Teatro / 5 de septiembre de 2015

Rencores en tierra de gringos

“El farmer”, de Andrés Rivera. Adaptación, dirección y elenco: Pompeyo Audivert y Rodrigo de la Serna. En el San Martín, Corrientes 1530.

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★★★★ Pudo considerarse aventurada la idea de montar una obra de teatro sobre “El Farmer”, la novela de Andrés Rivera, puesto que se trata prácticamente de un largo monólogo, el agónico testimonio de un Juan Manuel de Rosas viejo, pobre y desterrado. Pero la adaptación de Pompeyo Audivert y Rodrigo de la Serna tuvo la inteligencia inicial de poner sobre el escenario dos versiones de Rosas, el viejo y el joven, hacerlos dialogar entre sí, combatirse y reencontrarse. La prosa de Andrés Rivera, se sabe, es prodigiosa, y puesta en acción adquiere una energía propia, renovada. En primer lugar por el mismo título de la pieza: se han escrito monografías académicas para analizar la ironía de Rivera al utilizar la palabra inglesa “farmer” en lugar de, por ejemplo, granjero. Por cierto, Rosas terminó sus días en Southampton, Inglaterra, “tierra de gringos”, acosado por la pobreza y la, según él, profunda ingratitud de toda la gente a la que benefició en sus tiempos de poder. “El farmer” propone una mirada revulsiva de la Historia, emancipada de los libros de texto y también de las ideologías políticas.
La escenografía de Alicia Leloutre es oscura y sencilla: sólo un plano inclinado apenas iluminado sobre un fondo, digamos, inmemorial. Ahí, en un camastro cochambroso, Pompeyo Audivert como el Rosas viejo cultiva sus rencores contra quienes lo traicionaron y discute todavía con su adversario intelectual, Domingo Faustino Sarmiento. Sobre una pequeña mesa temblequeante escribe inútiles cartas a corresponsales indiferentes. Pero Rodrigo de la Serna, como el Rosas joven, sólo tiene que mirar al público para dar una idea de lo que significa tener poder. De la Serna “es” Rosas. La fuerza le brota desde el esternón, y puede cabalgar sobre sus territorios con una media sonrisa y un sutil movimiento de su espalda.
El vestuario de Julio Suárez es atrevido por lo clásico, y la iluminación de Leandra Rodríguez acompaña la acción con trágicos claroscuros. La música en escena, a cargo del violoncelista Claudio Peña, es un apoyo más o menos constante y algo enloquecedor, una letanía que vibra sin descanso y enfatiza un tono lúgubre que la pieza no necesita. Con la música incidental era más que suficiente.
“El Farmer” está dirigido por sus mismos protagonistas y adaptadores, Pompeyo Audivert y Rodrigo de la Serna, junto con Andrés Mangone. Es una aventura teatral ambiciosa y muy lograda, que recupera para el teatro el valor de un texto admirable, y al mismo tiempo moviliza la memoria de un pueblo.

 

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