Economía / 20 de Agosto de 2015

La devaluación del yuan hace temer una “guerra de divisas”.

El Banco Popular abarató la moneda 3,5% y anticipó más oscilaciones en el tipo de cambio.

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DERRUMBE. De las bolsas de Shangai y Shenzhen. Más consumo que inversión.

China ha estado en las principales tapas de los diarios internacionales en las últimas semanas producto del desplome en las bolsas de Shanghai y Shenzhen: cayeron respectivamente 28y 32% en relación a su pico del año pasado. La pérdida en el valor de las acciones alcanzó los US$ 100.000 millones. En 48 horas -entre el martes 11 y el miércoles 12-, el yuan devaluó el 3,52%. Ante esta situación, muchos analistas empezaron a preguntarse si ese derrumbe no vaticinaba, en realidad, el estallido de una nueva burbuja financiera a nivel global. Es que al contexto de volatilidad, se sumó la incertidumbre sobre la performance económica de China. Desde principios de los ’90, la economía del gigante asiático creció a tasas elevadas -10% promedio por año-, pero desde el 2012 empezó a mostrar signos de desaceleración. El año pasado creció 7,4%, por debajo de la meta de 7,5%, y este año es de 7%, aunque podría ubicarse incluso por debajo, lo que representaría el menor crecimiento desde 1990. A esta desaceleración, los funcionarios la denominan la “nueva normalidad”, es decir, un período de crecimiento más lento pero de mejor calidad. Se trata de dos ciclos diferentes: entre 2005 y 2010, el principal motor de la economía china fue la inversión. Ese paradigma se está revirtiendo a favor de la expansión del consumo. De hecho, la inversión pasó de crecer 19% a solo 11% entre el 2011 y el 2014. Pese a que la clase media china está creciendo, igual que el nivel de vida de su población, el consumo de los hogares prácticamente mantuvo su ritmo de expansión. El consumo de las familias pasó de crecer 14% por año entre 2005 y 2010 a 13,4% anual entre 2011 y 2014. Por lo tanto, con una inversión desacelerándose y un consumo creciendo, el PBI chino crece a menores tasas.
La “nueva normalidad”. Esta tendencia se profundizará incluso en los próximos años. El interrogante clave gira en torno al impacto que esta nueva “normalidad” china pueda tener en el mundo. Los mercados saben que las bolsas chinas experimentaron un crecimiento sustancial desde octubre del año pasado: un gran número de agentes ingresó al mercado apalancados con deuda para comprar acciones. O sea, un proceso meramente especulativo, en un 80% inversores ocasionales. Fue por eso que, para evitar que se profundice ese proceso especulativo, el gobierno impuso a principios de 2015 restricciones al financiamiento para la compra de acciones. Más allá de las intervenciones por parte del Estado, buena parte de la caída en las bolsas estaría corrigiendo el exceso de especulación y, de hecho, no generó cambios en la política monetaria china. Una gran preocupación estuvo centrada en que este fenómeno pudiera contagiarse a la economía real. Pero para que las bolsas afecten la actividad sería necesario que se obstruya el canal del crédito o se genere un efecto de pérdida de riqueza significativo. Y ello no ocurrió. En primer lugar, porque las acciones de empresas representan apenas el 6% de la riqueza financiera de los hogares. Los ahorros de las familias se ven poco afectados.

 

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