Mundo / 31 de octubre de 2015

Las razones de Francisco para posponer su visita a la Argentina

Las intrigas y embestidas que encuentra en el Vaticano. El papa en su laberinto.

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Más vale tarde que nunca. El Papa, finalmente, se dio cuenta de que había una promesa que no podía cumplir sin meterse en un berenjenal. Sabe que la visita a la Argentina es una deuda. Pero también sabe que, en su país, la política es particularmente inescrupulosa y todo se usa para escalar, mantenerse a flote o para arrojar contra el adversario. Hasta un pontífice argentino sirve para mostrarse ganador y bendecido por la gracia del santísimo.
Por eso, desde que se sentó en el trono de Pedro, la política argentina desfiló por Roma y se fotografió con él como si fuera un trofeo que certifica poder.
Los equilibrios que le impone el populismo en Latinoamérica ocupan demasiado espacio en las preocupaciones de un Papa que busca protagonismo internacional. Conflictos potencialmente tan peligrosos como el que enfrenta a hermanos eslavos en las fronteras de Ucrania y Rusia, no han recibido de su parte la atención debida.
También faltan acciones y pronunciamientos sobre cuestiones asiáticas, africanas y sobre el espantoso conflicto con epicentro en Siria, que podría convertir a Oriente Medio en escenario de una tercera gran guerra.
Muchos temas que deberían absorber la mayor parte del esfuerzo y el tiempo de un pontífice con vocación de protagonismo mundial, son relegados por otras preocupaciones. Principalmente, el oscuro internismo que genera intrigas y conspiraciones en la cúpula eclesiástica.
Las pulseadas entre las corrientes teológicas y doctrinarias, sumadas a las presiones de lobistas de las poderosas organizaciones paraeclesiásticas, en su ambición de controlar las finanzas y las licitaciones del Vaticano, ya han llegado al extremo de provocar la renuncia de un papa: el trémulo Joseph Ratzinger.
Ahora las embestidas son contra el pontífice argentino. El rumor de que Francisco tiene un tumor cerebral es una falacia pergeñada en el intramuros vaticano, con intenciones non sanctas.
En cuanto a las pulseadas en el terreno de la doctrina y el dogma, el Sínodo de la Familia fue una clara muestra de la resistencia al tibio reformismo de Bergoglio.
Logró que el documento hable de una iglesia que acompaña y comprende, en lugar de condenar y anatemizar. No es poco, porque implica otra interpretación del espíritu evangélico, que concibe a Jesús lejos del moralismo que juzga y castiga, y cerca de la sensibilidad de quien ayuda, acompaña y comprende.

Pero fue muy poco lo que logró en materia de apertura hacia los divorciados. En ese campo, sigue primando una interpretación institucionalista y autoritaria de la afirmación de que “el hombre no debe separar lo que Dios ha unido”.
Una teología que sostiene que “Dios es amor”, no se condice con la idea de que el sacramento matrimonial impartido por la iglesia es el acto de unión realizado por Dios. Se condice con la idea de que es el amor entre dos personas que deciden unirse, lo que ha sido creado. Ergo, si el amor es la unión de carácter divino entre dos personas, al cesar ese amor, es Dios (y no el hombre) quien disuelve tal unión.
Del mismo modo, si dos personas del mismo sexo se aman, sería Dios quien ha decidido esa unión. A esa interpretación teológica se contrapone un dogmatismo institucionalista que, en realidad, es guardián del poder terrenal de la iglesia. Por eso coloca el acto efectuado por la institución (el casamiento), por encima de una consideración teológica del amor.
De hecho, a lo largo de su milenaria historia, bendijo matrimonios en los que no mediaba el amor sino acuerdos entre Estados, como los que asociaban coronas y dinastías, o acuerdos económicos entre clanes y familias.
Pretender, a esta altura de los tiempos, la indisolubilidad de un vínculo sellado por una ceremonia religiosa, es poner ese acto ceremonial por encima del verdadero vínculo de origen divino según la teología cristiana: el amor.
El Papa no pretendía la corrección total de ese dogma autoritario, sino simplemente flexibilizarlo, para que la Iglesia sea un poco más comprensiva y contenedora. Pero lo que logró no parece alcanzar para esa tímida apertura.

La dura resistencia del sector más recalcitrante de la curia, así como las intrigas palaciegas y la conspiración de los lobistas internos de las organizaciones paraeclesiásticas, quitan tiempo y aportan preocupaciones al Papa. Pero también le suma preocupación el equilibrio político que le impone su país y su región, a pesar de tener problemas menos graves que el Oriente Medio, el centro y norte de África, los confines de Europa y varios rincones asiáticos.
Cuando se trata de Latinoamérica, a las cosas hay que pensarlas dos veces. Por eso el Papa había anunciado que visitaría la Argentina en el 2016, pero cuando la campaña electoral se puso al rojo vivo, entendió que también ese año será eléctricamente politizado y la visita que no hizo antes, se verá (o se usará) como un respaldo a quien sea el próximo presidente.
Más lógico y menos riesgoso es venir en el 2017, cuando el nuevo gobierno ya esté encaminado y su viaje no se parezca a una bendición política. Aunque tampoco entonces estará a salvo de que la política se cuelgue de su sotana, como Cristina y su candidato Insaurralde en aquel saludo en Río de Janeiro que terminó convertido en afiche que empapeló Buenos Aires.
Después de que, en el mismísimo Vaticano, lo hicieran posar con camisetas de La Cámpora y con dirigentes y sindicalistas de todos los colores, Francisco refunfuñó que la política argentina lo “usa” descaradamente.
El Papa sabe que la política argentina mancha. En rigor, es posible que el jefe de la iglesia haya entendido lo crucial que resulta para él tomar ciertas distancias de países donde el populismo es más agresivo cuando está en etapas crepusculares.
El otro caso es Venezuela. Al agotamiento económico se sumó la fuga del fiscal que acusó a Leopoldo López. Luego de participar en el juicio que condenó al líder opositor a trece años de cárcel, Franklin Nieves huyó del país con su familia, confesando que el gobierno chavista lo obligó a presentar una acusación basada en pruebas absolutamente falsas. “No podía dormir sabiendo que era parte de una farsa que viola los derechos de López”, dijo el funcionario judicial, después de atravesar la frontera.
Nicolás Maduro no dijo ni mu, pero el mundo ya no puede tener dudas de que el dirigente del partido Voluntad Popular es un preso político, encarcelado en una prisión militar, a través de una tramoya judicial tan creíble como la que condenó a Nicola Sacco y Bartoloméo Vanzetti. Y el Papa no podría pasar por Venezuela sin bajar su discurso de las alturas celestiales a los autoritarismos terrenales.
Eso fue lo que hizo en Cuba, pero fueron demasiados los que se lo hicieron notar.