Percibirá Francisco el desequilibrio entre lo que está aportando al oficialismo y lo que está negando a la oposición? ¿O estará haciendo un doble juego? Esta posibilidad no puede descartarse si se tiene en cuenta que la iglesia argentina, que responde total y unívocamente al jesuita que ocupa el trono de Pedro, sigue hablando de pobreza en niveles vergonzosos, corrupción en escalas industriales y culto personalista ahondando una peligrosa división en la sociedad.
La pregunta en la Argentina es dónde está la verdadera intención política de Bergoglio: ¿en lo que denuncia su iglesia en Buenos Aires, o en lo que gesticula el pontífice en Roma?

Lo mismo preguntan los venezolanos. Muchos no entienden que no haya un pronunciamiento pontificio sobre los presos políticos y la creciente censura, que a modo de tenaza van cerrando los resquicios para expresar disidencia.
Si Nicolás Maduro finalmente no viajó al Vaticano, como tenía previsto, posiblemente no fue para evitar un reclamo fuerte de Francisco, sino para marcar de cerca a Felipe González, que había viajado a Caracas para colaborar con hacer internacionalmente visible la situación de Leopoldo López y los otros dirigentes encarcelados en prisiones militares.
Sobre la situación de esos presos políticos, el silencio del Papa se equilibra con las quejas del arzobispo de Caracas, Jorge Urosa, y del presidente de la Conferencia Episcopal Venezolana, Diego Padrón, voces que también cuestionaron el “Chávez Nuestro”, poema que en los actos partidarios el chavismo reza a su mesiánico líder. Pero también voces que resaltan el silencio con el que Francisco se coloca en el coro mudo latinoamericano, frente a los encarcelamientos y censuras que sólo denuncia un grupo de ex presidentes.
Hay denuncias del Papa que suenan demasiado tenues frente a los hechos denunciados. Por caso, el genocidio que está cometiendo ISIS contra los chiítas, yazidíes y otras etnias no sunitas, además de los kurdos, con la complicidad de Arabia Saudita y otros regímenes del Oriente Medio.
Cuando se refirió al proceso de exterminio en marcha, Francisco no cuestionó la actitud cómplice de quienes están haciendo la guerra contra los chiítas de Yemen, en lugar de combatir al sanguinario califato. Sólo mencionó a las víctimas cristianas: caldeos, asirios y siriacos.
Por cierto, ningún otro líder religioso puede reprocharle nada, porque el silencio en torno a este genocidio en marcha es apabullante. En todo caso, el problema es que Francisco es un líder religioso que procura involucrarse en los problemas terrenales, y eso lo expone a otras exigencias.

En su rol de jefe de Estado, el Papa recibió a Vladimir Putin, lo que fue mal visto por una vasta pero desvalida oposición que lucha, en total desventaja, contra el poderoso y arbitrario jefe del Kremlin.
La persecución de las disidencias, la coerción judicial y administrativa, la intolerancia contra minorías étnicas y sexuales, la corrupción y los crímenes políticos son parte de la agenda de denuncias contra el presidente de Rusia y su modalidad despótica de liderazgo. Pero nada de eso estuvo en la agenda que abordaron el Papa y Putin, lo que defraudó a los huérfanos opositores rusos.
No obstante, hubo una demanda equilibradora del pontífice: pidió a su duro interlocutor que se cumplieran los acuerdos firmados en Minsk. Allí, en la capital bielorrusa, las potencias de Occidente acordaron con Moscú el fin de la guerra en el Este de Ucrania, algo que no ha ocurrido ni siquiera en el campo de las apariencias.
Para Putin, las acciones armadas continúan por culpa del presidente Poroshenko y su docilidad ante una derecha ultranacionalista, pero para el gobierno ucraniano es Rusia la que sigue introduciendo armas, carros blindados y batallones para que la región del Donbass quede definitivamente fuera de la soberanía de Kiev y, a renglón seguido, siga por el camino de la anexión que ya transitó Crimea.
El Papa también se manejó con equilibrio en el tema palestino-israelí. Apoyó que la Autoridad Palestina sea reconocida como Estado independiente, pero después de pasar por Jerusalén y visitar la tumba de Tehodor Herzl, el fundador del movimiento sionista; un respaldo explícito y fuertísimo al Estado judío.
Es en Latinoamérica donde más le cuesta encontrar esos puntos de equilibrio. En los complejos escenarios políticos de Venezuela y la Argentina, Francisco parece hacer un doble juego: actúa de un modo en Roma y hace (o deja) que las iglesias locales actúen de otro modo.
A veces son mensajes que van a contramano. Como en Argentina, donde la iglesia ratificó sus estadísticas respecto de los altos niveles de pobreza existentes, luego de que la Presidenta pronunciara la desopilante afirmación de que el país tiene menos pobres que los más desarrollados en términos socio-económicos del planeta.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *