Mundo / 23 de enero de 2016

La “ineptocracia”

La deriva chavista empieza a parecer naufragio. La oposición acepta la derrota táctica y busca una victoria estratégica aún con tropiezos.

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CONGRESO. Nicolás Maduro se presentó ante la Asamblea General para rendir cuentas de 2015 en su informe anual, bajo la atenta mirada de la gente y del presidente de la asamblea, el opositor Henry Ramos Allup.

Querían ganar una pelea por knockout, pero bajaron del ring y fueron al tablero de ajedrez para intentar, con serenidad, paciencia y concentración, llegar al jaque mate.
¿Por qué la oposición dio un paso atrás, tras haber entrado a la Asamblea Nacional como quien salta a un cuadrilátero? Porque entendió que a una guerra entre dos poderes del Estado la gana el que tiene de su lado al tercer poder. Y en Venezuela, al Poder Judicial ya lo había colonizado el Gobierno.
En la elección legislativa, la oposición logró un triunfo arrasador. Pero más que a sus candidatos, el sesenta por ciento de la gente votó contra la “ineptocracia” y el “discursivismo” de Nicolás Maduro; un presidente que llena el vacío de ideas y de producción, con cataratas de discursos. Como si la evocación de próceres y la sobredosis de frases recargadas de simbolismo ideológico, pudieran corregir la escasez de productos, la ineficiencia estatal y la hiperinflación.
El inepto presuntuoso que ocupa la presidencia, había quedado entre las cuerdas y la oposición quería noquearlo en los primeros rounds sobre el ring parlamentario. Pero un liderazgo que ha hecho de la trampa un hábito y del juego sucio una especialidad, pudo escabullirse antes de caer a la lona.
¿La clave? El Poder Judicial invalidó a tres diputados opositores, haciendo que el anti-chavismo se quede sin la contundente mayoría de dos tercios que había ganado en las urnas.
Es difícil pensar que la oposición pueda hacer fraude, porque las trampas comiciales se hacen desde el poder, no desde el llano. Pero la Justicia determinó que, en la región amazónica, los candidatos opositores ganaron de manera fraudulenta.
A la Mesa de Unidad Democrática (MUD) le tocaba decidir si marchaba a la guerra de poderes, que podía derivar en una guerra civil, o si tomaba lo que pasó como un juego en el que le tocó retroceder varios casilleros.

La MUD hizo mal varias cosas, pero hizo bien al bajar las armas y retroceder nomás los casilleros, perdiendo tres bancas y, con ellas, la mayoría de dos tercios y el gran poder que implica.
Hizo mal al colocar en la presidencia de la Asamblea Nacional a Henry Ramos Allup, un veterano del antiguo regime bipartidista al que muy pocos venezolanos extrañan. Pudieron poner alguien joven, en lugar de un “adeco” (del partido Acción Democrática), que hacía oficialismo cuando el presidente Carlos Andrés Pérez aceptaba el Plan Brady, aplicaba el feroz ajuste que imponía ese achicamiento de la deuda al precio de pagar en tiempo altísimos intereses y, finalmente, mandaba el ejército a masacrar las multitudes que habían hecho estallar el “caracazo”.
El mejor modo de utilizar la experiencia legislativa de Ramos Allup era teniéndolo de estratega, pero no como titular de la Asamblea recién elegida. La inmensa mayoría de los votantes quiso que el Poder Legislativo cambiara el rumbo del país, pero no que ese cambio sea una vuelta al bipartidismo decadente de las décadas del 80 y 90.
Lo que hizo bien la mayoría opositora, fue entender que era mejor retroceder esos casilleros, perdiendo la mayoría de dos tercios, antes que lanzarse a la guerra de poderes que propiciaban Maduro y Diosdado Cabello, el número dos del liderazgo chavista.
Para ganar una guerra de poderes hay que tener al tercer poder a favor. Lo prueban las caídas de Manuel Zelaya en Honduras y de Fernando Lugo en Paraguay. En ambos casos, los enchastres institucionales, más claramente golpista en el caso hondureño, pudieron triunfar porque tanto el vicepresidente Roberto Micheletti, en Tegucigalpa, como el vicepresidente Federico Franco, en Asunción, contaron con el apoyo de los jueces supremos.
Además, los dos pertenecían a la fuerza política del presidente al que decidieron, finalmente, desbancar. Micheletti era del gobernante Partido Liberal y Franco integraba la coalición que lideraba Lugo.
Tanto Zelaya como Lugo habían girado hacia el chavismo estando ya en el poder y no antes de alcanzarlo. El hecho es que, con dos poderes en contra, los dos presidentes perdieron la pulseada.
En Venezuela, el chavismo salió a conjurar ese riesgo ni bien terminó el escrutinio. Sin sonrojarse, el Poder Ejecutivo designó trece miembros de la Corte Suprema. Y fueron esos jueces los que impugnaron a los tres legisladores amazónicos, impidiendo la mayoría de dos tercios con que la oposición habría podido marchar cómodamente hacia un referéndum revocatorio.

En lugar de iniciar la batalla de poderes en desventaja, la mayoría legislativa eligió aceptar un triunfo de Maduro y Cabello, entendiéndolo como una derrota táctica para avanzar hacia una victoria estratégica, que es la que vale.
Sucede que la “ineptocracia” chavista está en descomposición avanzada y no da señales de recuperarse. Al contrario, las medidas que toma Maduro muestran su incapacidad de entender las razones del derrumbe económico. La designación del sociólogo Luis Salas como ministro de Economía Productiva implica, incluso para muchos economistas bolivarianos, un salto al vacío. Si el reemplazo del Estado burgués por el “Estado comunal” no revierte rápido la improductividad y el desabastecimiento, la deriva bolivariana podría detonar un enorme estallido social.
El fraude al que recurrió Maduro es ideológico: como la oposición conquistó la Asamblea Nacional, el gobierno avanza en reemplazarla por el “Parlamento Comunal” y, mientras tanto, le coloca a la legislatura existente el chaleco de fuerza que confeccionó el Poder Judicial aliado del Poder Ejecutivo.
En términos de vitalidad productiva y de vigor económico, ni Chávez ni sus herederos inventaron nada. Como en los tiempos del bipartidismo, el éxito de la revolución siempre dependió exclusivamente de que el precio internacional del crudo supere la estratósfera. Ni bien empezó a caer, asomó la debacle política del chavismo. Y si queda en los niveles actuales, el fin de ciclo bolivariano se volverá inexorable.
Desde que el petróleo pierde octanaje en el motor económico del país, a la dirigencia chavista no se le ocurrió más que denunciar complots para explicar el hundimiento. Y ahora que la deriva empieza a parecer naufragio, proclama la gran marcha hacia el “Estado comunal”, dejando la economía en manos de un sociólogo híper-estatista y articulador de ideologismos que fracasaron catastróficamente en la primer mitad del siglo 20.
Mientras la “ineptocracia” caribeña deambula en su laberinto, la oposición acepta retroceder varios casilleros ante la embestida judicial de Maduro. Los cambios que se están dando en el tablero regional también recomiendan prudencia y serenidad.
Tabaré Vázquez no es lo mismo que Mujica, Horacio Cartes no es lo mismo que Lugo ni, obviamente, Macri es lo mismo que Cristina. Para colmo, Dilma Rousseff, quien como Lula cuidó los negocios brasileños con el chavismo, parece estar convencida que, con Maduro al timón, la nave chavista no tiene más destino que el naufragio.

 

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