Opinión / 13 de septiembre de 2015

¿Quién fue Carlota Joaquina?

Una reciente investigación devela la trama que pretendió llevar al poder a una princesa española, en tiempos de la Revolución de Mayo.

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INFANTA. Perfil político de Carlota Joaquina en el libro “Candidata a la corona” (Siglo XXI).

A comienzos de 1808, entre el estupor y la admiración, los habitantes de Río de Janeiro vieron desembarcar en sus costas a toda la familia reinante de Portugal acompañados por miles de cortesanos, funcionarios y miembros de la nobleza con sus enteras familias y sirvientes. Era la primera vez que la realeza pisaba tierra americana. En ese largo viaje a través del Atlántico arribaba a suelo carioca la infanta española, Carlota Joaquina de Borbón, esposa del príncipe regente de Portugal, João de Braganza, y hermana mayor de Fernando VII, rey de España desde ese año. Escapando de la ocupación de los ejércitos de Napoleón Bonaparte y protegidos por la escuadra británica, los Braganza decidieron trasladar la Corona y la sede de su imperio a Brasil, la colonia más importante que poseían.
Desde la nueva Versalles de los Trópicos, Carlota Joaquina protagonizó acontecimientos políticos de gran impacto en toda Hispanoamérica. La situación creada en España con la ocupación napoleónica y las célebres abdicaciones de los Borbones a la Corona a favor del hermano de Napoleón, José I, habilitaron a la infanta a desplegar planes y estrategias en pos de ocupar el lugar vacante que su hermano y su padre habían dejado. Dueña de un carácter audaz y decidido, y aprovechando el hecho excepcional de encontrarse en el Nuevo Mundo, la infanta no dudó en reclamar primero sus derechos a ocupar la Regencia de toda la América hispana y luego sus derechos a la sucesión del trono en España.

Las tramas políticas tejidas alrededor de Carlota entre 1808 y 1814, cuando Fernando VII fue restaurado en el trono, están surcadas de intrigas, espionaje y redes de relaciones secretas. Tales intrigas, aunque atribuidas muchas veces a la conflictiva personalidad de la princesa, fueron producto de las peculiares contingencias creadas en la coyuntura. En ese contexto, Carlota Joaquina intentó infructuosamente hacer valer su linaje dinástico para convertirse en el legítimo reemplazo de la rama masculina de una familia que, literalmente, había abandonado la Corona y todo lo que a ella le pertenecía en manos de un rey extranjero y advenedizo.
Distintas razones explican que Carlota no haya podido concretar ninguno de sus planes durante ese período. Más allá de las acciones temerarias que encarnó y de su indomable vocación de independencia, las ambiciones de la infanta chocaron con los intereses cruzados y por lo general contradictorios de los actores involucrados. Chocó con las autoridades sustitutas del rey en la península que se negaron a verse despojadas del poder asumido para entregárselo a una princesa de sangre real; con los magistrados coloniales que encontraron en la crisis de la monarquía una autonomía de gestión a la que no estaban dispuestos a renunciar; con la diplomacia británica que se oponía a que Carlota pudiera encarnar la unidad de las dos coronas ibéricas y restarle así el papel hegemónico que aquella pretendía ocupar en el orden internacional; con la Corte de Braganza y su propio marido que en un comienzo buscaron imponer a otro miembro de la familia para lograr la unidad de las dos coronas; con su condición de mujer al pretender ver reconocidos sus derechos sucesorios a la Corona frente a la vigencia de la Ley Sálica que prácticamente excluía a las hembras de la posibilidad de reinar en España. Entre los pocos apoyos que la princesa cosechó se destaca el otorgado inicialmente por algunos criollos de Buenos Aires que, liderados por Manuel Belgrano, se convertirían luego de 1810 en adalides del movimiento revolucionario.

Cuando Carlota y su marido se vieron obligados a regresar a Lisboa, en el marco de la revolución liberal nacida en Oporto en 1820, la infanta española se volcó más que nunca a incidir en la política portuguesa. Convertida en emblema del partido absolutista intervino en las encarnizadas luchas contra los liberales y en las disputas dinásticas de su propia familia. Sin resignarse nunca a ocupar un lugar secundario dentro del escenario político, la trayectoria de Carlota exhibe los entretelones de una vida que se desarrolló en diversos mundos y los dramas que experimentaron las monarquías absolutas ante el creciente desafío de la soberanía popular.

*Historiadora.

 

Comentarios de “¿Quién fue Carlota Joaquina?”

  1. En Portugal hubo una guerra civil. El conflicto consistió en un enfrentamiento entre “liberales”, bajo el comando de un príncipe usurpador y gran maestro de la masonería, D. Pedro (“el brasileño”), y “absolutistas”, reunidos en torno D. Miguel, príncipe católico, heredero legitimo de la Corona portuguesa. Resulta muy simpatico y conveniente llamarse “liberal”, identificarse con la diosa “libertad”, cuando, en realidad, lo que se pretende es darle rienda suelta a la plutocracia para que, por intermedio de sus lacayos de la partidocracia, ejerza un poder – éste sí absoluto! – sobre un nubarrón de individuos atomizados y desenraizados. De igual modo, etiquetar a sus adversarios de “absolutistas” es falsear su naturaleza, pues lo que sostenían era la monarquía tradicional portuguesa, en la qual el Rey es independiente en el ejercicio de las funciones que le son propias, siendo en esto limitado por las Leyes de Dios, las costumbres del reino, los derechos y libertades CONCRETAS de los cuerpos intermedios. Absoluto es, sin duda, el Estado liberal, aquel que, en nuestros días, cambia por decreto lo que se le antoja, incluso el propio Orden Natural, cosa a que los mal llamados “absolutistas” jamás se hubieran atrevido. Perdón por las fallas del castellano.

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