Mundo / 8 de Noviembre de 2015

Putin y Obama: juntos o enfrentados

El conflicto de Siria puede terminar colocando a los presidentes de Estados Unidos y Rusia en la misma trinchera. La gran posibilidad que implica Viena.

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SOLUCIONES. Staffan de Mistura, enviado de la ONU para Siria, con el ruso Lavrov y el estadounidense Kerry, reunidos en Viena. Las potencias buscan terminar con el conflicto bélico y con la crisis de los migrantes en Medio Oriente.

a cuestión es acercarse a Yalta y alejarse de Versalles. La búsqueda de un acuerdo que ponga fin al infierno en Siria tiene que parecerse al que firmaron Stalin, Roosevelt y Churchill, éste a regañadientes, en la ciudad de la Península de Crimea.
Yalta reflejó un encuentro entre vencedores que, bien o mal, buscaban un equilibrio. En cambio el Tratado de Versalles reflejó el triunfalismo de vencedores embriagados de deseos de pisotear al enemigo derrotado.
El acuerdo que marcó el fin de la Segunda Guerra Mundial no fue una paz óptima ni mucho menos, pero impuso un tiempo de calma y logró que las superpotencias no se lanzaran a una tercera gran conflagración. En cambio, el tratado que marcó el fin de la Primera Guerra Mundial, al satisfacer opíparamente a los vencedores, dejó encendida la mecha corta que pronto hizo estallar la atroz continuidad de aquel conflicto mal resuelto.
Oriente Medio es el nudo gordiano del planeta. O los estadistas logran desatarlo, o sus guerras y enfrentamientos superpuestos arrastrarán al mundo a una conflagración global.
Las dos conferencias internacionales realizadas en Viena mostraron signos alentadores. La capital austriaca estuvo más cerca de Yalta que de Versalles porque la dirigencia parece entender, al menos, que para alcanzar resultados creíbles es necesario exorcizar espíritus triunfalistas que quieran a la contraparte de rodillas.
De la primera, salió el acuerdo nuclear con Irán que parece estar fortaleciendo al gobierno moderado en detrimento del clero extremista que encabeza la teocracia. Y de la segunda cumbre de Viena, es posible que salga un acuerdo que rescate a Siria de su abismo, con un entendimiento que no trate como derrotados ni al régimen de Bashar al Asad, ni a las milicias que iniciaron el conflicto tras la brutal represión gubernamental a las protestas populares iniciadas tras las caídas de Zine Ben Alín en Túnez y de Hosni Mubarak en Egipto.
Los únicos que no pueden ser parte del futuro sirio son ISIS y el Frente al Nusra. Esas milicias jihadistas son el nuevo Tercer Reich que justifica una alianza ruso-norteamericana para aniquilarlo. Tanto el actual brazo de Al Qaeda en Siria, Al Nusra, como el desprendimiento de Al Qaeda que le compite el liderazgo en el jihadismo global, o sea ISIS, incluyen en sus filas a combatientes chechenos y de otros rincones musulmanes del Cáucaso donde luchan contra Rusia y, al mismo, tiempo son ferozmente anti-occidentalistas. Por eso derrotarlos es un objetivo tanto de Moscú como Washington y sus socios en la OTAN.

Obama no cedió al suspender su anunciado ataque cuando el régimen usó armas químicas en un suburbio de Damasco. Aquel no fue un triunfo de Vladimir Putin, como dijeron muchos. El presidente Ruso tuvo que presionar a su protegido porque un ataque norteamericano podía derribarlo y, de ese modo, Moscú podía perder el régimen que le garantiza protección a su base naval en Tartus, sobre la costa siria en el Mediterráneo.
El error de Obama no fue aquella supuesta muestra de debilidad que le achacaron sus críticos dentro y fuera de Estados Unidos. Su error en Siria fue posterior: haber limitado sus ataques contra ISIS en las zonas donde los guerreros del “califato” atacan a kurdos, jazidíes, árabes cristianos y chiítas iraquíes, pero no en los frentes en los que enfrentan al ejército del régimen.
Siguiendo el deseo saudita, turco y qatarí, norteamericanos y europeos especularon con esta nueva forma de supremacismo exterminador, esperando que debilitara al régimen hasta que se desintegrara. Pero, esta vez sí, Vladimir Putin estuvo más cerca del lado correcto, o menos nocivo, interviniendo sin pedir permiso y de tal modo que pusiera a las potencias anti-Asad en una disyuntiva de hierro: o se suman a Rusia para derrotar al jihadismo genocida, o se quedan afuera de la ofensiva que puede rediseñar totalmente el tablero sirio.
La conferencia de Viena reflejó la nueva correlación de fuerzas. En las deliberaciones estuvieron, además de rusos, norteamericanos y europeos, los cancilleres de Turquía, Arabia Saudita y la República Islámica de Irán. O sea, los dos bloques que se enfrentan indirectamente en Siria, y sus respectivos protectores mayores: las potencias militares del mundo. Esas que deben decidir si la capital austriaca se parecerá más a Yalta o a Versalles.

La clave estará en entender que, en el conflicto sirio, no hay un derrotado y si hay a quién es absolutamente necesario derrotar: el jihadismo sunita que financiaron sauditas y qataríes, mientras Turquía y sus aliados en la OTAN miraban convenientemente para otro lado.
Ese bloque debería aceptar que el régimen alauita no se derrumbó ni Bashar al Asad huyó despavorido a esconderse en Rusia con la incalculable fortuna que empezó a amasar su padre, a partir de 1970, tras el golpe de Estado contra Nureddin al-Atassi y el desplazamiento de Ahmad al-Khatib.
Bashar al-Asad se quedó a resistir. Y resistió. El ejército perdió el control de buena parte del país, pero no capituló ni se disolvió. La resistencia del régimen logró conservar un corredor que va desde Damasco hasta las ciudades costeras de Latakia y Tartus, donde está la base aeronaval rusa.
Estados Unidos, Europa y sus aliados en el Oriente Medio deben admitir la férrea voluntad de resistir que hasta ahora han tenido el presidente Al Asad y su gobierno. También que, de haber elegido salvar el pellejo y la fortuna familiar refugiándose en un exilio dorado, la minoría alauita a la que pertenece su clan, así como los drusos, los árabes cristianos, los chiítas y las otras minorías protegidas por ese régimen minoritario, habrían quedado totalmente a merced del designio exterminador de ISIS.
Ni Al Asad fue derrotado, como querían la OTAN y sus aliados en la región, ni logró derrotar a las milicias como desea el eje chiíta que va desde Teherán hasta el Hizbolá libanés, y ahora, además de Damasco, también pasa por Bagdad.
El éxito de la conferencia de Viena depende de que esta realidad sea entendida tanto por los enemigos internos y externos del régimen, como por sus aliados internos y externos. El futuro de Siria reflejará un acuerdo, o seguirá devorando vidas y vomitando refugiados hasta convertirse en el agujero negro que absorba este precario orden internacional y lo convierta en caos global.
En 1977, tras la firma del Pacto de la Moncloa, que convirtió en orden democrático la “pax” impuesta por la dictadura franquista, un periodista le preguntó a uno de los firmantes si creía que ese acuerdo podía funcionar. El dirigente pensó unos segundos y luego respondió “sí; va a funcionar. Y la razón de mi certeza es que todos salimos de la negociación convencidos de que fue mas lo que concedimos que lo que obtuvimos”.

 

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