Arte / 5 de septiembre de 2015

Extrema virulencia

Se presenta la notable exhibición “La paradoja en el centro” en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires. Av. San Juan 350.

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KEMBLE. Y su “Gran pintura negra” en primer plano, en un recorrido por un rico momento de quiebre.

Con un diseño expositivo que marca pasajes y sinuosos rincones, la notable exhibición “La paradoja en el centro. Colección del Museo de Arte Moderno de Buenos Aires: Ritmos de la materia en el arte argentino de los años 60”, en donde gesto y materia dejan atrás la pintura y escultura de la modernidad, recuerda a grandes rasgos la idea postulada por Freud de “matar al padre”, para ser “uno mismo”. Sin el dramatismo de la figura metafórica del precursor del psicoanálisis, tras la Segunda Guerra Mundial muchos artistas sintieron la necesidad de romper con la pintura tal como se la conocía hasta los años 50. Inventaron nuevos procedimientos y modelos, destruyeron obras y formatos, demolieron tradiciones, crearon lenguajes, revitalizaron las expresiones artísticas.
Javier Villa, curador de “La paradoja en el centro”, propone pensar acerca de las rupturas iniciadas por artistas, como Lucio Fontana, a través de 130 piezas (de las 7.000 que posee el Museo) de los años 40 al 80, pero con foco principalmente sobre los 60. Villa incluso se pregunta si la virulencia extrema de artistas argentinos en la búsqueda de nuevos paradigmas se vincula con el hecho de ser artistas de la periferia, que se adueñan y reformulan lenguajes extranjeros. Por caso, las pinturas tajeadas y agujereadas de Fontana (a partir de 1959), que permiten ver su “espacio ilusorio” mediante perforaciones reales en el plano pintado; la muestra de “Arte destructivo” (1961) organizada por Kenneth Kemble, “La destrucción” (1963) de Marta Minujín, cuando en París incendia toda su obra, y más.
El conjunto de obras de Pettoruti, Arden Quin, Berni, De la Vega, Del Prete, Mirtha Dermisache, Raquel Forner, Alfredo Hlito, Enio Iommi, Raúl Lozza, Tomás Maldonado, Luis F. Noé, Margarita Paksa, Aldo Paparella, Federico Peralta Ramos, Mario Pucciarelli, Emilio Renart, Rubén Santantonín, Antonio Trotta, Luis Wells, y otros, irán rotando para ofrecer nuevas lecturas. Las piezas describen bien esa “apertura del arte que ya no se parece al arte, del arte contemporáneo donde todo es posible y donde los modelos autorreferentes de la modernidad desaparecieron y fueron reemplazados por libertades hasta entonces inusuales”, que señala Marcelo Pacheco, asesor del Patrimonio del Museo. Participan de esa libertad los graffiti y los “Vivo Dito” de Alberto Greco, cuando en las calles de París en 1962 “comienza a señalar personas u objetos reales en la vía pública, impulsando una percepción directa sobre lo real”; los gestos dadaístas de Federico Peralta Ramos cuyo credo podría resumirse en la caligrafía de uno de sus cuadros: “Mi vida es mi mejor obra de arte”.
En otras salas se presentan: “Episodios del Arte Moderno”, con selección de la donación al Museo del artista y coleccionista Ignacio Pirovano (1909-1980), y “Gabinete Heredia”, con 50 obras de Alberto Heredia (1924-2000).

 

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