Mundo / 18 de Octubre de 2015

Nobel de la Paz al Cuarteto de Diálogo de Túnez y masacre en Ankara

Premios y castigos. El error de priorizar la caída del régimen sirio.

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Mientras el norte de África y el Oriente Medio se convierten en la herida más infecciosa del planeta, un premio que normalmente no aporta mucho más que polémica, esta vez dejó de lado a los “notables” para mostrar al mundo un salvataje valioso y ejemplar.
Libia y Siria siguen siendo agujeros negros que devoran vidas y vomitan refugiados; Rusia se zambulle en la guerra que amenaza su base en Tartus; Turquía ejecuta tres bombardeos contra kurdos por uno que lanza contra ISIS; un atentado deja 128 muertos en Ankara; palestinos acuchillan a israelíes en Jerusalén y Netanyahu responde con ataques brutales, mientras los sauditas intentan convencer al mundo que la peor amenaza son los chiítas de Yemen y no los sanguinarios jihadistas que financian en el Levante para que exterminen a los seguidores de la chía y, de paso, a los alauitas, jazidíes, drusos, caldeos, asirios y siríacos.
Mirar esa parte del globo causa escepticismo sobre la condición humana. El mundo siente el ronroneo y los temblores de los volcanes a punto de erupcionar. Parece imposible que tanta muerte, brutalidad y destrucción no sean, en sí mismas, la erupción.
Pero no lo son. El estallido del Oriente Medio puede arrastrar a las potencias del Este y el Oeste a una conflagración global; algo infinitamente peor que el infierno que riega de sangre y devastación desde el Magreb hasta la confluencia del Tigris y el Eufrates en el estuario de Shatt al-Arab.
Frente a semejante deriva, uno de los pocos aciertos fue del Comité Nobel al entregar el Premio de la Paz a cuatro entidades que dejaron de lado sus actividades sectoriales para salvar a Túnez de la debacle.
Una central de trabajadores (equivalente tunecino a la CGT), una asociación de empresarios (equivalente a la AEA o la UIA) y el Colegio de Abogados, aunaron esfuerzos con la Liga de Derechos Humanos y encauzaron el diálogo nacional que la tambaleante y vaporosa institucionalidad del país magrebí ya no podía encauzar a esa altura del proceso de disolución nacional.
Fueron esas cuatro entidades las que lograron un diálogo fluido y profundo entre las dirigencias del partido islamista Enahda y el partido secular Nida al Tunis, creando una nueva Constitución y realizando un impecable proceso electoral.

Estuvo a punto de distinguir, con sentido marketinero y total inutilidad, al Papa Francisco, al presidente colombiano o a la canciller de Alemania. Pero, finalmente, el Premio Nobel de la Paz visibilizó la asunción de una responsabilidad ante la nación y la historia, por parte de entidades sectoriales que convirtieron en un ejemplo de diálogo democrático y pacificador a Túnez, el país donde empezó la Primavera Árabe con la llamada “revolución de los jazmines” que tumbó a Zine Ben Alí.
Una decisión inmensamente más útil que premiar a líderes ya suficientemente visibles gracias a la prensa que descuida otros rincones y otros esfuerzos pacificadores exitosos, aunque sean más meritorios.
El Cuarteto por el Diálogo Nacional Tunecino tiene menos prensa que el Papa diciendo obviedades sobre la masacre en Ankara o sobre la tragedia siria-iraquí. Un escenario que puede cambiar drásticamente por la intervención de Rusia.
Por cierto, Vladimir Putin realiza mas bombardeos contra las milicias “moderadas” que reemplazarían al régimen de Al-Asad con la bendición occidental, que sobre los jihadistas que decapitan y masacran en un desenfreno de crueldad.
Aún así, está claro que Moscú aprovechó el vacío dejado por Washington y Bruselas. Se equivocaron al dejarse imponer la agenda por Arabia Saudita y Turquía, países que priorizan la caída del régimen sirio, el quiebre del eje Teherán-Damasco-Hizbolá y el aniquilamiento de la mayor cantidad posible de chiítas y kurdos, antes que poner fin a las demenciales milicias que perpetran un genocidio conocido en tiempo real por el resto de la humanidad.
Los escasos bombardeos estadounidenses, australianos y franceses contra ISIS en Siria, no compensan el error de tener como aliados a monarquías que, como la saudita y la qatarí, financiaron el poderío militar que intenta erradicar de la región toda comunidad que no siga a las vertientes más radicales y oscurantistas del Islam sunita.

Posiblemente, Turquía comprendió su error cuando dos bombas le causaron la peor masacre terrorista de su historia moderna. Si bien la marcha diezmada brutalmente en Ankara era en protesta contra el gobierno y su hostilidad hacia los kurdos, el primer ministro Ahmed Davutoglu y el presidente Recep Erdogán apuntaron a ISIS.
No sospecharon ni por un instante que el régimen sirio al que tanto aborrecen pudiera estar detrás de la masacre de Ankara. O fueron fanáticos ultranacionalistas locales, que apoyan al gobierno, o fue ese engendro ultraislamista financiado con petrodólares del Golfo y al que Turquía dejó crecer, porque tiene entre sus objetivos vencer a los milicianos kurdos (peshmergas) y aniquilar la máxima cantidad posible de miembros de esa etnia siempre dispuesta a recrear el Kurdistán en el sur de Turquía, el noreste de Siria, el norte iraquí y el noroeste de Irán.
Hasta aquí, Turquía lanzó más bombas sobre las milicias kurdas que sobre los yihadistas que también masacran kurdos en Irak y Siria. La pregunta que la masacre en Ankara plantea al gobierno turco, es la siguiente: ¿si descarta que el régimen alauita esté detrás de ataques a Turquía, por qué sigue sosteniendo como prioridad en el conflicto sirio la caída de Bashar al Asad?
Si es ISIS la organización dispuesta a masacrar turcos en el mismísimo corazón de la Anatolia Central ¿por qué no aceptar que la prioridad de derribar al régimen sirio es equivocada, indujo al error a norteamericanos y europeos y sirvió a las milicias genocidas para fortalecerse y crear metástasis en Turquía y otros países de Europa?
El error allanó también el camino a Vladimir Putin para tomar la iniciativa de adueñarse del conflicto, abriéndole la puerta siria al ejército iraní y sumando al gobierno chiíta de Irak a la alianza contra ISIS y demás milicias.
Con la entrada en acción de Rusia aprovechando la inacción de la OTAN, Medio Oriente queda al filo de una guerra abierta entre sus dos bloques internos: Turquía y las petromonarquías del Golfo contra Irán, el gobierno chiíta iraquí, el régimen sirio y el chiísmo libanés.
Una guerra directa entre esos bloques arrastraría a las potencias que están detrás de cada uno: Estados Unidos y Europa, contra Rusia y China.
La osadía de Putin, o bien provoca el infierno tan temido de la Tercera Guerra Mundial, o bien consigue lo que el mundo vio en la guerra contra Hitler: rusos y norteamericanos aliados contra un régimen exterminador.

 

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