Cultura / 9 de febrero de 2016

Rubén Darío, el poeta rockstar

A cien años de su muerte, se revaloriza su literatura y su aceptación popular.

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TESTIMONIO. Ya consagrado, el poeta dicta su autobiografía, reflejo de un tiempo en que la poesía era popular.

En el “ABC de la lectura”, el poeta Ezra Pound propuso agrupar a los escritores en varias categorías: los inventores, que cada tanto renuevan las formas estéticas; los maestros, que son quienes perfeccionan los nuevos métodos; y los epígonos, esos eternos repetidores de fórmulas, que aprenden la receta y aplican concienzudamente los ingredientes justos.
Por supuesto, hoy nadie dudaría en ubicar al nicaragüense Rubén Darío, el “príncipe de las letras”, de cuya muerte se cumplen en 2016 cien años (el 6 de febrero), en la primera categoría. Porque pese a las reconocidas influencias de parnasianos y simbolistas franceses como Verlaine, la renovación de la poesía hispanoamericana que produjo ha tenido pocos parangones.
Sin embargo, no siempre ha sido visto así. Digamos que pertenecer a esa categoría de “inventores” suele ser complicado: no es algo que se elija —al menos desde esta visión “quasi” calvinista de la literatura—, y en general acarrea varios riesgos. Uno de los más comunes suele ser el de la incomprensión: el célebre tópico del “genio incomprendido”, en el que, por cierto, se suelen reconocer sólo quienes son meramente incomprendidos. Los auténticos, se sabe, suelen rehuirle a ese rótulo, y a cualquier otro también. “Usted es un genio”, le dijeron una vez a Borges, y este respondió: “No crea, son calumnias”.
En el caso de Darío, si bien gozó de una popularidad casi de “rockstar”, diríamos hoy, fue atacado con una irreverencia excesiva, por momentos brutal. Por supuesto, entre los críticos y escritores siempre suele haber rencillas y mezquindades, pero el antidarianismo —que por momentos ha sido casi un deporte— en ocasiones estuvo más cercano al “bullying” literario que a la crítica. En general, se lo acusaba de afrancesado, o le advertían una propensión a una retórica del ornamento insustancial; aunque algunos iban más lejos y llegaban a burlarse incluso de su hombría, o de su conocida inclinación al vicio espirituoso de su querido Baco.
Nunca, sin embargo, le acertaron con la etiqueta: en sus textos ha dejado pistas confusas con las que han tropezado varios tropeles de incautos. Como escribió alguna vez el poeta Daniel Freidemberg, su obra resulta por momentos contradictoria —lo que, desde luego, no le resta ningún mérito— y encasillarlo en una postura filosófica o ideológica puede ser una empresa frustrante. Está, por ejemplo, la poesía “A Roosevelt”, que rezuma antiimperialismo (“eres los Estados Unidos / eres el futuro invasor”), pero también está “Salutación al águila”, que va, exactamente, en la dirección contraria. Y con otras cuestiones ocurre lo mismo: hay un Darío hispanoamericanista y otro cosmopolita; uno anticlerical y otro clerical.
Poesía. A una de las pocas cosas que le ha sido fiel, en definitiva, es a su inclinación por la poesía y la escritura, actividades que, por cierto, inició con mucha precocidad: en León, la ciudad en la que se crió bajo la tutela de su tía —sus padres lo habían abandonado— se hace conocido como “el niño poeta”. A los trece años ya escribe sus primeros poemas, e incluso logra publicar uno en el periódico “El Termómetro”, luego de lo cual —aunque no se crea— recibe su primera crítica negativa de Enrique Guzmán, un intelectual de la época que al parecer no tenía consideraciones con los prepúberes: no entendía el concepto de “dejarlos ganar”.
Algunos años después, en 1888, ese niño poeta que sigue siendo, por suerte, niño poeta —condición, como diría Nietzsche, absolutamente necesaria para construir nuevos valores o parámetros estéticos—, escribe “Azul”: el libro que lo colocaría como máximo representante de eso que la crítica pronto llamaría “modernismo”, y que no tardaría en hacerlo conocido internacionalmente.
A cien años de su fallecimiento, hoy —quizás en este instante— Darío será declarado “héroe nacional” en Nicaragua. Todo indica que, finalmente, existe un amplio consenso sobre la importancia y la calidad de su obra. No es extraño. A veces la crítica o la academia —como la iglesia—necesitan tiempo: dos años, cinco. Cien, tal vez.

 

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