Mundo / 14 de Octubre de 2015

Siria bajo la mira de Rusia

Con operaciones militares, Putin entró a Medio Oriente. La crispación de Obama.

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La intervención militar rusa en Siria puede desembocar en una crisis capaz de poner en peligro la estabilidad mundial, como ocurrió en 1962 en Cuba? Esa es la pregunta crucial –por ahora sin respuesta– que se plantean el Pentágono y la Casa Blanca en Washington, y las principales cancillerías europeas y del mundo árabe.
El simple interrogante pone en evidencia la enorme inquietud que creó la temeraria aventura lanzada por el presidente ruso, Vladimir Putin, que amenaza con alterar los precarios equilibrios fundamentales que existen a nivel internacional. Todos los aspectos de esa iniciativa presentan ángulos alarmantes, incluso para el propio Putin: la dinámica que puso en marcha puede volverse en su contra como un boomerang.
Esta primera operación militar rusa fuera de su “órbita natural” desde la invasión soviética de Afganistán de 1979 corre el riesgo de debilitar a Assad, prolongar la guerra en Siria, provocar una nueva crispación diplomática con Estados Unidos e incluso poner en peligro su propia estabilidad.
Como Putin respondió a un pedido de ayuda formulado por el gobierno de Bachar el Assad, la intervención en Siria no puede ser definida como una invasión abierta –como fue el caso de Georgia en 2008– ni como una injerencia proxy a través de los separatistas pro rusos, como ocurrió en el este de Ucrania a partir de 2013. Otro antecedente importante fue la anexión de Crimea, sacralizada mediante el referéndum manipulado del 27 de marzo de 2014. Esas tres intervenciones compartían la particularidad de haberse desarrollado dentro del tradicional perímetro de influencia soviética, que el Kremlin aún considera como parte del área sensible para sus intereses estratégicos vitales.
Por esa razón, los polemólogos prefieren comparar el caso sirio con el remoto precedente de la operación Chtorm-333, del 25 de diciembre de 1979, cuando los tanques del Ejército Rojo ingresaron en Afganistán para “ayudar” al nuevo presidente comunista Babrak Karmal.
Intervención. El caso sirio, aunque Assad haya pedido ayuda, constituye la primera intervención militar de la era post-soviética fuera de su esfera “natural”.
Assad decidió arrojarse en brazos de Putin para preservar la estabilidad de su régimen, que se encontraba más amenazado por sus propios aliados que por sus adversarios. Su principal protector, Irán, que siempre trató a Siria como una colonia, comenzó a cambiar aceleradamente su comportamiento después del acuerdo nuclear con Occidente, firmado el 14 de julio pasado. Por un lado, amenazó con retirar a los “auxiliares” chiítas de Irán, Afganistán, Pakistán, Irak y Líbano que combaten junto al Hezbolá o en las milicias de “voluntarios” formadas por los Guardianes de la Revolución, para esperar que el régimen cayera como un fruto maduro.
Irán nunca disimuló sus ambiciones con Siria.
En 2013 el hoyatoleslam Mehdi Taeb había reconocido que ese país “es la 25a provincia de Irán […] y una posición estratégica para los objetivos de la revolución islámica”, es decir la guerra de chiítas contra sunitas. Desde que comenzó el conflicto, el 15 de marzo de 2011, Irán multiplicó la creación de hosseiniehs (centros de enseñanza religiosa) en Damasco, Latakia y Jabla, que –con persuasión y dinero– convirtieron al chiísmo a miles de sunitas e incluso alauitas. En forma paralela, inversores iraníes comenzaron a comprar en Damasco terrenos y edificios, incluso esqueletos de viviendas destruidas por la guerra, para preparar futuros asentamientos de “colonos” chiítas. Esas operaciones, que se realizan a veces en forma directa y otras mediante intermediarios, les permitió, por ejemplo, apoderarse de casi todo el viejo barrio judío de la capital.
Al mismo tiempo, la milicia pro-iraní Hezbola controla prácticamente toda la franja sur del país junto a la frontera libanesa, donde se instalaron las poblaciones chiítas desplazadas Zabadani, Fua y Kafraya. Esa región es una suerte de micro Estado confesional que, en principio, constituye el embrión de una futura partición del país. El status de esa zona fue negociado directamente por Teherán con los rebeldes sirios y el Frente Al Nusra (versión local de Al Qaida), pero sin participación del régimen, que ni siquiera fue invitado a las conversaciones.
En ese contexto, Putin acaso pensó que –como Estados Unidos conocía perfectamente los riesgos que presentaba la ofensiva iraní– podía tolerar un aumento de la presencia militar rusa en Siria. El Kremlin especuló con que el argumento de participar en la presión contra las fuerzas del Estado Islámico (EI) le permitiría justificar el envío de una panoplia digna de una invasión.
Guerra fría. Como en todas sus iniciativas, Putin cree que el efecto sorpresa puede ayudarlo a crear un “fait accomplie” irreversible. El Kremlin post-comunista no sabe o finge ignorar que Estados Unidos tiene horror de esos gestos bruscos que pueden ocultar sorpresas desagradables. En la guerra fría se creó una línea directa entre Washington y Moscú, el llamado teléfono rojo, precisamente para evitar ese tipo de sobresaltos inquietantes.
Putin, sin embargo, no retuvo esa lección de la historia y, una vez más, omitió comunicar su intervención militar en Siria. Su primer contacto con la Casa Blanca se produjo apenas una hora antes del primer bombardeo a las fuerzas yihadistas del EI (también conocido como ISIS por su sigla en inglés o Daesh por sus iniciales en árabe).
En el corto plazo, “le fait accompli” de Putin disuade a Estados Unidos de todo intento de forzar la caída de Assad. También le impide establecer una zona de exclusión aérea (no-fly zone) sobre Siria e Irak capaz de neutralizar la acción de la aviación rusa, más interesada en atacar a las fuerzas sirias libres que luchan contra Assad que en bombardear a los yihadistas de Daesh.
Su principal interés, sin embargo, es de carácter estratégico: colocar un pie en Oriente Medio, del cual estaba virtualmente ausente desde que el presidente Anuar el Sadat expulsó a los consejeros militares soviéticos de Egipto, en 1972.
El problema para Obama reside ahora en hacer frente a la inflexión estratégica de primera magnitud que significa la intervención militar de Rusia en Siria.
Su importancia desborda el perímetro regional e incluso va mucho más allá de la relación de fuerzas entre las dos grandes potencias. Ese cambio prenuncia el comienzo de una nueva era en los equilibrios geopolíticos y de seguridad global porque Rusia está edificando en Siria un dispositivo aéreo y naval que extiende su influencia sobre el mundo árabe y amplía la fronteras de sus intereses estratégicos vitales desde el Levante, en el Mediterráneo oriental, hasta el estrecho de Gibraltar.
Será la primera vez en la historia que Rusia estará en condiciones de hacer una proyección de potencia más allá del Mar Negro. Durante la Guerra Fría, la llamada flota del Mediterráneo de la URSS sólo realizaba periódicos ejercicios en aguas que constituían, de facto, un Mare Nostrum de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Esa situación cambió ahora con la construcción de una base aérea en Latakia.
No es todo. Sus dos nuevas posiciones constituyen una seria amenaza directa para el flanco sur de la OTAN y –accesoriamente– le permiten recrear el aura de poder global que había perdido después del derrumbe de la URSS.
Su base aérea, contigua al aeropuerto comercial Bassel Al Assad de Latakia, está ubicada a 50 km de la frontera turca y la pista principal fue construida con una orientación norte-sur. Eso significa que, después del despegue, los aviones supersónicos rusos como los Flankers, que vuelan a Mach 1,2, disponen de escasos segundos para virar a fin de no penetrar en el espacio aéreo de Turquía, país miembro de la OTAN. Eso fue lo que ocurrió dos veces durante el fin de semana del 3 y 4 de octubre hasta que fueron expulsados por dos F-16 de la aviación turca.
Alerta roja. Ese incidente tal vez no fue casual. Ese tipo de errores obligan a mantener los sistemas de defensa de la OTAN en alerta roja permanente y permiten a la aviación rusa testar la capacidad de reacción de las defensas occidentales. Rusia practica ese juego del gato con el ratón en todas las fronteras aéreas de la OTAN en Europa.
En 11 meses, la OTAN contabilizó más de un centenar de incursiones aéreas rusas sobre los países escandinavos y bálticos, pero también tangenciaron –como dicen los expertos– los espacios aéreos de Gran Bretaña y Francia.
El aspecto más inquietante de esos peligrosos ejercicios reside en que el menor error de coordinación entre los ocho países que participan en los ataques contra el ISIS (Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, Jordania, Arabia Saudita, Qatar y Siria) puede precipitar un enfrentamiento aéreo de incalculables consecuencias.
“Los aviones rusos podrían haber sido abatidos en represalia”, comentó Kerry con estupor. “Ese es exactamente el tipo de actitudes que procuramos evitar”, dijo a su vez un diplomático del Departamento de Estado. “Hay graves riesgos de confrontación mundial”, reconoció el canciller Laurent Fabius el lunes 5 de octubre. “Cuando una guerra civil se convierte en conflicto regional y luego implica a las grandes potencias mundiales, es evidente que los riesgos de confrontación con graves”, precisó.
Lejos de disiparse, ese peligro se intensificará a medida que Rusia intensifique sus bombardeos contra los yihadistas porque sus aviones sobrevolarán –a distancia prudencial– las unidades de la Sexta Flota del Mediterráneo que opera frente a Siria y las obligará a mantenerse en estado de alerta permanente. Incluso forzará a Estados Unidos y Turquía a organizar patrullas a lo largo de la frontera con Siria.
Las consecuencias de la movida rusa sobre el tablero estratégico aún no están totalmente estabilizadas, aunque –si no aparece una rápida solución– pueden ser irreversibles.
Algunos analistas occidentales piensan que el principal enemigo de Putin no está en el terreno de operaciones en Siria, sino dentro de Rusia.
La insensata escalada iniciada por Putin parece estar inspirada, en buena medida, en razones de política interna. Por un lado, la situación económica del país empieza a adquirir perfiles dramáticos. La cifra más elocuente es el vertiginoso aumento de pobres, que desde comienzos de año pasó de 3,1 a 22,9 millones, según reconoció la viceprimera ministra Olga Golodets. “Uno de cada cinco rusos vive en situación de pobreza”, afirmó ante la Duma (Parlamento).
Opinión pública. Por otra parte, la intervención en Siria no cuenta para nada con el apoyo de la opinión pública rusa: 18 meses después de la anexión de Crimea, que suscitó una ola de fervor eslavo, esta intervención en un país árabe –que recuerda la humillante retirada de Afganistán en 1989, que precipitó el derrumbe del imperio soviético– tropieza con la fuerte hostilidad de la sociedad. Una gran mayoría (69%) se opone al envío de tropas contra 14% de opiniones a favor, según una encuesta del instituto Levada Center. Incluso, en los últimos días comenzaron a llegar informaciones a Moscú sobre soldados que se niegan a combatir en Siria.
Los kremlinólogos también aseguran que existe un profundo malestar en la cúpula militar por los recortes de presupuesto en los programas de rearme, así como por la improvisación y la insuficiencia de medios para llevar a cabo la operación siria.
Por eso, a fin de comprometer a todos los diputados en la decisión, Putin pidió un voto de la Duma para respaldar el envío de fuerzas a Siria.
Putin no quiere asumir solo todos los riesgos porque su situación se fragiliza aceleradamente por el deterioro de la situación económica, los excesos cometidos en el ejercicio de poder autoritario y las denuncias de corrupción que salpican a sus hombres de confianza.
Una parte del establishment político y del poder económico comenzaron a aislarlo y a tejer alianzas con sus eventuales rivales. Las evidencias más claras de esa tendencia son los ataques contra sus colaboradores más cercanos, como el vocero del Kremlin, Dmitry Peskov, denunciado por sus gastos dispendiosos durante unas vacaciones en Sicilia, donde alquiló un yate por 500.000 dólares por semana.
Vladimir Yakunin, presidente del monopolio ferroviario, debió renunciar agobiado por las acusaciones de corrupción. El diario Vedemosti denunció las dudosas actividades profesionales del oligarca Gennady Timchenko –amigo de infancia de Putin– y reveló sus dificultades financieras en Occidente desde la adopción de las sanciones contra Rusia. También hubo denuncias sobre malversaciones en el Ministerio de Asuntos Internos, cometidas por un ex guardaespaldas de Putin.
Todos esos episodios muestran que el tigre está debilitado y hasta los gatos se atreven a lanzarle zarpazos. Eso explica, acaso, su desesperada búsqueda de éxitos en el exterior para dorar su imagen en el frente interno. Si esa explicación es cierta, parece insensato colocar al mundo al borde de una crisis por el deseo de proteger su estabilidad en el poder.

 

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