Mundo / 29 de agosto de 2015

El otro yo de Tsipras

El abrupto y sorprendente giro a estribor que partió la nave de la izquierda radical griega. La lógica del capitalismo globalizado.

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La renuncia de Tsipras terminó de darle sentido a la salida de Varoufakis, el "Kicillof griego".

omo Gregor Samsa, el personaje de Kafka que se acostó siendo un hombre y amaneció siendo una gigantesca cucaracha. Así ve buena parte de la izquierda griega a Alexis Tsipras.
La noche del referéndum se acostó siendo un líder izquierdista que desafiaba al poder financiero de Europa, apoyado en el voto de su pueblo, pero amaneció siendo el ejecutor del designio “neoliberal” del conservadurismo alemán y los técnicos del FMI.
La izquierda que había apoyado el “No” al ajuste impuesto por la Unión Europea, se sacudía la resaca de su ruidoso festejo por la victoria de su joven y rebelde líder, cuando empezó a ocurrir la metamorfosis de Tsipras.
Aturdida y perpleja, no reaccionó ante los primeros y desconcertantes movimientos. Pocas horas después del escrutinio quedaba afuera del gobierno nada menos que Yanis Varoufakis, el ministro de Finanzas que llevaba años asociado con Tsipras en la elaboración de un giro político hacia las antípodas de lo que hacían los partidos tradicionales para continuar en la eurozona.
El resultado del referéndum no se condecía con la expulsión de Varoufakis, sino todo lo contrario. Al ala izquierda del movimiento Syriza y a una parte de los legisladores oficialistas, le terminó de quedar en claro el giro copernicano de Tsipras cuando, a tres días de la victoria del “No” al ajuste, el nuevo ministro de Finanzas envió a Bruselas un plan de ajuste lo suficientemente parecido al que habían rechazado las urnas griegas como para volver absurdo el referéndum que el propio primer ministro había impulsado.
El gobierno de la Izquierda Radical fue como un inmenso barco que, navegando a todo vapor, de repente acomete un viraje de 180 grados a estribor. Como lo imponen las leyes físicas, parte de la tripulación salió expulsada por la borda en dirección de la fuerza inercial, mientras que la estructura de la nave crujió y se resquebrajó, quedando al borde del naufragio.
Varoufakis y una parte de la dirigencia y los legisladores de Syriza comprendieron que Tsipras ya no pensaba como aquel estudiante de Ingeniería que militaba en las Juventudes Comunistas, hacía activismo universitario, participaba en las protestas contra la globalización capitalista y llegaba a la dirigencia de Synaspismos, partido de orientación marxista, antes de alcanzar el liderazgo de Syriza y llevar esa coalición al gobierno, prometiendo el fin de la decadente dirigencia que conducía Grecia desde la caída de la “dictadura de los coroneles”.

En rigor, el primer giro pragmático de Tsipras fue aliarse con “Griegos Independientes”, una escisión causada por Panos Kammenos a la fuerza tradicional de los conservadores: Nueva Democracia.
Kammenos no es un ultraderechista como Nikolaos Michaloliakos, de Amanecer Dorado (el partido de los neonazis) pero es un claro exponente del conservadurismo heleno. La justificación de Tsipras para establecer esa extraña sociedad política, es que con ella podría sacar definitivamente del tablero político a la dirigencia tradicional, ese establishment en el que están el Partido Socialista Panhelénico (PASOK), de la dinastía política Papandreu; el centroderechista Nueva Democracia, de la dinastía política Karamanlis, y otras fuerzas que la izquierda desprecia por ser liberales, como To Potami, el partido del liberal-socialdemócrata Stavros Theodorakis.
Tsipras no sólo no sacó del escenario a los políticos tradicionales, sino que el viraje a estribor con el que resquebrajó su gobierno y echó por la borda a dirigentes y legisladores que pasaron sin escalas del oficialismo a la oposición, lo posicionó de tal manera que su nueva política económica sólo podía sobrevivir con los votos del PASOK, Nueva Democracia y demás fuerzas del viejo establishment.
En esa situación paradójica quedó el primer ministro. Mientras en Alemania, Angela Merkel lograba la aprobación parlamentaria del nuevo socorro económico a Grecia con más apoyo de la oposición socialdemócrata que de su propio partido, en el Parlamento de Atenas, la mayor resistencia al acuerdo entre Tsipras y Bruselas provino del propio partido gobernante.
Fue entonces cuando el jefe de Gobierno decidió jugar al todo o nada, presentando su renuncia y forjando el llamado a elecciones anticipadas.
Con eso demostró una astucia maquiavélica: Grecia irá a las urnas cuando la economía esté sintiendo el alivio que le causará, en lo inmediato, el nuevo desembolso de ayuda, y antes de que empiecen los efectos dolorosos del durísimo ajuste que, para obtener ese rescate archimillonario, se comprometió a realizar.
Si le sale bien, vencerá a sus viejos adversarios y también a sus ex camaradas y ahora flamantes enemigos, como Varoufakis, quedando en capacidad de formar un gobierno que ya no será de “izquierda radical”, sino de pragmatismo centrista.

En síntesis, Tsipras creció políticamente prometiendo sacar a Grecia del euro y devolverle su antigua moneda, el dracma, para terminar con el inútil viacrucis de los ajustes; pero terminó haciendo un plan de ajuste que aplaudieron las bolsas de París y Frankfurt, además de los tecnócratas monetaristas del FMI y la derecha alemana, con el objetivo de seguir en la eurozona.
Un giro, en definitiva, similar al que dio Dilma Rousseff, a poco de iniciar su segundo mandato, respecto de lo que había propuesto en la campaña electoral para vencer al liberal Aecio Neves. Y no son los únicos. El peruano Ollanta Humala pasó del chavismo al pragmatismo liberal sin escalas, ni bien se convirtió en presidente.
¿Se trata de transfuguismo ideológico? ¿Son como Menem, que llegó a la Casa Rosada prometiendo populismo pero gobernó con María Julia y tuvo “relaciones carnales” con Washington? ¿Traicionan las ideas que habían defendido siempre? ¿Los terminó captando el sistema al que desafiaban?
Probablemente, pero también es probable que, al llegar a la cumbre del poder, hayan mirado la economía desde una perspectiva que desconocían, descubriendo como imposibles algunas de sus convicciones. Si la propia China está haciendo temblar a los países emergentes con ajustes que tienen que ver con corrimientos desde la planificación estatal hacia el mercado, no hay que pensar necesariamente en traiciones y apostasías ideológicas para entender los giros y rupturas de la izquierda griega.
Es probable que Alexis Tsipras llegara honestamente a la conclusión de que salir de la eurozona no era el paseo que siempre había imaginado, sino un salto al vacío.
Que lo entendiera tan tarde y emprendiera el giro después del referéndum que convocó argumentando todo lo contrario, explica por qué buena parte de la izquierda lo observe como si fuera Gregor Samsa, el personaje de “La Metamorfosis” que a la noche se durmió siendo un hombre y a la mañana despertó convertido en un repulsivo insecto.

 

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