Opinión / 26 de agosto de 2015

Se devalúa la gobernabilidad peronista

Los incidentes en Tucumán ponen en tela de juicio la solidez de los argumentos de aquellos que sostienen que Argentina sólo puede ser gobernada por el peronismo.

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Estoy cansado de los peronistas que cancherean con ser la única opción de gobernabilidad en la Argentina. Mucho más me cansan los no peronistas que suscriben esa ley no escrita de la politología local. Y no porque no tengan razón. Solo que sus razones son de tan, pero tan corto plazo que valen tanto como un peso devaluado en caída libre, que solo sirve para consumir ya, pero que en el bolsillo se deshace como la espuma.
Los rebencazos policiales y las urnas ahumadas que ensuciaron el triunfo del PJ en Tucumán son una prueba más de la baja calidad de la gobernabilidad peronista. La misma “gobernabilidad” trucha que habilitó -por acción y omisión- el avance del narcotráfico y la violencia social de los últimos años. Ni hablar de la supuesta gobernabilidad que no se anima siquiera a medir los índices de pobreza, para no avergonzar a los pobres. Y que no me vengan con el versito de la herencia maldita de los ’90, porque el menemismo también fue una “década ganada” del peronismo, con otra careta.
Es cierto que la Alianza de base radical fue una catástrofe institucional, aunque cabe recordar que su llegada al poder fue posible gracias a la famosa, y aparentemente inexorable, “pata peronista”. Y también es claro que las alternativas no peronistas hoy disponibles para el turno electoral de octubre no prometen solidez para afrontar la tormenta de fin de ciclo que se viene. Pero que los otros sean flojos, no quiere decir que el peronismo sea sólido. Y conformarse con “es lo que hay” se parece demasiado a un lento suicidio colectivo, que se parece muy poco a consolidar la democracia, y se asemeja mucho a la rendición incondicional de la voluntad popular bien entendida de vivir en un país vivible. El peronismo precisa de alternativas para oxigenarse y evitar convertirse en una maquinaria cínica de corrupción y devastación institucional.
La típica reacción negadora a este argumento es calificarlo de “gorila”. Pero se trata de todo lo contrario: si la Historia enseña que sin peronismo no hay verdadera democracia, también queda claro que sin democracia no hay peronismo. Basta recordar los golpes militares que interrumpieron el orden constitucional argentino. Ahí no hubo peronista (ni radical, ni nada) que pudiera garantizar la gobernabilidad. La bien entendida, porque a los palazos “gobierna” cualquiera.

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