Tecnología / 2 de noviembre de 2015

¿Sos un cibersolitario?

Una de cada dos personas dice no poder vivir sin su celular disponible a tiempo completo. Nuevos hábitos y estudios reveladores. La nueva socialización.

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La escena es bastante conocida. Se la ve a diario. Una pareja, dos adolescentes, tal vez un niño, comparten la mesa de un restaurante. Es razonable suponer que la idea de comer fuera de casa haya surgido como un programa familiar. Pero lo que se ve es que cada cual está entretenido con su smartphone o con su tablet, con el WhatsApp, Facebook, Twitter e Instagram abiertos, además de fotos y videos, si el dispositivo da y si la señal Wi-Fi del establecimiento está funcionando bien. Aunque el ambiente y los protagonistas sean otros (novios haciendo fila a la entrada de un cine, un grupo de amigos en un show, padres que esperan la salida de sus hijos en la escuela), tal tipo de comportamiento es cada vez más frecuente. Las personas están juntas, pero distantes. Están acompañadas, pero solas. Son los nuevos cibersolitarios.
Bienvenidos a la era virtual. Esa sería la primera y más obvia conclusión. En tiempos digitalmente correctos, cualquier pensamiento contrario a esto sonaría como un elogio a la “magia”, al “romanticismo”, al encantamiento con tiempos pasados. Mientras tanto, no hay ninguna magia ni romanticismo y menos aún encantamiento en el atraso y sería desubicado demonizar a los avances tecnológicos, sobre todo con el advenimiento de internet y la revoluciónque trajo consigo, especialmente en el campo de las comunicaciones.
A la vez, parece innegable que haya un punto a partir del cual las relaciones virtuales comienzan a atravesar por un camino es el opuesto al de sus principales conquistas, corroyendo las relaciones interpersonales de la gente “real”.
La psicóloga y socióloga Sherry Turkle, profesora del Instituto Tecnológico de Massachussets (MIT) comenta en su libro “Alone Together”: “La tecnología es seductora cuando lo que ofrece conecta con nuestras vulnerabilidades humanas. Y somos, en verdad, bastante vulnerables. Somos solitarios, tenemos miedo a la intimidad. Las conexiones digitales ofrecen la ilusión de que estamos acompañados, con la ventaja de que no incluyen las demandas de la amistad. Nuestra vida virtual nos permite escondernos unos de los otros, aún cuando estamos interesados en alguien más. Preferimos teclear a hablar”.
Cierta vez, durante su investigación de campo, Turkle oyó que un joven de 18 años le confesó: “Un día me gustaría aprender a tener una conversación de verdad”.
Hasta hace poco tiempo atrás, Sherry Turkle era una entusiasta absoluta del mundo digital. Durante sus estudios sobre el tema, sin embargo, pasó a identificar algunas exageraciones incómodas en la inmersión del universo digital. Eso la llevó a rever su posición, sin dejar de reconocer los beneficios de vivir en la edad de la Web. De acuerdo con la especialista, el argumento más usado por aquellos que prefieren comunicarse casi exclusivamente por medio de herramientas digitales es la posibilidad de controlar cada palabra de la conversación y, de esa manera, eliminar cualquier perspectiva de ser sorprendido (para bien y para mal).
Sensaciones. Una investigación hecha por el Pew Research Center de los Estados Unidos sobre dos mil usuarios de smartphones, mostró que nada menos que el 47% de los jóvenes que tienen entre 18 y 29 años usan el dispositivo de manera deliberada para evitar a personas que están a su alrededor, más allá de que al mismo tiempo pueda haber algún tipo de interacción entre cibersolitarios. El porcentaje disminuye conforme aumenta la edad. En la misma encuesta, el 54% del total de los entrevistados admite que el teléfono no es siempre necesario, pero el 46% advierte que no puede vivir sin él. Aún cuando el dispositivo suscite más emociones positivas que negativas (79 de cada cien consultados dijeron que se sienten más productivos con el teléfono, por ejemplo), el 57% mencionó como efecto negativo “la distracción excesiva” y el 36%, “la frustración” al utilizar el celular.
La mera presencia de un smartphone (aunque esté apagado o mudo) ya es suficiente para interferir en la calidad de la conversación de las personas, de acuerdo con lo revelado por el estudio “El efecto iPhone”, realizado por investigadores de la Universidad de Virginia Tech (de los Estados Unidos). Los especialistas observaron a cien parejas interactuar en un café durante diez minutos. Aquellas que hablaban sin la presencia de un iPhone en la mesa ponían en juego una mayor empatía y proximidad en la relación con su interlocutor.
El trabajo, hecho con voluntarios, comparó el contacto establecido entre personas que se conocían y también entre quienes nunca se habían puesto en contacto. Hasta los desconocidos que conversaban sin el smartphone comentaron que habían sentido un mayor grado de empatía del que experimentaron las parejas que sí se conocían entre sí, pero que habían estado charlando con la presencia del celular.
Para el sociólogo y abogado Stefan Larsson, director del Instituto de Internet de la Universidad de Lund (Suecia), es normal que a la sociedad le tome tiempo adaptarse y definir bien las reglas que van a orientar el nuevo comportamiento tecnológico-conectivo. “La manera en como socializamos y nos comunicamos va cambiando; mientras tanto, lo que ocurre ahora es una alteración del formato, que está yendo de la voz al texto –dice Larsson-. Tendemos a creer que la voz es algo más natural porque estamos acostumbrados a ese tipo de comunicación. El desafío es encontrar el equilibrio entre la conexión de las pantallas y el ambiente externo”.
Hay también estudios menos optimistas, que creen que las sociedades conectadas están migrando gradualmente de lo que se denominan relaciones verticales, hacia relaciones horizontales. En el modelo horizontal, los vínculos se expanden pero son más superficiales y no demandan el tiempo, la dedicación, la atención y el compromiso de las relaciones verticales, que progresan y exigen “sacrificios” para ser cultivadas. Las charlas virtuales son, en general, breves y sencillas. Raramente conllevan discusiones complejas o sentimientos más profundos.
Soledad cibernética. La hipótesis de los psicólogos es que el comportamiento cibersolitario es provocado por el ansia de establecer contactos. La desconexión total y completa, algo considerado una verdadera pesadilla para mucha gente, es la realidad de 150 personas que viven en un pueblo que se llama Green Bank, en el estado de Virginia Occidental (Estados Unidos). Allí no tienen celular, WiFi, radio, microondas ni electricidad. No se trata de una revolución campesina contra la Era Digital. El pueblo forma parte de una denominada “zona de silencio”, un área que ocupa 34 mil quilómetros cuadrados en los que cualquier dispositivo eléctrico puede interferir en el funcionamiento del Green Bank Telescope (GBT), el mayor radiotelescopio orientable del mundo.
Con 148 metros de altura, el GBT fue desarrollado para detectar ondas de radio naturalmente emitidas por organismos y cuerpos que circulan por el universo. Su sensibilidad es gigantesca: es por eso que precisa que el ambiente que la rodea no tenga grandes perturbaciones. “Nunca tuvimos WiFi. No podemos sentir la falta de una situación que jamás probamos –relata Michael Hostine, gerente del National Radio Astronomy Observatory, donde está el telescopio-. Vivir aquí es una experiencia tremendamente social. Todo el mundo habla cara a cara. Es algo que extraño cuando voy a una ciudad grande y veo a las personas en la fila del supermercado o en un restaurante sin interactuar con quienes están a su lado”.

 

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