Teatro / 21 de Enero de 2016

Cuarteto actoral de lujo

“Jugadores” de Pau Miró. Con Roberto Carnaghi, Osmar Núñez y elenco. Dirección: N. Valente. Picadero, Pasaje Discépolo 1857.

Por

★★★ En el programa de mano, el autor catalán Pau Miró (1974) define la trama de su pieza: “Cuatro hombres que se acercan a los 60 años. Un barbero, un enterrador, un actor y un profesor de matemáticas. En el fondo, son jugadores: ruletas, cartas, deudas, excesos, fracasos […]. Entre los cuatro, sin embargo, cuentan una historia en común: hombres que se sienten desplazados”.
De esta manera, señala el principal problema de la obra, estrenada en Barcelona, durante la temporada 2011, que es precisamente, el exceso narrativo o expositivo. Pero no es sólo eso. Además, en un sentido dramatúrgico, a la estructura teatral le falta verdadera carnadura y progresión escénica.
Vamos por partes: a pesar de su título, no son relevantes ni las cartas de naipe ni el póker, salvo, tal vez, que la adrenalina del riesgo en el juego es la única excusa que parece reunir a estos perdedores. La acción se ubica en un solo ámbito, la cocina del pequeño sucucho en que vive uno de ellos; los distintos protagonistas no tienen nombres propios y se los identifica a través de las profesiones mencionadas. Aunados en la frustración existencial y la falta de expectativas en sus oficios, desgranan sus vidas en diálogos y rumian sus martirios en largos soliloquios hasta que deciden acometer la loca idea de asaltar un banco para tratar de salvarse.
De todos modos, lo que rescata a la propuesta de caer en el tedio es el cuarteto actoral, un conjunto de grandes intérpretes de la escena nacional, al que ya es un privilegio ver reunido, cuyas interpretaciones alcanzan un nivel sencillamente admirable al punto de enriquecer la psicología de sus personajes con mínimos detalles.
Carnaghi, como el peluquero desempleado, logra sacudir la modorra y arranca sonrisas cuando describe el plan del atraco; el gran histrionismo de Núñez, aparece en la piel del artista cleptómano de ginebra, que vive dando castings pero no consigue el reconocimiento en su profesión; conmueve Fanego, el docente acusado y humillado por un alumno y genera compasión Machín, con su sepulturero melancólico que parece extraído del mundo de Arlt.

 

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