Libros / 5 de Marzo de 2016

El mapa calcinado: con la brújula apagada

Novela del autor japonés Kobo Abe que juega con el género policial, publicada originalmente en 1967. Eterna Cadencia, 314 páginas. $ 270.

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El mapa calcinado

Una fortuna para los lectores adictos al mundo particular del japonés Kobo Abe ha sido la puesta al día considerable de su obra en castellano. A las famosas “La mujer de la arena”, y, en menor medida, “El rostro ajeno”, ambas llevadas al cine, se han agregado en los últimos años dos recopilaciones de cuentos y ahora esta novela de apariencia policial.
El comienzo no puede parecer más típico. Lo primero que figura es una “Solicitud de investigación” dirigida a la “Agencia de Detectives T”. La firma una mujer, HaruNemuro, y pide que se investigue la desaparición de su esposo. El lector verá todo a través del detective a cargo. En la superficie se trata de encontrar a un hombre que ha desaparecido con la misma limpieza y falta de motivo que el protagonista de “Wakefield”, el famoso cuento de Hawthorne donde un marido salía a comprar cigarrillos y volvía al hogar más de veinte años después.
Pero las diferencias abundan. El tono del detective es contenido, opaco, incómodo. Parece estar invadido por una visión del mundo, y sobre todo de la sociedad humana (japonesa), que trabaja en contra de la posibilidad de adelantar en su trabajo. De a poco ese modo de ver las cosas se traslada al lector con la misma contundencia que en Kafka o en Beckett. La relativa linealidad de la investigación se va complicando como un laberinto.
También la esposa, vagamente sensual, parece interesada sólo hasta cierto punto en el resultado, aunque bien podría ser la sensación del detective que cuenta la historia. Un hermano, que poco a poco parece más probable o dudoso que genético, está aún más corroído por el desánimo que el propio detective.
El principal factor de erosión es el modo en que aparecen las calles, las rutas, los campos y sobre todo los lugares marginales de la ciudad. El lector se ve empujado hacia adelante de a milímetros, y queda tan poco convencido como el narrador de que algo pueda llegar a buen fin. En la página 60, el detective tiene apenas dos pequeñas piezas de evidencia: “Pero avanzar sólo con una foto y una caja de fósforos”, dice, “es como pretender hallar una casa en una ciudad sin ningún tipo de numeración para las viviendas”. O a tratar de guiarse, justamente, con un mapa calcinado. Kobo Abe escribe un párrafo final que cierra con un salto de lógica genial el conjunto. La novela es de 1967, pero parece de 2016 en muchos aspectos.

 

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