Opinión / 6 de Febrero de 2016

En Europa el clima ha cambiado

El nuevo escenario europeo frente a la debacle económica y la inmigración de musulmanes.

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Ya no cabe duda de que el gran tema de nuestro tiempo es el ocaso de Europa. Se trata de un espectáculo imponente. Para algunos, lo que está sucediendo en el Viejo Continente hace recordar los días finales del Imperio Romano. ¿Exageran? Sería de esperar que sí, ya que la caída de Roma se vio seguida por más de un milenio de miseria generalizada y violencia extrema que duró hasta que, en el siglo XVIII, las condiciones de vida de una minoría creciente comenzaron a mejorar, pero en las circunstancias actuales es difícil sentir optimismo. Parecería que Europa no logró recuperarse de las heridas psíquicas que se infligió en las dos guerras mundiales y que, al perder confianza en sí misma, se dejaría llevar por corrientes socioculturales que, andando el tiempo, resultaría incapaz de contrarrestar.
Una debacle económica, agravada por la adhesión de países tan diferentes como Alemania y Grecia a una moneda común, combinada con la irrupción de millones de personas procedentes del norte de África, el Oriente Medio, Afganistán y Pakistán, de las que muchas no se proponen adoptar las costumbres de sus anfitriones, ha creado una situación que las elites dominantes no están en condiciones de manejar. Antes bien, se sienten desbordados por los problemas que están surgiendo a su alrededor. Es por tal motivo que tantos temen que en los meses próximos, la cuna de nuestra civilización sea el escenario de acontecimientos dramáticos.

Personajes como François Hollande y David Cameron, mandatarios de los dos países de la Unión Europea que aún poseen una capacidad militar respetable, ya sabían que en otras partes del mundo, como Rusia y el Oriente Medio, los hay que no comparten la convicción en la que se basa “el proyecto europeo”, acaso la obra cumbre de la Ilustración de dos siglos antes, de que no tiene sentido gastar en poder militar porque la guerra nunca soluciona nada, pero han preferido no presionar a sus socios para que aporten más a la defensa común.
Sin embargo, los servicios de inteligencia europeos dan por descontado que el Estado Islámico y sus aliados, los “lobos solitarios” que se conectan con los estrategas e ideólogos del “califato” a través de internet, cometerán más ataques como aquel que, en noviembre pasado, mató a más de un centenar de personas en el centro de París. Los yihadistas mismos advierten que pronto llevarán a cabo uno tan sanguinario que “hará olvidar el del 11 de septiembre”, cuando derribaron las Torres Gemelas de Nueva York con tres mil víctimas fatales. ¿Propaganda? ¿Guerra psicológica? Son plenamente capaces de perpetrar cualquier atrocidad. Huelga decir que los islamistas también tienen los ojos puestos sobre España; según ellos, una vez destruido Israel, se encargarán de reconquistarla.
Aunque los europeos tienen el poder suficiente como para aplastar el Estado Islámico en Siria e Irak, además de estar en condiciones de detectar para entonces detener a todos los guerreros santos que se encuentran en lo que sigue siendo su parte del mundo, sus propios principios les impiden hacerlo. Quieren creer que Europa ha dejado atrás los tiempos en que los distintos países subordinaban todo a los esfuerzos bélicos, bombardeando ciudades sin preocuparse por el destino de los habitantes civiles, pero puede que pronto se vean obligados a tomar más en serio el peligro planteado por los yihadistas que, como es natural, se mofan de la voluntad de sus enemigos de respetar un código de conducta apropiado para tiempos de paz. Asimismo, la debilidad anímica de los infieles los ha ayudado a reclutar miles de musulmanes que se criaron en países como Francia, Bélgica, el Reino Unido y Alemania.

Con todo, para los dirigentes europeos el peligro de que resurja la “ultraderecha” es mayor que la amenaza planteada por los islamistas. Creen que la Unión Europea podría desintegrarse, pulverizada por las pasiones nacionalistas que sus fundadores querían sepultar para siempre. A diferencia de los progresistas latinoamericanos que se las ingeniarían para reivindicar los nacionalismos locales en nombre del antiimperialismo y el derecho a “la identidad”, sus equivalentes europeos se esforzarían por suprimirlos. Cometieron un error; mal que bien, para muchos sentirse miembros de una comunidad nacional, por arbitraria que sea en opinión de los escépticos, es un asunto muy importante. Por lo demás, no han prosperado los intentos esporádicos de crear una identidad paneuropea.
En Europa, mucho ha cambiado en las semanas últimas. Para sorpresa de nadie salvo los integrantes de la versión transatlántica del “círculo rojo” denostado por Mauricio Macri, la decisión unilateral de Angela Merkel de dejar entrar a todos los necesitados de la Tierra, de tal modo mostrándole al mundo que la Alemania actual ha roto definitivamente con un pasado pesadillesco, está teniendo consecuencias muy diferentes de las previstas por la “mujer más poderosa de Europa”. Los países ex comunistas no quieren saber nada de “cuotas”, aunque algunos han dicho que dejarían entrar algunos refugiados sirios o iraquíes con tal que sean cristianos o, tal vez, yazidíes. Como aclaró el presidente de la República Checa, Milos Zeman, un izquierdista para más señas, en su opinión los musulmanes no caben en Europa ya que es “prácticamente imposible” integrarlos y lo que está en marcha es una “invasión organizada”.
Zeman y otros mandatarios de la Europa central ex comunista no son los únicos que piensan así. Un tanto tardíamente, hasta el gobierno de la “superpotencia humanitaria”, Suecia, llegó a la conclusión de que no será posible asimilar a todos aquellos que ya se encuentran en su país, razón por la que dice que echará a “80.000” que a su entender no tienen derecho a pedir asilo. Mientras tanto, bandas de vigilantes enmascarados se han puesto a hostigar a gente de tez poco nórdica de Estocolmo; en la vecina Finlandia, los “hijos de Odín” – una deidad nada finesa–, están haciendo lo mismo.
En Alemania, la rebelión contra Merkel está cobrando fuerza; la líder de un partido contrario a la inmigración no controlada vio subir sus acciones cuando dijo que la policía debería impedir el ingreso de ilegales “en caso de necesidad, haciendo uso de su arma de fuego”. En Dinamarca, el gobierno se convirtió en blanco de críticas furiosas al insistir en que, antes de disfrutar de la protección de los servicios sociales, los refugiados o migrantes económicos tendrían que entregar sus bienes “sin valor sentimental” a las autoridades como ya hacen todos los daneses que necesitan depender de subsidios. Y, lo que es más ominoso todavía, en Bruselas se habla de la supuesta necesidad de poner Grecia en cuarentena, construyendo un muro en Macedonia para que un país ya devastado por la crisis económica se encargue de todos los refugiados que Turquía le está enviando.

Para muchos, la hora de la verdad sonó poco antes de la medianoche del año nuevo. En Colonia, Hamburgo, Helsinki y otras ciudades, miles de hombres jóvenes de origen presuntamente norafricano se divirtieron atacando a las mujeres europeas que lograron atrapar, rodeándolas, manoseándolas y, en algunos casos, violándolas, sin que la policía local se animara a actuar. Según los expertos en tales cosas, se trata de un juego muy popular en ciertos países árabes que se llama “taharrush”. Igualmente fea desde el punto de vista de los contrarios a tales modalidades culturales fue la reacción de las autoridades políticas y los medios periodísticos principales que, durante días, intentaban pasar por alto lo que había ocurrido por temor a desatar una ola de xenofobia. Como resultado, en toda Europa está ampliándose con rapidez la brecha que se da entre el establishment progresista y empresario por un lado y, por el otro, la gente que se siente traicionada no sólo por sus gobernantes sino también por quienes se creen moralmente superiores.
El historiador Edward Gibbon atribuyó la caída de Roma a la influencia del cristianismo, las invasiones bárbaras y el fracaso de los intentos muy costosos de derrotar a los persas. También hizo su aporte la demografía, lo que algunos han calificado del “suicidio biológico de las clases aristócratas romanas” que, como los europeos actuales, no querían tener familias numerosas.
Aunque hoy en día el cristianismo es una pobre sombra de lo que era, desempeñan el mismo papel que los clérigos de otros tiempos intelectuales prestigiosos que se especializan en la autocrítica; “los bárbaros” serían aquellos que se formaron en tradiciones culturales ajenas; una vez más, el Oriente plantea una amenaza al Occidente y, desde luego, muchos pueblos europeos han optado por el “suicidio biológico”.
En efecto, la idea de que, para sobrevivir intacta un par de generaciones más, Alemania necesitaría rejuvenecerse mediante la inmigración masiva, dio a Merkel un pretexto de apariencia racional para hacer lo que hizo. ¿Y la cultura, la educación, la capacidad profesional?
En el pasado no muy lejano, todos los países discriminaban rigurosamente entre los deseosos de inmigrar a fin de minimizar el riesgo de conflictos étnicos o sectarios, pero al difundirse la convicción de que los prejuicios así manifestados son propios de reaccionarios xenofóbicos, un gobierno tras otro decidió desmontar los filtros tradicionales, de ahí el gran experimento multicultural que, para alarma de muchos europeos, parece destinado a terminar mal.

 

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