Teatro / 8 de Noviembre de 2015

Una versión que no convence

“Juan Moreira” versión y dirección de Claudio Gallardou. Con Alberto Ajaka y elenco. Teatro Cervantes, Libertad 815.

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★ Este paladín que es Juan Moreira, sucesor de Martín Fierro, similar a él en sus aventuras y desventuras, fue un mítico gaucho al que Eduardo Gutiérrez (1851-1889) convirtió en héroe novelesco. Publicada a modo de folletín, en el diario La Patria Argentina, en entregas parciales, entre 1879 y 1880, años después, la novela fue reescrita por el autor como “mimodrama” para ser representado en el circo, convirtiéndose así en la pieza fundadora del teatro rioplatense. En 1886, José Podestá encarnó el personaje por primera vez y lo transformó en su caballito de batalla, llegando a ser uno de los éxitos más importantes en la historia de la escena argentina. Llevada varias veces al cine; la última, en 1973, dirigida por Leonardo Favio, con la actuación de Rodolfo Beban, recibió la aprobación y elogios unánimes de público y crítica. La trama muestra pinceladas de la existencia del matungo, incluida una serie de tropelías y asesinatos por los cuales la Justicia lo persiguió, hasta que perdió la vida en una emboscada policial, que lo superaba en número y armamento.
La expectativa por una nueva reposición era razonable. Pero nadie hubiera imaginado que Claudio Gallardou, cabal hombre de teatro, le daría una impronta excesivamente operística a su flamante versión. Mucho menos que incluiría giros insólitos y desconcertantes en la libérrima adaptación. Por ejemplo, sin que nada lo justifique, convierte una pulpería en un tablao español y suma la interpretación de “La zarzamora”, canción que popularizó Lola Flores. También resulta incomprensible el tono seseoso que le marcó al teniente alcalde de Pablo Brichta y, en contraposición, la gravedad constante y sin matices de Alberto Ajaka en la piel del aguerrido protagonista. Ni que decir de las inverosímiles e infantiles peleas a cuchillo. En tanto el vestuario, bellísimo, luce demasiado impecable y las coreografías aunque certeras son innecesarias para el relato dramático.
Cuesta entender que tantos intérpretes y creativos talentosos, junto a la proverbial eficacia de realización que ostentan los cuerpos estables del Cervantes, se aúnen en una puesta, actuaciones y dirección decididamente fallidas. Una pena.

 

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