Showbiz / 26 de enero de 2016

Fuerza Bruta: un fenómeno de exportación

Reestrenaron su show en Buenos Aires. Las cifras y secretos del éxito que cumple 11 años. Ver fotos

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Diez brazos golpean con fuerza los tambores sobre el escenario. Los movimientos ampulosos contagian energía y cada impacto resuena en el cuerpo. El canto penetra: “Wayra que sigue soplando”, dice la arenga con la que arranca el show, en referencia al nombre de su tour mundial. En su 11º año de vida, Fuerza Bruta volvió con su propuesta a la sala Villa Villa del Centro Cultural Recoleta, su primer hogar y sede de sus temporadas porteñas. En la sala -para 500 personas- no hay butacas ni espacios definidos; la distancia con el techo se achica, las paredes cambian, el escenario se mueve, los actores saltan entre el público. La fiesta la empiezan ellos pero la siguen todos los presentes. Las escenas se suceden sin conexión literal entre sí: lo que se mantiene constante es la potencia del cuerpo. Un hombre corre sin nunca llegar a destino, mientras sortea los obstáculos que se le imponen. Dos mujeres se persiguen colgadas de un arnés, sobre un telón plateado, a los gritos. Una enorme pileta transparente desciende hasta la cabeza de los espectadores: en el agua nadan, chapotean, se deslizan cuatro bailarinas que desafían al público con su mirada, le ofrecen la palma de su mano como conexión. Una tela blanca se convierte en una burbuja al que se conecta un túnel de viento. Los bailarines bajan hacia el suelo, abrazan a sus colegas, vuelan juntos. Una murga descontrolada revolea cajas y extremidades al mismo tiempo. La expresividad rige el juego, que despliega su impacto visual.
El año pasado la compañía celebró su primera década, durante la que visitó más de 50 ciudades en tres continentes, superó las 5000 funciones y fue vista por más de 3 millones de espectadores en todo el mundo (las salas en las que se presentan en el exterior suelen tener capacidad para mil personas). “Logramos un contenido popular, universal, al que es sencillo acceder. No requiere conocimientos, intelectualidad, no hay barreras lingüísticas. Nuestro lenguaje son la música, las expresiones, el cuerpo, algo común a todos los seres humanos”, busca una explicación al fenómeno Fabio D’Aquila, coordinador general de Fuerza Bruta y uno de sus creadores, junto al director artístico Diqui James. “Tenemos una llegada directa, brutal”, dice D’Aquila.
Orígenes. La Organización Negra, fundada en 1985, fue el primer germen del movimiento que terminó con la creación de esta compañía. Dedicada a crear teatro independiente experimental, fue el lugar en el que se cruzaron James, D’Aquila, Gaby Kerpel (director musical y compositor de Fuerza Bruta) y Pichón Baldinú, luego inventor junto a James de De La Guarda, grupo que sacudió la escena local y también salió de gira por el exterior. En 2002 James y D’Aqula empezaron a trabajar en nuevas escenas, otras puestas, nuevas coreografías. Tres años después se largaron por completo al nuevo proyecto, Fuerza Bruta. Hoy la compañía tiene un show estable todo el año en Nueva York (lleva siete años sin interrupciones), uno que tiene como base Buenos Aires y otros dos que salen de gira. El año pasado, en simultáneo se presentaron en Buenos Aires, Nueva York, Budapest y Lima. En otra ocasión San Pablo, Guangzhou (China), Tokyo y Nueva York fueron las ciudades que coincidieron en el calendario. Las modalidades de contratación varían: mientras que la producción en la sede de Estados Unidos es la misma que en Argentina, Ozono, en otras ocasiones esa empresa -encargada de la comercialización de Fuerza Bruta- realiza trabajo conjunto con otras productoras o directamente son contratados por agentes internacionales que quieren llevar el show.
“Fueron creciendo diferentes oportunidades: al principio teníamos un set con el que nos movíamos. Con el tiempo nos empezaron a llamar para fiestas corporativas de empresas para lo cual creamos escenas de nuestro show en tiempos reducidos. Así armamos los pocket shows, que pueden durar alrededor de media hora”, dice Fernando Moya, responsable de Ozono Producciones sobre el formato de escenas independientes con el que estuvieron presentes en festivales de Singapur, el Zeitgeist de Budapest, el Lollapalooza de Brasil, el carnaval de Lincoln y el Cosquín Rock, en donde estarán este verano por tercera vez.
Show de exportación. Si bien la base del show que hace el Wayra Tour se conserva desde el comienzo, las nuevas escenas o recursos -como las proyecciones de video- sirven para innovar. “No teníamos material para un espectáculo completo nuevo, pero sí un montón de escenas y cosas para probar”, cuenta “Fabito”, como lo conocen todos. En los espectáculos a menor escala encontraron una manera de lograr otra exposición. El festival de la capital húngara, por ejemplo, recibió en 5 días a 400 mil personas, de las que 30 mil vieron la puesta argentina que funcionó como side show, con cuatro repeticiones al día. “Es importante sostener la facturación pero aunque no ganemos dinero nos interesan hacer cosas para mostrarnos, siempre evaluamos el beneficio posterior que te puede dar”, cuenta Moya. “Si algún año el show de Nueva York no genera ganancias no nos preocupa tanto porque son pocos los que pueden mantenerse tanto tiempo allí. Es algo que queremos seguir defendiendo, al igual que estar en Buenos Aires, nuestra ciudad”, asegura. En toda su carrera Fuerza Bruta cortó entre 2.5 y 3 millones de entradas, a un promedio de 50 dólares el ticket en el mundo, lo que resulta en alrededor de U$S 135 millones de ingresos por entradas. La facturación de Fuerza Bruta, según estima Moya, está entre los 15 y 20 millones de dólares por año. Los precios de las entradas en Buenos Aires son más accesibles que en otros sitios del mundo: entre $240 y $270 las funciones regulares, según el día, y $320 la versión DJ Night, con música en vivo. Los motivos, explican en el equipo, son la decisión de mantener un precio posible de pagar, la ausencia de costos como transporte y hotelería y la sala en la que están, que es municipal.
Los mercados a los que apuestan varían según las temporadas: China y Japón se convirtieron en terrenos lejanos en los que la chispa bruta prendió. En ciudades como Beijing, Shangai, Hangzhou, Shenzhen, Hong Kong y Tokyo se instalaron por varias semanas seguidas (hasta meses), y el público oriental respondió de manera positiva, aunque con sus propias costumbres: en la sala de Taiwan los espectadores -sin ninguna referencia del staff- decidieron pararse organizados en fila, que se desarmó apenas la energía empezó a correr. Algunos públicos tardan más en sumarse al baile pero, según cuentan, en general siempre sucede la magia.
Las distancias son una de las cuestiones logísticas a las que deben prestar atención para llegar a Rusia, Corea o México: mover los dos containers de maquinaria para un show requiere, mínimo, de un mes de navegación. Para simplificarlo, en ocasiones los equipos quedan guardados en Amsterdam o Hong Kong y desde allí van hacia la ciudad del siguiente show.
En el saludo final del espectáculo hay 19 personas sobre el escenario, entre actores y equipo técnico que participa a la vista del armado y asistencia en cada escena. En octubre del año pasado Fuerza Bruta convocó a un casting, al que se presentaron 860 personas. Quedaron 10. La convocatoria fue publicada, además de las redes sociales, en escuelas de danza, acrobacia, circo, danza, aunque la búsqueda esté más allá de las disciplinas: “No hay nadie formado para hacer el espectáculo, se aprende en los entrenamientos. Lo que buscamos es una chispa, una expresividad diferente, ganas de transmitir con su cuerpo. Eso no podemos darlo, tiene que estar”, explica D’Aquila. El staff que se presenta en Nueva York, por ejemplo, es local, con sólo dos presencias argentinas que encabezan la producción, por completo a cargo del tandem Fuerza Bruta/Ozono (hasta el año pasado se realizaba junto a una firma estadounidense).
Al terminar la función, dos actores se paran frente un banner para que el público pose con ellos para una foto. Con la vibra del show en el cuerpo, transpirados, sonrientes, reciben el abrazo de locales, turistas, chicos de nueve o abuelos. La fuerza se contagia a quien se le acerque.

 

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