Sociedad / 19 de Febrero de 2016

Mick Jagger, el CEO de la banda

El cantante es el verdadero cerebro detrás de esta máquina de facturar. La fórmula para construir una marca a prueba de años.

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Daniel Grinbank, uno de los productores encargados de traer a los los Rolling Stones a la Argentina, fue sincero:“Es decisión de ellos venir. No los tentás con plata”. Pero detrás del simple deseo de los longevos británicos de reencontrarse después de una década con, según ellos, uno de los públicos más fieles para los que han tocado, se esconde la prolija estructura de una banda con más de medio siglo de trayectoria. Lejos de la imagen desenfrenada y desafiante construida alrededor de “sus majestades satánicas”, la realidad dicta que el profesionalismo y una hábil explotación de un estereotipo de rebeldía construido a medida son los preceptos para más de cinco décadas de rock and roll.
El cerebro detrás de toda esta maquinaria que, no por vieja, deja de ser muy fructífera es Mick Jagger, el verdadero CEO de esta máquina de facturar. Debajo del escenario, el vocalista abandona su imagen histriónica y de desfachatado showman para convertirse en un hábil negociante. Conocimiento no le falta. Antes de lanzarse de lleno al mundo del rock, Jagger estaba becado en la prestigiosa London School of Economics y aunque nunca obtuvo su título, aprendió a manejar los números y a explotar una marca a prueba del paso del tiempo.
La fórmula parece funcionar. A nivel mundial, de las veinte giras de rock que más recaudaron en la historia, cuatro pertenecen a los Rolling Stones. Pero además “durmiendo generan más que actuando. Por derechos de autor, merchandising, ventas discográficas y más”, explica Grinbank. De esos ingresos, el total pertenece a los longevos rockeros y el responsable de que no haya managers ni discográficas mediando y llevándose una tajada es el propio Jagger. El hombre de la boca prominente fue quien tomó la decisión, en 1970, de despedir al representante Allen Klein y armar una estructura de negocios propia. Aunque perdieron los derechos de autor de muchas de las canciones anteriores a este año, crearon Rolling Stones Records, reservándose para ellos mismos el copyright de sus creaciones. Se convirtieron en empresa y sólo tercerizaron la distribución de sus discos. “El representante pasó a ser él (Jagger). Una especie de director general de un grupo de música y se encargó de vender con mucha determinación lo que representaban. Es él quien inicia el patrocinio comercial de las bandas, empezando a hacer caja de forma descomunal”, describe el biógrafo no oficial del cantante, Philip Norman.
Show interminable. Los 400 millones de pesos de recaudación por los tres shows en La Plata no reportarán un gran ingreso para la banda. La diferencia cambiaria hace que Argentina no resulte un negocio para grupos extranjeros. Sin embargo, en épocas en que la venta de discos ya no es rentable, Jagger sabe que debe continuar su negocio de otra manera. El camino para lograrlo es mantener más vivo que nunca el espíritu de los Stones. Alimentar –y agigantar– el mito mostrándose más rockeros que nunca, aún con las arrugas surcándoles las caras y a pesar de que la imagen de rebelde e impertinente no se aplique a los verdaderos deseos del vocalista.
“Para Mick, la banda es un ente que lo subvenciona”, revela Mark Spitz, su biógrafo. Jagger sabe qué se espera de él y que debe seguir nutriendo esa imagen de chico malo surgida de las épocas de enfrentamiento comercial con los Beatles. Lejos de ser una verdadera “majestad satánica” prefiere rodearse de bellas modelos, disfrutar de su mansión del siglo XVII valuada en más de 10 millones de dólares y codearse con el jet set internacional. Tampoco duda un instante en acudir al Palacio de Buckingham para arrodillarse ante el príncipe Carlos y ser ungido caballero de la Corona Británica.
El hombre correcto detrás de la pose también aparece cuando el descontrol del rock queda de lado para seguir cuidando el nombre y reputación de la banda que encabeza. “No defraudaron nunca en vivo. Tienen un profundo respeto por su historia y por eso se esfuerzan para hacer shows”, señala Grinbank.
La banda tiene otras ventanillas de recaudación como cuando aceptó la oferta del empresario estadounidense Ralph Whitworth para tocar en su cumpleaños. Dos millones de dólares por quince temas resultó un cachet razonable para Jagger que fue el encargado de dar el visto bueno para el show privado.
Sociedad eterna.“Si Mick encontrara alguna vez su verdadera identidad, sería el final de los Rolling Stones”, comentó Ian Stewart, pianista de la primera época de la banda. Sin embargo, aunque lo intentó –y más que sus compañeros de ruta– Jagger nunca pudo hallar el mismo éxito ni como solista ni en ninguna de las otras facetas artísticas a las que se dedicó.
Por esto, se vio obligado a continuar su relación con Keith Richards, una amistad que devino en sociedad por conveniencia. Aunque arriba del escenario no se note, los viejos rockeros ya son los incondicionales amigos adolescentes, sino que son compañeros en una de las empresas musicales más fructíferas de la historia. “Mick es el cerebro y Keith es el corazón. Para sobrevivir deben funcionar juntos”, describe Spitz. Así como el guitarrista encarna el estereotipo de rockstar y es el encargado de sostener el estandarte de la rebeldía y de que no se empañe el mito, Jagger tiene tiempo para seguir acrecentando su fortuna con otros negocios: por ejemplo asociarse con Martin Scorsese para coproducir “Vinyl” una miniserie sobre el rock en la década del setenta. Pero fundamentalmente seguirá buscando maneras de que la marca Rolling Stones sea de las más cotizadas en el mundo de la música.

 

Comentarios de “Mick Jagger, el CEO de la banda”

  1. Me parece fantástico que hayan dejado de ser exprimidos por productores quienes siempre se llevaban la tajada más gorda y no siempre hacían buenos negocios para los artistas. Un ejemplo clarísimo es el por qué de la separación de The Beatles, cuando Paul McCartney y George Harrison,-sobre todo este último-, vieron que sus ingresos comerciales eran inversamente proporcionales a la cantidad de negocios que generaban.

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