Costumbres / 14 de julio de 2015

Estilo Normcore: moda en grado cero

El último grito fashion es, justamente, no ser fashion. El estilo se llama “normcore” y apunta a vestir “normal”. Famosos que lo adoptaron.

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FAMOSOS NORMCORE. Actores, políticos, modelos, socialités, el estilo “normal” gana adeptos día a día y es una mezcla del rechazo a la sociedad de consumo y al “sistema” de las celebrities.

Si se piensa en la cantidad de tiempo que lleva elegir ropa, no cuesta mucho concluir que todos deberíamos vestirnos igual. Eso, en definitiva, es lo que va a suceder a la larga: fíjense que en todas las películas y programas de televisión que transcurren en el futuro, o en otro planeta, todos están vestidos igual”. Con estas palabras Jerry Seinfeld explicaba en uno de sus monólogos de fines de los 80 la magia de la uniformidad a la hora de vestir. Y todo esto hace pensar que lo que ahora parece una novedad, no lo es, por lo que el “normcore” habría comenzado, sin que nadie se diera cuenta, hace más de 20 años cuando eran furor las series “Friends” y “Seinfeld”, cuyos protagonistas, todos, con sus jeans flojos, las zapatillas deportivas, las camisas lisas –abotonadas y siempre adentro del pantalón– podrían hoy ser parte de la última campaña otoñal de GAP “Viste normal” con imágenes acompañadas de las leyendas: “Vístete como si nadie fuera a verte” o “Deja que tus actos hablen con más fuerza que tu ropa”. De hecho, la compañía se jacta en su cuenta de Twitter de que “ofrecemos #normcore desde 1969”.
Pero ¿qué es el “normcore”, esa tendencia de la que la modelo franco-argentina Inés de la Fressange –musa inspiradora de la casa Chanel en la década de los ’80– es ícono, seguida por celebridades como Dakota Johnson, Sharon Stone, Katie Holmes, Tom Hardy (el nuevo “Mad Max”), Leonardo Di Caprio y los locales Juana Viale, Nicolás Pauls, Dolores Fonzi y Chino Darín? ¿Qué es lo que seduce tanto a las “it” girls Kristen Stewart y Cara Delevingne llevándolas al mismo lugar que las reales Kate Middleton, Letizia Ortiz o Victoria de Suecia? ¿Qué hermana a Hillary Clinton, Barack Obama, Angela Merkel y Gabriela Michetti, además de la política?
Definición. La especialista en tendencias Ximena Díaz Alarcón, directora socia y fundadora de la consultora Trendsity señala que en la tendencia “normcore” “se trata de forzar un no estar a la moda como expresión de independencia, de autonomía frente a las imposiciones del consumo en general y de la moda en particular. La paradoja de la tendencia es que busca un destacarse desde el no destacarse, como queriendo expresar que el valor del sujeto es interno, más profundo”. Por su parte, Mariela Mociulsky, directora y cofundadora de Trendsity aporta: “La paradoja es que en el fondo también busca expresar que se es único, solo que desde una postura que intenta comunicar que no hace falta ser tan ‘débil’ como para tener que ‘demostrarlo’ a través de la moda. Es ser cool por presentarse, justamente, como ‘uncool’”.
El término proviene de la unión de las palabras “normal” y “hardcore”, y significa algo así como “fuertemente normal”. El neologismo fue acuñado por el colectivo cazatendencias neoyorquino K-Hole en su informe “Youth Mode: A report of freedom” (“Estilo joven: un informe de la libertad”) de 2013 y define el rescate del no diseño, la defensa de lo antimarca. El “normcore” es para la moda lo que los medicamentos genéricos son para la industria farmacéutica. No es más que la revalorización de prendas de generaciones anteriores, pero sin caer en la manía por los productos vintage originales que desvelan a los hípsters. De hecho, el “normcore” es la antítesis del hipsterismo porque la normalidad se volvió la única manera de diferenciarse cuando lo alternativo se hizo moneda corriente. Y lo único que separa al estilo “normcore” de la ausencia total de preocupación por la moda es la intencionalidad: por más que este look pretenda
desenfado y casualidad al estilo “me puse lo primero que encontré”, está estudiado al detalle y hay toda una reflexión detrás.
Si bien es cierto que los famosos no se caracterizan por su deseo de pasar inadvertidos, también es verdad que muchos han optado, con el paso del tiempo, por adoptar un estilo más despojado acorde con su manera de pensar.
Ser “normcore”, según los estándares fashionistas, en realidad no quiere decir ir contra las reglas de la moda o directamente prescindir de ella. No es el estilo que adopta quien detesta ir de compras, no tiene que ver con el consumo en sí mismo. Quizás la mejor definición la dio hace tiempo atrás la actriz Dolores Fonzi al asegurar que “me gusta comprar, sobre todo para mi hija, pero no voy a tiendas de lujo. Comprarme algo que es una infamia no me da placer para nada. ¡Ni loca gasto cinco lucas en un tapado!”.
Otra cultora del normcore, incluso yendo en contra de su estirpe familiar, es Juana Viale, nieta de la diva por excelencia, Mirtha Legrand. “Mi abuela me mata: por ahí cae a mi casa a tomar el té después de trabajar todo el día, toda impecable, perfectamente producida y maquillada. Y yo estoy con unos pantalones todos rotos. Me gusta todo lo más natural posible. Yo no tengo un cuerpo perfecto, pero eso me vuelve más mujer: la imperfección hace la belleza. Me gusta la madurez corporal, tener rastros de la vida. Lo mismo con la ropa para todos los días”.
Ironía. El “normcore” no es otra cosa que la naturalización del clásico look del turista germano que sin ningún complejo combina sandalias con medias. En definitiva, se trata de un simple ejercicio irónico: revisar los looks que antes tildábamos de antimoda y lucirlos disfrutando de la comodidad que ofrecen. De ahí que gracias a esta tendencia se revalorizaron las zapatillas Reebok Freestyle (un modelo de 1982 que la empresa relanzó con una nueva tecnología en la suela, la 3D Ultralite), el auge de aquellas New Balance 402 (famosas por combinar nylon y gamuza, que ahora la marca revive asociada a Margaret Howell, una diseñadora inglesa reconocida por manejar el arte que en diseño se conoce como “Keep it simple”, es decir, minimalista), de las sandalias Birkenstocks (o la franciscana que más nos guste), las Crocs, los “beanies” –esos gorros tejidos encajados hasta las cejas que, en líneas generales, no favorecen a ningún mortal–, los pantalones bien sueltos, las ojotas de goma Adidas modelo Adilette usadas con medias de toalla, una remera blanca y anodina, el buzo con capucha de algodón frizado o el chaleco de polar, son sus básicos, los “must have” del look.
“Normcore” implica usar aquella ropa que solo se puede conseguir en un súper o hipermercado, esos clásicos considerados de mal gusto para los fashionistas –despojados de la gracia u originalidad suficiente para ser kitsch– por los cuales los europeos siempre se burlaron del guardarropas promedio de norteamericanos y nórdicos, en general.
Pero es justamente esta actitud “antimoda” la que favorece la trampa que terminará por aniquilarla: la autenticidad que implica el deseo de ser normal no dura más que un instante; el sistema de la moda es un monstruo hambriento e insaciable que fagocita todo lo que encuentra y lo devuelve como tendencia. En síntesis, se podría decir que comienza adoptando las prendas de uso masivo, pero termina siendo solo una pose, porque ya sabemos lo que sucede: la anti-moda rápidamente se convierte en moda otra vez.
Pasarelas. Sus propulsoras en el mundo de la moda han sido Emmanuelle Alt, directora de Vogue París y Capuccine Sayfurtlu, editora fashion de esa misma publicación. Ellas, como buenas referentes, mostraron el nuevo estilo que ya ganó también los desfiles internacionales.
Poco a poco, esta estética que nació en la calle fue asomándose a las pasarelas. Eso sucedió con las franciscanas, un ícono del “normcore”. Favoritas de los turistas por su comodidad (al menos hasta antes de la llegada de las Crocs) se convirtieron en el calzado estrella del verano boreal. Céline, Lanvin, Givenchy y Balenciaga presentaron versiones propias de este clásico y conquistaron los pies de las celebrities, como la actriz Ashley Olsen, la modelo británica Alexa Chung y Ashton Kutcher, ex de Demi Moore. Marc Jacobs, ex director de Louis Vuitton, diseñó para su propia marca buzos en tela polar. Mientras que en su colección “Ready to Wear”, Miu Miu rescató de la infancia unas camperas de tela impermeable en colores pastel, que al no tener detalles que den cuenta de la intervención de Miuccia Prada, bien podrían venderse en cualquier local o hipermercado. En definitiva, se trata de un abrigo que se salva de ser catalogado de pésimo gusto sólo porque lleva una etiqueta prestigiosa que lo ampara.
También Karl Lagerfeld, el emperador de la moda, abrazó el concepto “normcore” en su colección de Chanel otoño-invierno 2014/2015 en el Grand Palais de París, aunque de una forma subliminal. Para presentar la colección hizo desfilar a las modelos por las góndolas de un supermercado. Y mientras las prendas exudaban diseño en cada puntada, las modelos llevaban en los pies zapatillas tipo sneakers y muchas gorras de béisbol.
Un estudio recientemente publicado por Silvia Bellezza –estudiante de doctorado en la Unidad de Marketing de la Escuela de Negocios de Harvard– ha concluido que vestir el clásico jogging, ropa de deporte o zapatillas rojas en un contexto profesional, en fin, vestir normcore, hoy lleva implícito un factor de riqueza o capacidad adquisitiva. Tomando como ejemplo concretamente a un grupo de vendedoras de tiendas de lujo en Milán, el estudio dice que dichas vendedoras perciben mayor nivel adquisitivo en una mujer que entra vestida con un jogging que en una clienta vestida con traje sastre y cartera modelo Birkin de Hermès.

 

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