Mundo / 6 de febrero de 2016

Putin, el sospechoso

El sísmico significado de que el presidente ruso haya sido señalado por un juez británico como instigador de un crimen.

Por

Cruzaba el puente Waterloo cuando un hombre que pasó a su lado le pinchó la pantorrilla con la punta de su paraguas. Aceptó las disculpas del transeúnte por ese hecho aparentemente accidental, pero un par de horas más tarde, Georgi Markov se retorcía de dolor.
Tres días después, murió aquel dramaturgo búlgaro que se había exiliado en Londres. La nomenclatura encabezada por Todor Zhivkov, había enviado al agente más letal de la Darzhavna Sigurnost (Seguridad del Estado) para asesinar al célebre disidente.
Finalmente lo logró, gracias a que el KGB entrenó un agente de Bulgaria para inyectarle ricino en una cápsula del tamaño de una cabeza de alfiler.
Muchos disidentes y espías del orbe comunista fueron envenenados, como Georgi Markov sobre un puente del Támesis. Otros recibieron el veneno de diferentes modos. Lo que está claro desde mediados de la Guerra Fría, es que si una persona enemistada con el poder soviético, de repente empezaba a agonizar sin que los médicos detecten el mal, lo lógico era sospechar de envenenamiento.
Sucede que los químicos del KGB eran expertos en producir venenos imperceptibles. Tan expertos que, finalmente, bastaba con que alguien muriera sin que se entienda de qué, para saber que lo había asesinado el espionaje con sede en Lubyanka, aquel inmenso edificio moscovita donde estaba el cuartel general del KGB.
Como a Georgi Markov, el ex espía ruso Alexander Litvinenko fue envenado en Londres. Llevaba seis años de exilio, por haber denunciado que el Kremlin ordenó al FSB (inteligencia rusa) que asesinaran al magnate opositor Boris Berezovsky.
Trabajaba para Scotland Yard y el MI-6 en la lucha contra las mafias rusas. En ese rubro, asesoraba también al CNA (servicio de inteligencia español). Pero ni toda la experiencia acumulada en el cuerpo de contrainteligencia ni lo que aprendió en la Academia de Inteligencia Contramilitar, aunque le permitió escribir libros como “Terror desde adentro” y “Grupo criminal Lubyanka”, lo ayudó a detectar el plan puesto en marcha por el FSB para eliminarlo.
Ya agonizaba cuando le cayó la ficha de que había sido envenado durante una reunión infiltrada por el Servicio Federal de Seguridad, sucesor del KGB.

Por aquella gota de Polonio 210 que pusieron en el vaso de Litvinenko, un juez británico se atrevió a señalar nada menos que a Vladimir Vladimirovich Putin, el nombre que había mascullado en su lecho de muerte el agente que más denuncias por corrupción y por crímenes hizo contra el jefe del Kremlin y contra el ex KGB.
Es lógico sospechar del presidente ruso. Antes de escalar hasta la cima del poder, había sido espía. Cumplió funciones en la Stasi en Alemania Oriental y después había usado sus manejos secretos y non sanctos para tapar los desfalcos de Tatiana, la hija más corrupta de Boris Yeltsin, el presidente que lo catapultó, a cambio de que lo protegiera del asedio judicial para que salir del Kremlin no le implicara ir a la cárcel.
El juez Robert Owen sabe lo que implica internacionalmente señalar que el presidente de Rusia habría aprobado la operación para asesinar a Litvinenko, operación que planeó el jefe del FSB Nikolai Patrushev en el 2006, el mismo año del asesinato de Ana Politkovskaya.
A la periodista que denunció los crímenes de guerra ordenados por Putin contra el independentismo en Chechenia, le habían envenado el café que le sirvieron en el avión que la llevaba a Beslán, la capital de Osetia del Norte, pero sospechó al dar un pequeñísimo sorbo, y sobrevivió. De todos modos, un par de meses más tarde la acribillaron a balazos en el ascensor del edificio en el que vivía en Moscú.
La lista de baleados, envenenados, “accidentados” y “suicidados” (como le sucedió al magnate Boris Berezovsky, al que encontraron ahorcado en el baño de su residencia londinense) llegó a ser demasiado larga como para no sospechar que es en el Kremlin donde se decide sobre la vida y la muerte de todo aquel que, de una manera u otra, desafía el inmenso poder del nuevo zar de todas las Rusias.
Aún así, resulta políticamente sísmico que un juez británico haya mencionado a Putin como presunto autor intelectual de un crimen. No se trata del dictador de un país marginal, como Omar al Bashir, el presidente de Sudán que no puede salir de ese país africano porque lo encarcela la interpol. Se trata del presidente de una potencia gigantesca y protagónica. Aunque la caída del precio internacional de los hidrocarburos redujo su peso en la economía mundial, Rusia sigue siendo Rusia. Un gigante que puede sacudir al mundo.

El hombre que agonizó en un hospital inglés, acusando de su muerte a Putin, llevaba tiempo haciendo denuncias que parecían desmesuradas. Según Litvinenko, el FSB está detrás del asesinato del primer ministro armenio Vazgen Sargsyan; cometió atentados que provocaron masacres de rusos para culpar al terrorismo caucásico; introdujo dos agentes (Abdul “el Sangriento” y Abu Bakar) en el comando terrorista que ocupó el Teatro Dubrovska de Moscú; causó en el 2005 el revuelo por las caricaturas de Mahoma que publicó el diarios danés Jyllands-Postem y otras barbaridades.
Muchas veces, no pudo probar mínimamente las suposiciones que convertía en resonantes denuncias. También dejó dudas su supuesta conversión de último momento al Islam. Pero más dudas dejó el sorpresivo giro en la posición de su padre.
Primero, había acompañado la denuncia de que Putin estaba detrás del asesinato por envenenamiento. Sin embargo, al trascender que su hijo trabajaba para la inteligencia británica, retiró su acusación y guardó silencio.
Esa traición de un padre a un hijo asesinado, parece llevar la marca atroz de las amenazas del Kremlin. La paranoia puede haber llevado a Litvinenko a ciertos delirios. Pero el núcleo de lo que fueron sus denuncias, sumado al conocimiento por dentro del FSB que tenía por sus años de pertenencia al espionaje, alcanzaba y sobraba para que el presidente ruso deseara verlo muerto.
El juez Owen se atrevió a mencionar a Vladimir Putin en el informe sobre cómo va perfilándose su denuncia. Y no es el único dedo acusador que apuntó hacia el despacho principal del Kremlin. La CIA ya dejó trascender que acumuló mucha información que probaría un monumental enriquecimiento ilícito del ex espía que gobierna Rusia.
No suena extraño. Vladimir Putin creó el esquema por el cual otorgaba licitaciones archi-millonarias a empresarios amigos, a cambio de que invirtieran parte de las exorbitantes ganancias en la compra de medios de comunicación, para que apoyen su gobierno y ataquen a sus críticos y adversarios.
Ese esquema se replicó en varios populismos latinoamericanos, añadiendo el testaferrato de los empresarios bendecidos por la obra pública direccionada. Si lo hicieron los discípulos, por qué no lo haría el maestro.

 

2 comentarios de “Putin, el sospechoso”

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *