Showbiz / 1 de Septiembre de 2015

Hollywood apuesta a ganar

Cada vez tarda menos en lanzar remakes de films exitosos. “Los 4 fantásticos” y la fuente inagotable de dinero.

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remakes films

El lector aficionado al cine de gran espectáculo quizás sienta alguna desorientación respecto de la celeridad con la que se generan versiones diferentes de historias y personajes. El pasado jueves se estrenó en la Argentina “Los 4 Fantásticos”, de Josh Trank, ocho años después de “Los 4 Fantásticos” y “Silver Surfer”, de Tim Story, que era la segunda de una serie que no llegó a la tercera película. El 2017, se estrenará una nueva versión de “El Hombre-Araña”, cuya última entrega fue dirigida por Marc Webb en 2013, después de haber iniciado una nueva serie en 2011, que no continuaba las tres películas de Sam Raimi con el personaje, la última de las cuales se estrenó en 2007. Los “X-Men” tuvieron dos versiones con dos grupos de actores, aunque la segunda era la “precuela” de la primera, con pocos años entre sí. A tal punto funcionó más o menos la experiencia, que en 2014 reunieron a todos los actores de ambas series en una sola película (“Días del futuro pasado”) y arrancan ahora de nuevo. De “Batman”, ya se sabe: la serie que inició Tim Burton en 1989 y que terminó (en sentido bien amplio) Joel Schumacher en 1997 fue relanzada con la dirección de Christopher Nolan en 2005. “Superman” voló por penúltima vez (con la cara de Brandon Routh) en 2006 y volvió a despegar (con nuevo origen y todo) en 2013. Sí, el asunto es vertiginoso pero es consecuencia de cómo ha cambiado el negocio del cine en las últimas dos décadas. Las razones para estas remakes o relanzamientos (el término más preciso es “reboots”, palabreja que conoce bien aquel a quien siempre se le tilda la computadora) están relacionadas con la revolución digital pero sólo en parte. También es la consecuencia de cambios en la estructura económica del cine, que se ha convertido en parte en sucursal de una enorme juguetería.
La revolución. En 1977 “La Guerra de las Galaxias” causó un terremoto en Hollywood. En primer lugar, demostró que el cine de fantasía podía volver a ser rentable –hasta entonces Disney era el mayor productor y entonces estaba en un denso eclipse– a condición de que las imágenes imaginarias parecieran reales y que se apelara a todo público posible. Lo primero implicó una enorme inversión en tecnología e incluso la investigación constante y el desarrollo de herramientas nuevas: “La Guerra…” fue el primer film realizado con una cámara que podía repetir sus movimientos de manera exacta gracias a una computadora. De hecho, el presupuesto de la película se disparó 3 millones de dólares de entonces (calcule el lector unos 50 de hoy) y pudo ser un enorme fracaso. Lo segundo que hizo la película fue definir un nuevo público, apelar al niño y al adolescente interior incluso de los adultos gracias al ejercicio de la “nostalgia” por los viejos seriales de ciencia ficción de los años 40, como “Flash Gordon”. Y lo tercero, inventar de golpe el negocio del merchandising: cuenta la leyenda que todo el mundo quería cosas con las imágenes de Darth Vader y Cía. y que se hicieron de apuro toda clase de artefactos (hoy de colección, carísimos de hecho).
De entonces a hoy sucedieron además tres revoluciones en la manera de consumir cine. La primera fue la del VHS, que llevó las películas a los hogares y comenzó a despegar al espectador de las salas. La segunda fue la de los videojuegos, que implicó la irrupción de otro tipo de entretenimiento con el que se podía relacionar el cine (se vendieron muchos ejemplares de “Star Wars”, el juego, para el histórico Atari 2600, y eso fue sólo el principio de una industria que hoy genera más dinero que el cine). La tercera fue Internet, que trajo la piratería y luego el SVOD, que combinado con los smartTV y smartphones hace que el cine sea, cada vez, menos necesario para el entretenimiento audiovisual.
Estas tres revoluciones implicaron una reconfiguración de todo el negocio del entretenimiento. La consecuencia final es que los grandes estudios productores de cine son parte de conglomerados más grandes que controlan negocios muy variados. Las películas de grandes espectáculos, los Blockbusters, pasaron a convertirse en una parte central en cuanto a la difusión de una más amplia cadena de producción y valor que incluye todos esos negocios. Disney o Warner, por ejemplo, son dueñas respectivamente de Marvel y de DC, las dos mayores casas de historietas creadoras de superhéroes. La primera es la de “Los Vengadores”; la segunda, la de “Superman” y “Batman”. Cuando se crea un film con algunos de estos personajes, la estrategia de marketing incluye todo: desde series de televisión derivadas y películas animadas para DVD y SVOD o canales de cable propios, hasta remeras, chupetes y golosinas. Lo interesante de estos personajes es que son marcas perfectamente instaladas: todos sabemos quién es Clark Kent y todos tenemos claro cómo es el escudo del Capitán América. La cuestión pasa porque el negocio de los productos derivados es mucho más grande que el de las películas, pero las películas son la excusa para inundar el mercado con productos derivados. Ergo, se necesitan películas.
En números. Pero hay un problema: cuestan cada vez más caras. El presupuesto de la primera “Batman” –utilicemos esa película como verdadero “inicio” de esta ola creciente– fue de 48 millones de dólares, e implicó ser uno de los films más caros de la historia. El presupuesto de la reciente “Los 4 Fantásticos” fue de aproximadamente 200 millones. Claro que en 1989, la entrada promedio al cine en los EE.UU. costaba 4 dólares y ahora cuesta alrededor de 10. Pero si se hace la cuenta, es simple ver que el presupuesto de los films se multiplicó por cuatro mientras que las entradas sólo por 2,5. Esto tiene una relación directa con Internet y el SVOD: el público masivo (es decir, el no cinéfilo, el que sólo ve una o dos películas al año, y que es el que decide el negocio) quiere aquello que la TV no le puede dar, y eso obliga a más tecnología, más espectáculo, más 3D y pantalla hipergigante. Consecuencia: se necesita cada vez más público, pero al mismo tiempo, dado el presupuesto, se pueden hacer menos de estos films. Los estudios tienen una apuesta a todo o nada y, para amortizar el negocio, es necesario apostar a todo negocio subalterno y a los mercados internacionales (especialmente China, hoy en vías de superar al estadounidense aunque no es fácil retirar ganancias de ese país para los productores de Hollywood). Y como instalar una marca es una apuesta riesgosísima, es mejor operar con lo que ya funcionó.
Estrategia. Entonces, el reboot, la remake y la secuela o precuela. A veces todo combinado: una de las historias más curiosas es la de la saga “Rápido y Furioso” y resulta ejemplar. De todas estas series –descontando las relanzadas o a relanzar “Jurassic Park” y “La Guerra de las Galaxias”– es la única que no proviene ni de las historietas ni de la televisión (VG Misión: Imposible) sino del propio cine. En 2001, la primera película superó los 100 millones de dólares de recaudación –una sorpresa– y se lanzó una segunda (2003) que fue menos exitosa, pero que aún justificaba una especie de maquillaje. Entonces se hizo Reto Tokio (2006) que funcionó muy bien porque el director Justin Lin hizo algo apenas parecido pero bastante diferente. Lin se quedó y decidió recuperar a los viejos personajes: entonces hizo un “reboot” con “Rápido & Furioso 4” (2009) y entonces la serie despegó. El resultado la convirtió, a partir de la quinta entrega (2011) en un éxito de culto y global. La última película –un poco teñida de elegía por la muerte del protagonista Paul Walker en pleno rodaje– costó 190 millones de dólares y recaudó en todo el mundo 1.511 millones de dólares. Es decir: lo que comenzó como un “reboot” (un relanzamiento con otros personajes), terminó como “remake” con los mismos actores y, de hecho, una nueva serie. La clave fue que el primer film se había convertido, un poco por azar, en una marca de culto.
La gran pregunta es si esta bola de nieve que recicla ad infinitum lo ya conocido tiene alguna solución, o si al menos pasará una cantidad de años prudente para que veamos una nueva versión de algo ya conocido. ¿Quién recordaba, medio siglo después, la “Scarface” original de Howard Hawks con Paul Muni al ver la “Scarface” de Brian De Palma con Al Pacino? Por cierto, estas operaciones siempre fueron parte de Hollywood: después de todo, “Tarzán” fue varias veces “relanzado” con origen y todo entre los años 30 y 40 con varios protagonistas diferentes (y ni hablar de la saga James Bond, que ha recomenzado al menos en tres ocasiones). Lo que hoy sucede es que los negocios derivados que tienen que ver con el copyright y el uso de una marca –y que es superior en miles de millones al del cine– impone otros tiempos. Hay que hacer un nuevo muñequito del Hombre-Araña y debemos justificar por qué. El problema, que afecta además a toda la producción de cine y, especialmente, al negocio de la exhibición –el que Hollywood controla de manera más férrea– parece no tener salida. Un fracaso comercial podría replantear el ciclo: “Los 4 Fantásticos” nueva lo es, pero no parece que replantee las estrategias de las productoras de cine, cuyas decisiones están integradas a los trusts que las controlan. O quizás sea cierto que aquí opera sobre todo nuestro niño interior y sólo queremos que nos cuenten la misma historia otra vez aunque con traje nuevo.

 

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