Cultura / 2 de septiembre de 2015

Mitología popular: el “Don Quijote” de Turquía

Loco y genial, a Nasrudin se le atribuyen los más famosos cuentos orientales. Fenómeno del arte espontáneo, cruza religión y filosofía.

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don quijote de turquia
MONUMENTOS. Abundan en Aksehir, su ciudad natal. También hay una estatua en la rue Galait, en Bruselas.

Akshehir, en Anatolia central, Turquía; es ni más ni menos que el centro del mundo. Bueno, eso a juzgar por las afirmaciones de su habitante más famoso. Aquel que convirtió a esta ciudad en centro de peregrinación para los buscadores espirituales. La ciudad que hizo de este hombre que decía ser el epicentro planetario, un ser tan célebre que, al igual que toda leyenda, la gente empezó a preguntarse si realmente existía.
Pero Nasrudin, a pesar de la mitología que se levantó a su alrededor cual polvo tras una tropilla, existió aunque es poco lo que se sabe. Vivió en el siglo XIII. Era, se cree, hijo del líder religioso del pueblo –el imam–. Y la mayor certeza que se tiene de su vida fue que resultó una cadena de ocurrencias memorables. Filoso, ácido, revoltoso, a las salidas de Nasrudin, el pueblo las atesoró como emblema nacional e hizo de su figura un protagonista de cuentos más reconocido en Oriente que las fábulas de Esopo, los relatos de Andersen y los hermanos Grimm, todos juntos.
Algunos lo consideran el loco más sabio de la historia. Otros lo bautizaron el Don Quijote del Islam. Año tras año, su fama empezó a expandirse, hasta China y África. Y así, sus historias, adaptadas, transformadas y repetidas se multiplicaron de a cientos –una autoridad que se ocupó en recogerlas, dice que existen 350–. Sus cuentos fueron traducidos a decenas de idiomas. La primera semana de julio la ciudad organiza un festival en su honor. La Unesco declaró el año 1996, vaya a saber uno por qué, el año de Nasrudin. Tiene, desde el 2005, un festival en las calles de Rotterdam, y una estatua levantada un año más tarde, en la rue Galait, en Bruselas. En un momento de creciente islamofobia en Europa, la figura de Nasrudin llega a acortar distancias culturales, y establecer un mismo mensaje de paz.
Hoy en día, disputan su nacionalidad media docena de naciones de Oriente. Pero mal que le pese a la competencia, los expertos indican que Nasrudin vivió y murió aquí mismo en Aksehir, a pocas horas de micro de Konya, la ciudad donde vivió y murió otro maestro, como él, Rumi, el autor del glorioso “Masnavi”, el poeta oriental más leído de Norteamérica.
Popular. No hay ser vivo –humano, claro– en Oriente que haya crecido sin escuchar jamás de boca de su abuela, su mamá, su maestra o un amigo, una historia de Nasrudin. Los libros de cuentos de Nasrudin son material de lectura en las escuelas, son soporte de tesis literarias, y son la fruta que corona los textos y discursos de los grandes maestros espirituales del mundo. Desde Gurdjieff a Osho y hasta divulgadores “new age” locales como Claudio María Domínguez y Jorge Bucay, quien en la Argentina, prologó una de las colecciones más voluminosas de cuentos de Nasrudin. “Si miras con atención verás que todos estos cuentos han sido escritos para ti”, escribió Bucay en aquel libro titulado “El mundo de Nasrudin”, una selección de Idries Shah el primer maestro en introducir sus historias en Occidente. “Quizás te parezca imposible. Quizás no quieras creerme. Y sin embargo, es la verdad: el protagonista de todas estas historias eres tú. Aquí te llamas Nasrudin”.
“Lo más llamativo de Nasrudin”, explicó el erudito húngaro Karl Kerenyi, que lo estudió en detalle, “es que resulta imposible decir cuándo termina su astucia y empieza su estupidez. O cual de las dos es la que impera”.
Hakki Burkas obtuvo su doctorado en filosofía en la Universidad de Purdue, gracias a una tesis sobre Nasrudin. Burkas analizó la figura de Nasrudin como un brujo y también un embaucador. Una figura que altera el orden. Se escabulle de toda clasificación lógica. En fin, un hombre libre. Que deambula libremente entre el cielo, la tierra y el infierno. También se ocupó de ver cómo Nasrudin revelaba el folklore de cada cultura que adaptaba sus historias, y cómo, con el tiempo, acabó convertido en un pensador globalizado. “Ni los holandeses ni los belgas que tienen un festival y una estatua con su figura, recuerdan a Nasrudin como un santo religioso”, sostiene Burkas en su tesis. “En su lugar, ambos lo recuerdan como un humorista. Nasrudin es una invitación a la pluralidad y el encuentro cultural. Y también es un brujo que guarda la puerta entre los dos mundos”.
Su nombre es un reflejo de lo que él significó: “nasr” y “din”, equivalen a “ayuda de la religión”. Y aún ayuda hoy en día. Sus historias son muñecas rusas literarias. Hay quienes se quedan con la primera impresión y encuentran que las historias de Nasrudin son casi el equivalente a nuestros chistes de gallegos. Los que se quedan en ese punto, se pierden el viaje interior al corazón de sus enseñanzas. Un torrente de lecciones secretas que, a lo largo de los siglos, los sabios del esoterismo islámico –los conocidos sufís– utilizaron para comunicar y preservar sus revelaciones del camino.
Historias. Hay relatos donde Nasrudin es el sabio del pueblo. Otras donde es pordiosero. A veces Nasrudin tiene discípulos. Y a veces lo recibe el rey con honores. Son tantas sus caras como sus moralejas. Los maestros, a lo largo de los siglos, descubrieron en Nasrudin el mejor envoltorio para preservar sus instrucciones a discípulos. Mejor que reprender directamente a alguien, advierten todos ellos, es contar un cuento. Leer o escuchar, al menos, cinco cuentos de Nasrudin, dicen los sabios, equivale a ascender de estación espiritual. Tan alta estima tienen sus relatos, en los círculos sufís en Oriente.
En Aksehir hay muñecos parlantes de Nasrudin. Hay llaveros, relojes, cucharas, espejitos y estatuitas con su imagen. Y libros, claro, en el idioma que se le ocurra. En el pueblo mismo, los comercios le rinden debido homenaje. Hasta hay un servicio de banda ancha con su nombre y uno de agua potable.
En la ciudad, silenciosa, calma y espaciada –poco más de 65.000 habitantes, la gran mayoría, como en todo Turquía, musulmanes–, hay un hombre que brinca, cabalgando sobre un palo largo por las calles y al que saludan desde los comercios. Un loco, claro. Un Nasrudin moderno. Le hubiera sacado una foto para mostrárselo, si hubiera dejado de moverse un segundo.
En el centro de la ciudad, por toda la avenida principal, edificaron estatuas que ilustran sus cuentos más recordados. Y plantaron una placa, con la leyenda de su vigencia y su irresistible atracción que se conserva aún hoy, a más de 700 años de su muerte. Al fondo de un camino florido, está su tumba bendita, el lugar donde miles de admiradores llegan a presentarle sus respetos por tanto aprendizaje y tanta risa. Queda en medio del propio cementerio de Aksehir, en un lugar de honor, rodeado de bancos, techado y enrejado. Su tumba es también, un cuento, su último cuento: las puertas de la entrada están cerradas con candado. Pero, dentro del mausoleo, alrededor, no hay paredes ni rejas, y cualquiera puede atravesarlo. Hay gente que aun cuando tiene el mundo abierto de par en par, se empeña en darse de narices contra los candados. Nasrudin debe estar aún riéndose de todos nosotros.

*Desde Konya, Turquía.

 

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