Libros / 15 de septiembre de 2015

Vivir y matar

“El nombre del juego es muerte”, de Dan J. Marlowe. La bestia equilátera, 220 págs. $ 187.

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★★★★★ Con este rescate de una novela “negra” de 1962, el sello La Bestia Equilátera cuenta ya con una minicolección sobresaliente en el género. Las dos anteriores fueron “Mi ángel tiene alas negras”, de Elliott Chaze, y “Uno es un número solitario”, de Bruce Elliott (las dos de los años ’50). A las tres las une la economía (son más bien cortas), la inventiva de las tramas, la excelencia del estilo, la extrema violencia, y finales que rozan la metafísica del estallido.
Aquí el asalto a un banco se echa a perder en las primeras páginas. Parece contado por Sam Peckinpah (o Jim Thompson), sin hacerle ascos a las muertes fríamente realizadas. El que narra es Roy Martin, el que menos duda en matar cuando se trata de salvar la vida. Otro es un sueco alto y mudo, que escapa con el botín para no complicar al “jefe” si lo atrapan.
La eficacia de ese primer capítulo empieza a cruzarse con los antecedentes infantiles y juveniles del protagonista, que explican su aislamiento del resto de la raza humana. En cuanto comienza a manejarse por su cuenta comenta: “Me sentía solo en ese cuarto. Cuando me oculto en otras partes del país, siempre tengo un perro o un par de gatos. Me gustan los animales. De la gente puedo prescindir”.
Cuando Bunny deja de dar señales de vida creíbles, Martin baja en el mapa y las cosas se complican. Un clásico de la “serie negra” es el pueblito donde se cruzan el aburrimiento y las locas pasiones, los policías corruptos, las mujeres intensas (una Buena y otra Mala), y hasta un perro fuera de serie que lo seduce por completo.
El “background” de la personalidad actual del narrador (que fascinó al psicólogo de una cárcel) se entremezcla con el avance del presente, y casi desaparece en el último tercio del libro, donde todo se mueve a más velocidad, como las moléculas en el interior de una olla a presión.
Las tres novelas terminan mal para los protagonistas. Pero Martin sigue hablando, ya convertido casi en un resto de sí mismo. Sabe que se irá de donde está alguna vez, “y será un día que nunca olvidarán”. Quiere seguir viviendo, para seguir matando.

 

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