Mundo / 26 de Diciembre de 2015

El culebrón de Brasil

Intrigas y traiciones en el drama político que amenaza con un impeachment a Dilma Rousseff. La comparación con Collor de Mello.

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Sobre el escenario político brasileño parece desarrollarse un libreto como el de los culebrones que escriben Benedito Ruy Barbosa, Negrão Walter o João Carneiro.
En las obras de esos autores, igual que en la mitología y la dramaturgia de la antigua Grecia, grandezas y bajezas se entrelazan en historias donde priman las traiciones, los engaños, la codicia y los desenfrenos de la ambición. Ergo, tiene más protagonismo el lado oscuro de la condición humana, aunque la nobleza y el amor siempre aparecen con su rol de redención.
Esos rasgos redentores no parecen tener mucho peso en el drama político que está conmoviendo a Brasil. En el centro de la escena, Dilma Rousseff se debate entre creer o no creer en sus aliados y sus camaradas. En quién confiar, esa es la cuestión que, como una Hamlet de este tiempo, se plantea la atribulada presidenta.
La confluencia de la crisis económica con los escándalos de corrupción han convertido al Congreso en campo de batalla donde pelean desordenadamente todos contra todos; en un dantesco sálvese quien pueda que mata lealtades, alianzas, amistades, ideologías y disciplinas partidarias.
También muere la claridad sobre los hechos. ¿Quiénes son verdaderamente culpables y de qué? ¿Quiénes acusan por convicción y quiénes lo hacen por conveniencia o en defensa propia? Pero sobre todo ¿merece la presidenta estar en el centro de este drama “shakesperano” de la política del Brasil?
Lo que está claro no es que Dilma sea culpable de las acusaciones que se le hacen, sino que su liderazgo se ha evaporado en el primer tramo de su segundo mandato. Y un presidente sin poder, en el marco de una recesión profunda como la que golpea al Brasil, es un problema que se suma y agrava la situación.
De que su liderazgo se haya difuminado en tiempo récord, es en gran medida responsabilidad de sí misma. Pero la peor solución es buscar una salida jurídica a un problema político y económico. Y por momentos, da la impresión de que Brasil quiere sacarse de encima el peso que representaría la actual mandataria, soñando que sin ese peso emergerá la economía de la profundidad recesiva en la que se hunde como un Titanic.

El actual culebrón brasileño es político, mientras que el anterior comenzó en el seno de una familia aristocrática.
El único antecedente de juicio político es el que sacó del poder a Fernando Alfonso Collor de Mello. A simple vista, todo empezó cuando la prensa denunció enriquecimiento ilícito y financiación ilegal de la campaña electoral, por parte de quien había sido el tesorero de la campaña que llevó a Collor desde la gobernación de Alagoas hasta la presidencia del país. Pero en el origen, había un drama familiar.
Como en un guión de telenovela brasileña, la matriarca de un clan aristocrático había decidido los roles de sus hijos. A Pedro lo destinó a las empresas: un canal de televisión, un diario y una decena de radios. Leda Collor quería a su otro hijo, Fernando, en la política, y para eso había que librarlo de otras responsabilidades.
Lo que no calculó la madre de Pedro y Fernando, es que el hijo defenestrado de la política estallaría de celos y actuaría como Caín contra el Abel de la familia, o sea el elegido para conquistar el poder político.
Fernando llegó a la presidencia, pero su Caín filtró la información sobre los manejos truculentos de los fondos de campaña que hacía Paulo César Farías. Así estalló el escándalo que abrió el camino al “impeachment” y Collor renunció dejando la presidencia en manos de su vice, Itamar Franco, antes de que se iniciara el proceso en el Senado.
Hoy no son los celos de un hermano, sino el miedo de una legión de políticos salpicados por el escándalo del “petrolão” lo que despertó al fantasma del juicio político.
En los pasillos y despachos de los edificios que diseñó Niemeyer en la capital que creó Kubitschek, se tejen intrigas y conspiraciones de todos los colores. El terremoto político tiene epicentro en la corrupción que carcome Petrobras, pero se superpone con la crisis económica y ambas situaciones se potencian y agravan mutuamente.
La recesión debilita a la autoridad de Dilma, lo que agrava la crisis política causada por la corrupción, agravamiento que, a su vez, profundiza la crisis económica, y así sucesivamente en una escalada sin fin.

En buena parte de la sociedad, preocupada por la economía, crece la tentación de creer que mágicamente se retomará el crecimiento ni bien un juicio político saque a Dilma de la presidencia y al PT del gobierno. Eso da fuerza a la pésima idea de la solución judicial al problema económico.
El “petrolão” ha embadurnado la política, provocando el sálvese quien pueda que dejó a Dilma en medio de un fuego cruzado.
A esta altura, nadie duda que Eduardo Cunha, el titular de la Cámara de Diputados que dio el primer paso para el juicio político, actuó en venganza porque el PT no impidió que el Comité de Ética se abocara a expulsarlo de su banca y sus funciones, por la cuenta secreta en un banco suizo donde escondió cinco millones de dólares que vendrían de los sobornos que danzaban sobre la gigantesca petrolera estatal.
Aún no comenzó a funcionar la Comisión Especial que debe decidir si el Senado juzga o no a la presidenta, cuando la policía le allanó casa y oficinas al hombre que abrió paso al juicio político. De ese modo brutal, como en “La Guerra de los Roses”, la película que dirigió Danny DeVito, se está divorciando el matrimonio que el PT y el PMDB mantuvieron desde el primer día del primer mandato de Lula.
Dos dirigentes del aliado centroderechista del gobierno, Eduardo Cunha y Michel Temer, apuestan al impeachment: Cunha por venganza, o en un intento salvaje de salvarse de su propia deriva judicial, y Temer porque es el vicepresidente y, por ende, de caer Dilma él ascendería a la presidencia.
Lo que no está del todo claro es por qué la centro-derecha liberal que lideran Fernando Henrique Cardoso, José Serra y Aecio Neves atizan las llamas del juicio político.
La acusación contra la presidenta no tiene que ver con el “petrolão” ni con los otros grandes escándalos de corrupción, sino con la presunta violación de la ley de responsabilidad fiscal en el tramo final de su anterior mandato.
Quizá lo hagan convencidos de la importancia de que no se manipulen las finanzas públicas en beneficio electoral propio. Pero también es posible que teman una recuperación en el último tramo del actual gobierno. Al fin de cuentas, para corregir su derrape populista con consecuencias deficitarias, Dilma puso al frente de la economía a Joaquim Levy, un tecnócrata de matriz liberal.
El ajuste recesivo de hoy puede ser la base de un nuevo y más sólido crecimiento a partir del 2017 o 2018. Y tal vez la recuperación llegue a tiempo para revivir al hoy debilitado PT. Al menos eso temen algunos popes de la centro-derecha.

 

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