Teatro / 18 de Octubre de 2015

Gólgota picnic, una propuesta virulenta y mordaz

Autor y director Rodrigo García. Con Gonzalo Cunill y elenco. Plaza de la Música, La Rioja 1150, Córdoba.

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★★★★ El tradicional, fascinante y ya ineludible Festival Internacional de Teatro Mercosur 2015, organizado por la Agencia Córdoba Cultura, con la atenta e inteligente curaduría de Raúl Sansica, programó un plato fuerte para celebrar su décima edición.
Entre los espectáculos provenientes de Francia, “Gólgota picnic”, del dramaturgo y director argentino Rodrigo García, radicado desde hace años en Europa, en su primera visita a esa ciudad, generó en el público una gran expectativa. La virulenta propuesta, atacada en ocasión de su estreno en Paris, en 2011, desde los púlpitos y rechazada por grupos católicos ortodoxos, plantea un sinnúmero de lecturas pero, básicamente, abreva en una feroz crítica a la sociedad de consumo y al liberalismo económico. Pone en duda la importancia del arte religioso como generador de conocimiento, se refiere a la soledad extrema del hombre contemporáneo y profundiza en una crítica al uso del miedo y la generación de la culpa en la religión.
Más cerca de la performance que del esquema formal de una obra de teatro, carece de personajes y diálogos, aunque en los largos soliloquios, que parecen extraídos de un libro mordaz de filosofía, pueden reconocerse fácilmente una especie de reinterpretación de algunos acontecimientos iconográficos. En ese Gólgota, donde se cuelan Sodoma y Gomorra, los oficiantes, entregados en cuerpo y alma, evocan de manera anárquica, la multiplicación de los panes que tapizan el piso del escenario, el cuerpo bañado en sangre y tapado con una sábana que plagia al Santo Sudario, la caída del ángel con la imagen proyectada de la actriz desplomándose al vacío, la creación de escenas piadosas que recrean las pinturas de Rubens y otras acciones imaginativas.
Difícil salir indemne de semejante catarata visual, plena de sarcasmo y lucidez, que culmina con el virtuoso pianista Marino Formenti, quien interpreta, totalmente desnudo, el concierto “Las siete últimas palabras de Cristo en la cruz”, de Haydn, quizás en un intento por demostrar que la única salvación está en el verdadero Arte, así con mayúscula, siempre inmune al fugaz paso del hombre y de los siglos.

 

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