Mundo / 9 de enero de 2016

La nueva Guerra Fría

Con ejecuciones injustas, Arabia Saudita pateó el tablero para aislar a Irán y jaquear a la política norteamericana.

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Finalmente, los dos archienemigos quedaron frente a frente. El mayor de los odios y la principal pulseada geopolítica, canalizados siempre a través de otros protagonistas, ocuparon el centro de la escena y quedaron a la vista del mundo.
Arabia Saudita ejecutó injustamente a dirigentes chiítas, y los países árabes rompieron relaciones con Irán, como si las ejecuciones se hubiesen perpetrado en Teherán.
Iraníes y sauditas son la versión musulmana de lo que fueron soviéticos y norteamericanos durante la Guerra Fría. La teocracia persa y la monarquía absolutista árabe encarnan la etapa actual del viejo sisma que dividió al Islam entre chiítas y sunitas. La fractura, hecha definitiva con la muerte de Husayn Ibn Alí en la batalla de Kerbala del año 680, atravesó períodos de calma y otros de tensión.
El nieto de Mahoma continuaba la guerra de su padre contra los omeyas desde que, en la Batalla del Camello, le arrebataran el cargo de califa que ostentaba en virtud de ser primo y yerno del profeta.
Desde entonces, la chía, o sea los “partidarios” de Alí, consideraron a los califas reconocidos por la Suna (“doctores” de la “conducta” que impone el Corán) como usurpadores de la autoridad sólo merecida por los parientes asesinados de Mahoma y sus descendientes. A su vez, los omeyas y los emires suníes perseguirían a los cabecillas de la chía y a sus seguidores, acusándolos de herejía.
Las vertientes más radicales del chiísmo resurgieron cuando el ayatola Jomeini derrocó en 1979 al sha Reza Pahlevi y construyó la República Islámica. En la otra costa del Golfo Pérsico, la versión más extrema del Islam sunita reinaba desde 1932, año en que Abdulaziz bin al Saud fundó Arabia Saudita.
El creador del reino era descendiente del dúo que, en el siglo XVIII, forjó la alianza religiosa-militar para iniciar la guerra de conquista del Hiyaz y unificar los territorios donde se encuentran las santas ciudades de La Meca y Medina.
La cabeza militar de esa alianza era el emir de Diriyyah, Muhamad bin al Saud, y la cabeza religiosa era su protegido, Muhammad Ibn Abd al Wahab.
Por aquellos aliados es que el reino creado en 1932, lleva el nombre de la familia Saud y profesa el riguroso wahabismo como versión oficial del Islam.
La necesidad de inversión y tecnología para extraer y refinar el petróleo que yace bajo el desierto, hizo que Arabia Saudita naciera asociada a Estados Unidos. Pero en su vida interior, fue siempre un régimen despótico, oscurantista y medieval.

El chiísmo beligerante de Ruholla Jomeini, enfrentó rápidamente a la teocracia iraní con todos los países árabes y también con las dos superpotencias y sus respectivos aliados europeos.
El ayatola de la mirada diabólica intentó impulsar una cadena de revoluciones chiítas contra las monarquías del Golfo y contra los regímenes militares. A las primeras las desafió por ser tiranías aliadas de Occidente, y a los segundos por ser seculares y cercanos a la Unión Soviética. Paralelamente, desafiaba a los Estados Unidos lanzando ordas de fanáticos a ocupar la embajada en Teherán, y también a Moscú, ayudando a las guerrillas hazaras que luchaban contra el régimen pro-soviético en Afganistán.
Con los norteamericanos, el rencor iraní se remontaba a la colaboración de la CIA con la Inteligencia Militar británica (MI-6) en el derrocamiento del nacionalista Mussadaq. El hecho es que, desde la ocupación de la embajada, Washington impuso en Occidente que el Estado más retrógrado y fundamentalista del Oriente Medio es Irán, cuando la verdad es que, si bien la teocracia persa tiene un alto grado de oscurantismo y fanatismo, el Estado más cerrado, totalitario y brutal en la aplicación de la sharía (ley coránica) ha sido y es el principal socio petrolero de los Estados Unidos, o sea Arabia Saudita.
Por ser una monarquía absolutista que margina a la minoría chiíta, cuando la “primavera árabe” empezaba a derribar déspotas como Zine Ben Alí en Túnez y Hosni Mubarak en Egipto, los chiítas de reino saudí se levantaron contra la familia real, al mismo tiempo que se levantaba el chiísmo mayoritario en Bahrein contra la dinastía Al Jalifa. En ambos casos, la represión fue feroz y estuvo en manos del ejército.
La monarquía saudita, que en 1992 decapitó al dirigente chiíta Abdul Karim Malallah por criticar al clan Saud (lo que fue considerado “apostasía” y “blasfemia”) encarceló al clérigo chiíta Nimr Baquir al Nimr, que en las barricadas del 2011 pedía el fin de la monarquía absolutista.
El discurso del ulema era radical, pero siempre convocó a la protesta pacífica. Sin embargo, en un juicio tan justo como el que condenó a Nicola Sacco y Bartoloméo Vanzetti, lo sentenciaron a muerte “por terrorismo” junto a otros 46 activistas de aquellas protestas.
La reciente ejecución de la injusta condena puso a sauditas e iraníes en pie de guerra.

Los sismas cristianos produjeron grandes conflictos. La irrupción de la reforma protestante derivó en la “Guerra de los Treinta Años”, dentro del Sacro Imperio Romano Germánico, que ensangrentó el siglo XVII, hasta que se firmó la Paz de Westfalia.
En 1979 comenzó a generarse la versión musulmana de la Guerra de los Treinta Años. El chiísmo que planteaba la revolución en todo Oriente Medio, irrumpió en la guerra civil libanesa con Hizbolá, milicia que velozmente desplazó al chiísmo moderado que lideraba Najib Berry y tenía como brazo armado a la milicia Amal.
Pero las organizaciones engendradas en Arabia Saudita se volcaron a un terrorismo aun más lunático que el de Hizbolá. Al Qaeda, en definitiva, expresa el sunismo wahabita y está en la misma trinchera del ejército saudita en la guerra de Yemen, donde la familia Saud quiere aplastar a la milicia huti, por ser chiíta y aliada de Teherán.
Con el mismo objetivo geopolítico, las arcas sauditas financiaron la creación de ISIS para que, en Irak, combata al gobierno chiíta asentado en Bagdad, y en Siria combata a régimen de la minoría alauita que lidera de Bashar al Asad, por ser aliado de Irán.
Posiblemente, los sauditas patearon el tablero matando al imán chiíta Nimr al Nimr para obligar a Estados Unidos a desandar el acercamiento con Teherán, generado por el acuerdo nuclear y por la posterior coordinación con el ejército iraquí en la contraofensiva para expulsar a ISIS de Ramadi, de Faluya y de Mosul.
Apadrinar a Hizbolá es una muestra de los estropicios cometidos por Irán. Pero eso no hace que la República Islámica sea más oscurantista y brutal que la monarquía teocrático-totalitaria que engendró la familia Saud.
Por intereses y ambiciones hegemónicas, como las que enfrentaron a la reforma y la contrarreforma en la Guerra de los Treinta Años, los dos Estados fundamentalistas llevan décadas propiciando el odio entre sunitas y chiítas, sin que se vislumbre aún la versión musulmana de la Paz de Westfalia.

 

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